¡Me llamo Teresa y extraño a mi muñeca!

¡Me llamo Teresa y extraño a mi muñeca!

Cuento Seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”

Me llamo Teresa, mis amistades me dicen: “¡Tere, córrele porque allá viene tu papá y si no te ve leyendo el Quijote se enfurecerá!”, “¡Tere, estate pendiente de que Miguel tome sus antidepresivos!”, “¡Tere, tu madrina quería verte y tu papi la corrió!”, “¡Tere no se te vaya ocurrir casarte, pobre de tu padre, no lo vayas a dejar solito!”. ¡Tere, Tere, puras órdenes! ¡Hasta quisiera cambiarme el nombre!

Y la siguiente es mi agridulce historia: Desde que mamá se marchó el carácter de mi padre se tornó seco, en extremo estricto; para mí resultó un hecho caótico y triste que con la gratitud del tiempo mermó. Dijo mi padre que ella nos dejó porque era una loca, que prefirió satisfacer los instintos de su hedonista ser. Quizás encontró a alguien que la quería más que él, pensé yo, pero en este pueblito se califica negativamente a las féminas que rompen con los paradigmas y dan a conocer sus deseos. La última ocasión que la abracé fue al cumplir seis años y colocó entre mis manos aquella artesanal muñeca que en un arranque de ira él arrojó a la azotea.

Continuamos nuestras existencias en la vivienda gris, construida en arquitectura antigua, con sus techos sostenidos por gruesas vigas de troncos de roble. Escasas veces olía a pan caliente y eso sucedía sólo cuando mi madrina me visitaba; “la solterona”, así la llamaba despectivamente mi padre, no obstante es una “soltera feliz”, de ella fui su siempre niña consentida. Incluso exigió a mi progenitor le permitiera llevarme a casa con ella mientras él superaba su duelo de abandono, pero él no lo consintió y prefirió descargar en mi infancia sus amarguras, echando insistentemente de mi lado a la única persona amorosa de mi vida. Ambas hicimos lo posible por no acatar sus órdenes completamente ¡Extraño tenerla cerca! Ella es quien me pone prensas calientes en el vientre y me prepara mis tés de manzanilla sí la regla se aparece y me ayuda a elegir ropa bonita y mi ropa interior. ¡Te quiero madrina!

La habitación de mi padre está situada a costado de la sala y la mía en la misma dirección al final de un largo pasillo. Desde su dormitorio cuidó mis horas de entrada y salida, incluso dejaba su puerta abierta para escuchar mis pasos. No acostumbró la luz eléctrica en su espacio, poseía un quinqué y con el fuego luminoso se consolaba. Yo observé perpetuamente su silueta sentada en la orilla de su cama llorando constantemente por sus desdichas. Sin embargo, ¡yo era feliz! Desde entonces, en secreto, he mantenido fuertes lazos afectivos con mi madrina y decidí irme con ella apenas cumpliera dieciocho años.

Ha transcurrido el tiempo, hoy lunes es mi cumpleaños. Por curiosidad arribo a la azotea como gato y encuentro mi muñeca: está todita descolorida, el sol se devoró su belleza. La cargo y la coloco a un lado de mi buró. Si el viejo se molesta ya no es su asunto; ¡estoy harta de sus melancolías! Lo importante es alcanzar esta edad, podré preparar mi maleta, ya le avisé que el fin de semana me voy. Me contempla con sus ojos infinitos de dolor, comprende que no ha sido un buen papá, me regala un sobre con dinero y me explica que las escrituras de la casa se cambiaron a mi nombre, ¡a mí no me importa!

Es viernes, me despido del ayer y de la niña que se quedó anhelando a su familia- Él me da su bendición por primera vez y me traslada a la estación del tren. Se va antes de mi ida. Entonces, recuerdo que olvidé mi muñeca, yo no debo abandonarla, rompo las ataduras de mi soledad, y me devuelvo por ella. No ha pasado ni una hora y estoy abriendo la puerta, deseando no hallar a su solitario habitante. Voy recorriendo el pasillo y advierto un hilo rojo de sangre procedente de la alcoba de mi padre, el muy incauto se ha disparado, voy a levantarlo aún con un halito de vida, pero cuando estoy a punto de efectuarlo abandono mi empresa y me recargo en mis recuerdos, metiendo mis frías manos a los bolsillos de mí abrigo para apreciar el desenlace sin ayudarlo, murió. No comprendo lo que me sucedió. ¡No soy mala persona!

¡Mi muñeca ha desaparecido! Sin decir nada me dirijo a la estación otra vez.

He llegado con mi madrina, me acoge, me siento muy protegida. Estoy resfriada y me acuesta, duermo la noche completa.

Son las ocho de la mañana y abro mis ojos. Sorprendida observo mi muñeca decorando una mesita, ¡luce hermosa! Tiene su vestido recién zurcido y su cabello teñido. Parece que le han iluminado lo que se supone es la piel de una muñequilla. Mi padre pagó su reparación y mi madrina buscó quien forjara tal trabajo. De pronto suena el teléfono casero y mi madrina responde: “¡Es una desgracia! ¡Miguel siempre muy depresivo y su depresión se acrecentó con la partida de Teresa mamá! ¡Yo me ocupo de la niña, aquí descansa tranquila!”

Ella, cuidadosamente se recuesta a mi lado. Cree que permanezco dormida, toma mi mano y besa mi frente. Ambas sabemos intrínsecamente lo que aconteció, ella lo supo al recibirme, lo advirtió en mi angustiada mirada, pese a eso, ella me ama. ¿Si yo hubiera sido comprensiva con mi padre? ¿Si yo hubiera reservado la pistola que celosamente guardaba en su gaveta? ¿Si lo hubiera intuido? ¡Sí, lo intuí! ¿O si él me hubiera querido un poquito más y dejado en el olvido a quien tanto lo dañó? “Haber”, es el triste verbo que debemos conjugar en acción presente para que no se convierta en ese irremediable “hubiera”.

Ilustración: Marshiari Medina

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