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– ¿Qué haces Gringo?- 

– Voy a levantar estos pedazos para llevarlos a la máquina, nada del otro mundo.- 

– Pero ponete los guantes, marmota. ¿Sabés cómo te van a quedar las manos?- 

– Mis guantes se rompieron, pero los llevo así no pasa nada.- 

– Decile a don Demetrio que se te rompieron y te va a dar otro par.- 

– Pero ni ebrio ni dormido. Me los va a cobrar y la verdad es que no tengo un cobre.- 

– Bueno, tomá estos que me sobran. Son viejos pero sirven.- 

– No, Sergio, dejalo así, te digo que no se me van a caer los anillos por usar las manos solas.- 

– Pero tomalos, gil, no seas porfiado.- 

José se hizo de los guantes que le ofreció su compañero. Se sacudió en el pantalón de lienzo para volar los pequeños trozos de carbón que le invadían cada hendidura de las manos. 

– No me entran, negro. Vos tenés manos de nena. Son muy chicos.- 

– En eso tengo que darte la razón. Tengo manos chicas. ¿Será la forma que el barba encontró para compensar otras cosas muy grandes que tengo?- 

– Sos un pelotudo.- 

– No te enojes, gringo, era un chiste nomas.- 

-…- 

– Bueno, te quería hacer la gauchada, che.- 

– Dejá, negro. Levanto los cascotes con la mano y listo.- 

– Pero que no, sos cabeza dura. Se te van a ampollar todas las manos con el carbón crudo así.- 

-mira, hacete el distraído y andá a la excavadora, movela de acá para allá un poco para que parezca que estás haciendo algo. En un rato dan la salida y vamos a poder arreglar lo de los guantes- 

– ¿Ves que cuando querés podés usar el marote? Gracias, negro. Te devuelvo tus guantes. Fijate que me parece que tiene algo en la parte de la muñeca. Capaz algún pedazo de piedra se le pegó.- 

– Ah sí, dalo vuelta. ¿Llegás a ver las letras? La Carmen le bordó mis iniciales.- 

– Ah sí, acá las veo. “S.C”. Pero no entendiste, negro, no te quiso poner “Sergio Camaño”. Te puso “sos cornudo”.- 

El gringo rio inmediatamente, Sergio acompaño sus carcajadas. 

– Bueno, Gringo, de los cuernos y de la muerte no se salva nadie. Ya vas a entender cuando te juntes con alguna.- 

– Es buena la idea de tu jermu de las iniciales. Pero ¿quién se va a confundir con tus guantes? Sos el único de la mina con guantes talle 34.- 

El trabajo en esos últimos meses había sido poco menos que una esclavitud. Sólo dos hombres se encargaban de cubrir todo el sector cuatro, Sergio y el Gringo. Parecía el campo de trabajos forzados de Sierra Chica. Eran diez horas donde el desierto se encargaba de hacerle sentir al cuerpo que en realidad eran dieciocho las horas de trabajo. Los labios partidos y las pieles agrietadas como cuero viejo, daban sobradas muestras de lo crueles que podían ser las amplitudes térmicas del lugar. Por las tardes treinta grados con un sol abrazador. Bajo tierra, aunque el fulgor solar desaparecía, la temperatura aumentaba a cuarenta y cinco grados. Por las noches finalmente los despedía una luna flotando en un aire de dos grados Celsius. 

Se lo extrañaba a Tito. No solo por ser la pata estabilizadora de todo ese sector. Sino también como el mejor compañero que uno podría tener, tanto en una mina, como en un puerto, una carnicería, una trinchera y hasta en el aburrido horario de oficina. Para el Gringo y Sergio fue más todavía, fue su mejor amigo.  

Ahora eran los pobres diablos que mulean solos en el sector cuatro sin la ayuda del que mejor laburaba. Seguro Tito hubiese tenido unos guantes extras para prestarle al Gringo. Es más, Tito le hubiese regalado unos nuevos, y pobre del Gringo si osaba negarse al regalo. Era Tito el que siempre traía un pedazo extra de charqui y se lo regalaba a Sergio alegando un dolor de estomago inexistente. Y era el único que podía sacarles la botella de ginebra cuando los veía pasados de copas y empezaban a buscar pleito en lo del vasco 

Esa tarde al salir del subsuelo, tosiendo macroscópicos trozos de carbón, se encontraron con la razón por la que Tito nunca tomaba de más y siempre se iba temprano a casa. Marcela, su mujer, se asomaba de la oficina del capataz. Fue poco lo que la vieron hablar con el señor Ordóñez, quien alguna vez nos dijo a todos que Marcela era la forma en que la vida recompensaba a un tipazo como el Tito. La mujer salió del lugar con un sobre papel madera que de seguro contenía los últimos pagos de su difunto esposo. Ya de espaldas a la mina se alejaba cabizbaja hacia su casa cuando los dos peones le gritaron para que voltee. Marcela giró y al verlos les regaló una sonrisa forzada. Y cómo será de hermosa la misma que fue más fuerte que la cara de tristeza que cargaba. No fue corta la charla con los ex-compañeros de su esposo pero sí con un tono monocorde que arrastraba melancolía. Ellos le contaron como aún lo extrañaban a rabiar y se ofrecieron para lo que necesitara como buenos samaritanos. Ella les agradeció y para cortar con el clima de luto del ambiente les contó cómo Tito hablaba siempre de ellos. Les confesó que conocía más anécdotas que cualquiera de la mina. 

Finalmente les dejó un par de lágrimas en los pañuelos negruzcos y se fue. 

– Bajá esa mirada, pelotudo.- 

– ¿Qué te pasa, Sergio?- 

– Nada. Sólo veo cómo la estás mirando. ¿No tenés respeto por nada vos?- 

– No estoy haciendo nada, idiota, tenés la mente podrida. Además no te hagas el santo que medio mamados siempre dijimos que Marcela es una linda mina.- 

– ¿Ves que la mirás?- 

– No la miro así, gil, me da lástima la chica. ¿Viste la cara que tenía, viste las ojeras?- 

– Sí, lo noté, pobre. Igual es joven y una linda chica, candidatos no le deben faltar.- 

– Eso seguro, pero no seremos nosotros.- 

– Obvio que no, nosotros le ayudamos en lo que podamos. Y bajá la vista te dije.- 

– Dejame en paz, salame, que no estoy viendo nada.- 

Llegó la mañana siguiente y el problema de los guantes persistía. Esta vez el Gringo no pudo ocultarlo por mucho tiempo por lo que su patrón lo mandó a la casa con el día descontado hasta que le consiguieran  unos nuevos que, obviamente, se descontarían de su salario. Enfiló derecho a lo del vasco para pedirse una ginebra que le maree la bronca que tenía. A mitad de camino pudo ver a Marcela comprando gran cantidad de productos en el almacén de Jovovich. 

 Hola, Marcela. ¿Te doy una mano?- 

– Hola, Gringo. La verdad te lo agradecería, es mucho para mí sola.- 

Agarró la mayoría de las bolsas más pesadas y caminaron hacia la casa de Tito. 

 Rompiste el chanchito eh.- 

De inmediato se arrepintió de esa excusa de broma. De seguro era todo lo que podía comprar con el último sueldo que dejó Tito. 

 Ja ja ja. Sí, compré para tener y para no gastar los mangos en alguna otra cosa. Prefiero tener los cajones con comida antes que nada.- 

Le regaló esa sonrisa perfecta que tenía a pesar del tan idiota chiste. 

 Se te ve bien, Marce.- 

– Gracias por la mentira.- 

– No, de verdad le digo. Está muy linda.- 

Volvió a morderse la lengua. Ese comentario estuvo de másPor mácierto que fuera, por más que no pudiera dejar de verle las caderas que le rebotaban entre las bolsas y por más que se le cayeran repetidas veces los ojos en su escote.  

– Bueno, gracias. Lástima las ojeras ¿no? Debe ser por llorar tanto. Por eso me pinto bien los labios de un color fuerte para distraer la atención.- 

– ¿Funciona?- 

– Visto y considerando que me mira la boca cuando habla conmigo yo creería que sí.- 

El Gringo se preguntó si acaso fue tan obvio. Todas las veces que la vio ella llevaba los labios pintados pero nunca se quedó mucho tiempo con la mirada posada ahí. Como mucho revoleaba los ojos por sobre la cabeza de Marcela como quien no quiere verla directamente. 

– Sólo iba a decirle que le quedaban muy lindos los labios de ese color.- 

Se preguntó si ese rojo sabía a fresas. 

 Qué lancero resultó. Pero me gusta. Me distrae un poco de pensar y de extrañar.- 

Caminaron unos minutos más envueltos en un silencio pesado que por fin ella rompió con una pregunta.  

– ¿Qué hace fuera de la mina tan temprano?- 

– Es que no tengo guantes, se rompieron, así que me suspendieron por hoy. Creo.- 

– Qué picardía.- 

– La verdad que sí. Además, si no consigo otros los nuevos saldrán de mi quincena.- 

– Ah, entonces si encuentra otro par de guantes…- 

– Entonces zafo.- 

– Venga a casa entonces que le doy unos de Tito.- 

– No por favor, no podría.- 

– No sea tímido, hombre ¿piensa acaso que Tito no se los daría si estuviese acá?- 

– Bueno… sí… Tito seguro, era un macanudo.- 

– Entonces no se hable más.- 

Llegaron al poco rato a la casa de Tito. La encontró mas descuidada de lo que recordaba pero era lógico considerando todo lo sucedido. Le ayudó a Marcela a acomodar los alimentos en los estantes y los cajones. Esta le pidió que la acompañe a la habitación a buscar los dichosos guantes. 

– Calculo que están acá, no salieron de esta pieza.- 

Marcela recorrió la habitación, de un tirón se sacó la cinta que le sujetaba el pelo, se quitó lo zapatos para ponerlos bajo la cama y se quitó el sweater. 

 Discúlpeme pero muero de calor, necesito liberarme un poco.- 

– Señora, por favor, es su casa. Sea lo más libre posible. Mire si me tiene que pedir permiso a mí.- 

Después de unos minutos de búsqueda los encontró. 

 Acá están, présteme las manos a ver cómo le quedan.- 

Quedaron frente a frente y ella le colocó los guantes que le entraron de un tirónInconscientemente se quedaron un momento tomados de las manos. El Gringo miró los guantes un segundo pero al instante su mirada subió un poco hasta el punto donde, un botón suelto de la camisa, dejaba escapar calor, perfume y el nacimiento de los pechos de Marcela. 

 Bueno, esta vez que estamos de frente puedo notar que no se está fijando en el color de mi labial.- 

Como impulsado subió los ojos a la altura de los de ella. Se insultaba hacia sus adentros por cometer tal error. Se quedó un segundo con las pupilas frías y fijas, sin decir palabra. Se sintió un novato, un principiante al que no le creería nadie que lo había hecho mil veces con mil mujeres distintas. Y esta era la primera vez que lo pillaban infraganti. 

Torció la boca hacia su izquierda, era lo primero que le salió para disfrazar de vergüenza. Ella volvió a enderezarle la boca de un beso. 

 Tengo sed.- 

– …- 

Despertó en algún momento de la noche. Supuso que ya eran las primeras horas de la madrugada. Se quitó la sabana y sintió que el cuerpo le ardía como cada día cuando salía de la mina. Ella dormía mirando hacia la ventana, dándole la espalda. Se aferraba fuerte de la sábana que se le pegaba al cuerpo transpirado. El Gringo se quedó un rato viéndola, no le costaba mucho imaginar aquel cuerpo desnudo junto a él porque las sábanas casi que lo calcaban. Miró hacia el otro lado y vio los guantes de Tito sobre unos zapatos cubiertos de hollín. Se lamentó mucho por lo que había hecho, era un traidor de la más baja calaña.  

– Perdón Titín, fue sin querer, lo juro.- 

Le hablaba al cielo entre lágrimas y con susurros para no despertar a Marcela. Tomó los guantes y las lágrimas le salían con más fuerza al tocarlos. 

– Perdón, perdón.- 

Se puso el guante derecho y sintió que era imposible que le entrara. Le lastimaba el nudillo. Le extrañó sentir algo que le raspaba en la muñeca de la manopla esa. Lo volteó y pudo ver las letras S.C bordadas en su interior. 

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