Milán, Brasil, Argentina, Barcelona… Nombres de países o ciudades sobre los que los platicadores apenas y saben algo. Pero hablan.

Y al hacerlo, se nota la seriedad en la modulación que refiere incidentes, resultados. Si la risa aflora, es sólo un vestigio de la emoción que la disertación reenciende. Un fuego templa las palabras que ignoran la materia política, social, cultural o financiera de Milán, Brasil, Argentina o Barcelona, por ejemplo, pero que conoce bien el llano tatuado de cal y los apodos que lo pueblan. Entonces Milán, Brasil, Argentina o Barcelona, dejan de ser geografía para convertirse en fonéticas denotadoras de espacios distintos, en continentes paralelos.

Los hombres hablan, y oyéndolos, se les puede imaginar flacos, gordos, o de combinación asimétrica levantando nubes de polvo acá y allá, desgañitándose en instrucciones y advertencias, maldiciones, pedimentos…

En los vagones del metro, durante el descanso del camello hablan con gravedad. Hablan de sus equipos Milán, Brasil, Argentina o Barcelona. Hablan de cómo fallan los tiros penales, igual que su selección mayor. Hablan, y me gustaría escuchar mejor de un “Cairo”, un “Persia”, un “Constantinopla”, un “Chichén Itzá”. O mejor: De un “Cuautepec””, un “Xochimilco”; mínimo un “Chimalhuacán”: los sitios que desprecia la crónica del fútbol aquí, como al alto balón que no buscan sus cabezas esta noche iluminada en la que espero, junto a ellos, mi camión.