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Las luces se posaron en el cielo a las 6:57 de la mañana de un 30 de octubre de 2088. Decenas de ellas llegaron a la tierra y su brilló iluminó los cielos de las principales ciudades del mundo, pero también de los pueblos más remotos de los cinco continentes. Con las luces también llegaron las inundaciones. A las pocas horas del arribo, las calles, los campos, los llanos y toda superficie de la Tierra comenzaron a anegarse con una capa de agua que fue elevándose con el paso de los días y las semanas.

La gente comenzó a buscar las zonas más altas de las casas y edificios para salvaguardarse de la peligrosa elevación de un agua que no se sabía a ciencia cierta de dónde provenía. Simplemente comenzó a brotar de todos los lados posibles, y con ella vinieron las ratas y las cucarachas que eran expulsadas del alcantarillado. Cuando la altura de las casas fue insuficiente para evitar las muertes por ahogamiento, las personas comenzaron a pelearse por ocupar la planta más alta de los edificios. Cuando éstos tampoco pudieron evitar que el agua alcanzara los cuerpos asustados de las personas, comenzó a reinar un auténtico horror.   

Y mientras todo aquello ocurría, las luces permanecían estáticas en lo alto de la Tierra, día, tarde y noche, contemplando con tranquilidad un mundo que comenzaba a agonizar de manera inevitable a causa de las aguas. Lo líquido ganaba terreno con silenciosa devastación.

El mundo entero se preguntaba qué eran las luces, por qué estaban ahí y qué relación tenían con las inundaciones. Extraterrestres, dioses, vigilantes, puertas a otras dimensiones, alucinaciones colectivas, fenómenos naturales hasta ahora desconocidos… eran todo y nada para los científicos, brujos, periodistas, investigadores y demás hombres de conocimiento que no dejaban de intentar estudiar aquellas presencias siniestras, a la vez que hermosas.

Las luces no se desplazaban de sus lugares, permanecían inmóviles como estrellas. En las noches brillaban con tonos dorados, rojos, azules y verdes. Los telescopios no lograban identificar exactamente ni su forma ni consistencia. Los radares no registraban su presencia. En el momento en que aviones militares de todo el mundo fueron enviados en una maniobra coordinada para acercarse a las luces y analizar su composición, éstas desaparecieron, despistando a los pilotos.

Mientras tanto, el mundo no solo veía flotar frente a él desperdicios materiales de todo tipo, sino cada vez una mayor cantidad de cadáveres de personas y animales. A los pocos meses de comenzada esta catástrofe, los lagos, ríos y mares de la Tierra se convirtieron en un solo océano. Y una maravilla natural se dio cita ante la cada vez menor presencia humana que sobrevivía en barcos y las zonas montañosas más altas de la Tierra: los animales acuáticos expandieron su hábitat hacia lo que antes había sido tierra firme. Cámaras submarinas registraron a ballenas y otras especies hasta entonces desconocidas nadando entre las ruinas hundidas de la Torre Eiffel, el barrio gótico de Barcelona o la zona de rascacielos de Nueva York.

La Muralla China, el Coliseo de Roma, la gran pirámide de Teotihuacán, las pirámides de Egipto, el Taj Mahal o Machu Picchu ahora estaban bajo las aguas, pero su alma se había vuelto poesía pura con las especies animales desfilando por sus rincones y estructuras. Otras zonas como el Amazonas, el Gran Cañón, la selva Lacandona, la gran estepa de Siberia, las zonas volcánicas de Islandia o los desiertos africanos, ahora eran inmensos espacios donde el agua corría con total tranquilidad. El mudo firme cada vez era menor.

Ante la inminencia de lo que pasaba, también llegó la tristeza y con ella los suicidios. Miles se arrojaban a las corrientes de agua que circulaban frente a sus ojos o simplemente se hundían paulatinamente hasta que su cuerpo era absorbido por el agua, el nuevo ser dominante de un planeta ahora por completo azul. Así como hubo tristeza, también estaban los grupos que se regocijaban con lo que pasaba; por ejemplo, los feligreses de la Santa Iglesia de Cthulhu, que hacían funestas ceremonias sobre barcas de madera en medio del agua que no dejaba de crecer y crecer.

Estos hombres y mujeres que usaban máscaras fabricadas con las pieles de pulpos reales, tenían la firme convicción de que todo era producto del pronto resurgimiento del dios Cthulhu, a quien  aguardaban a diario para verlo surgir de las abismales profundidades de un mundo ahogado, un mundo del que ya casi no sobresalía nada a excepción de unas cuantas montañas y embarcaciones de intrépidos navegantes que enfrentaban el destino de la Tierra. Sin embargo, la fe de los creyentes en Chtulhu cesó cuando murió el último de sus seguidores devorado por una horda de tiburones.

El mundo entero se dio cuenta de que no había rezos que sirvieran ni avance científico que pudiera frenar el monstruoso avance de lo que alguna vez se creyó que faltaría en la Tierra. Y llegó lo inevitable. El mundo agonizaba en su ataúd de agua. Ahora todo se componía de una sola superficie y la única señal de vida estaba en lo alto del cielo o en el fondo del agua, tal y como ocurrió en el principio de los tiempos.

Cuando la última presencia humana pereció y la montaña más alta de la Tierra fue cubierta, las luces comenzaron su lento, silencioso y majestuoso descenso al nuevo mundo. Su nuevo mundo. Aquel viaje que iniciaran a través de la oscuridad y el vacío del espacio exterior llegaba a su final. En orden y de manera armónica, con la luna de fondo como dulce espectadora, las esferas se sumergieron en el agua hasta desaparecer del todo.

Un año después de haber ingresado al hospital, el anciano despertó del coma. Su familia se alegró y lo llevó a casa. Durante varios días permaneció meditabundo y callado, viendo hacia el exterior con sus ojos azules a través de la ventana de su habitación limpia y espaciosa.

Una tarde, cuando lo estaban bañando, sumido en silencio y la mirada perdida, pidió que lo dejaran solo.

Recordó con nostalgia las visiones de su largo sueño. Cerró los ojos y vio el mar creciendo, los animales nadando y las vidas insalvables de la raza humana.

El anciano suspiró y siguió sumido en sus recuerdos líquidos durante un instante que se le hizo placenteramente infinito.

Y cuando su hija entró al baño para verlo, el anciano ya llevaba diez minutos ahogado.

Un comentario en «Más allá del sueño líquido»
  1. Me pareció una historia maravillosa y surreal. Ver el agua elevándose hasta el cielo es algo que me daría un pánico terrible, pero aún así lo relataste con belleza.
    ¡Excelente trabajo!

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