En la sala de espera, un hombre mira pasar a las enfermeras. Avanzan sigilosamente sobre sus tacones para evitar un escandaloso toc-toc. El hombre mira el reloj y ve que faltan 100 horas para su cita. Frente a él hay un letrero que sentencia: GUARDAR SILENCIO. Se desespera, saca de su mochila unas donas envueltas en plástico y, con suma delicadeza, intenta no hacer ruido.

Los intentos de la sociedad moderna por controlar estos sonidos estrambóticos han sido imposibles. No hay momento en que, en cada rincón de la ciudad, el hombre no esté dispuesto, porque su necesidad lo obliga, a no hacer ruido. Dentro de él, pervive esa ananké para demostrar que está allí, incluso en los lugares en donde el más leve sonido deviene pecado.

Destapar el envoltorio de las donas resulta todo un reto. Se escucha el incómodo sonido de la bolsa crujir y no falta la mirada amenazante de las personas que lo miran, como si hacer ruido en ese lugar fuera un completo acto vandálico.

Pero él no es el único.

En la iglesia, cuando es la hora del rezo, no falta quien finja toser o cometa un estornudo. Es imposible no hacer uso de estos recursos para justificar que efectivamente estamos presentes.

¡Y qué mejor lugar para demostrarlo que la fiesta! En ese lugar hasta se compite instintivamente para ver quién es la persona que habla o grita con mayor fuerza. Por ello, nunca falta la típica alma de la fiesta, que no es otra cosa que el descompuesto modulador de sonidos: sube tanto la voz que el que está del otro lado del salón lo escucha y dice: “¡este cabrón ya empezó con sus mamadas!”. Y no es que haya empezado, sino que él se afana en demostrar que está allí con todo y los gritos.

Tengo una fotografía en la mano que me hace pensar que lo que digo es verdad. La observo bien. Miro que hay una muchacha que está suspendida en el pasillo (pienso en un pasillo de hotel). En el fondo la ventana con cortinas blancas, como parte de un ritual alegrístico, su falda ondea al unísono de sus tremendas carcajadas y, a punto de volver a caer sobre la alfombra de estilo árabe, las botas de cuero café que le llegan hasta las rodillas quieren chocar, como quien choca los puños después de haber acabado con éxito alguna actividad, o porque resultó ganador, o porque recibió alguna sorpresa. Esto también se debe a la euforia, esa emoción incontrolable del ser humano que es irremediablemente ruidosa y desmesurada. Claro que la euforia no viene sola; si la contemplamos como otra, esta muchacha, incluso en la soledad aparente de la imagen, quiere demostrar que está allí con la euforia colgándole hasta los hombros. Las personas del hotel se despiertan y gritan: “¡aquí es lugar para dormir!”, pero la muchacha no tiene tiempo de saber eso, ella sigue suspendida en el aire a expensas de sus carcajadas.

Es el ruido del espíritu humano quien en los lugares predispuestos para el jolgorio, ni se presenta y, en aquellos sitios reservados celosamente para la calma y el silencio, se desata; como quien se ha quitado la camisa de fuerza y sale corriendo por la sala de espera, porque existe la posibilidad de que suceda eso y no hay quien lo frene.

El hombre no contempló la larga espera. El tiempo le pasa lento y se ve en la necesidad de salir a gritarle al mundo quién sabe qué misterios. Apenas han pasado dos minutos desde que devoró las donas y ya comienza a zapatear nervioso, cada vez más nervioso. No tiene más remedio que salir corriendo haciendo el mayor ruido posible.

No hay cavidad para el silencio dentro del cuerpo, menos en los mejores momentos de calma, porque el ruido es movimiento, el movimiento vida y, quien pueda demostrar que vive, es porque está seguro de que está presente entre nosotros.