Monte de Sotah: el principio

Lior Masit había pronunciado el fin de la Guerra de los Siete y prometido un período de tregua. Parecía que todo volvía a la normalidad. Los centros de microchip reanudaban sus labores. Había rifas de trabajos para recoger escombros, construir nuevos refugios o cuidar los invernaderos. Se habilitaron centros de atención comunitaria donde actualizaban la base de datos de los ciudadanos. Una relativa calma se apoderaba de las poblaciones sobrevivientes que llevaban años viviendo en moradas subterráneas, ocultos como ratones furtivos, escuchando el latigueo explosivo de los misiles lanzados desde bases remotas. Se ignoraba cuantas personas habían sobrevivido, pero se rumoreaba que restaban menos de dos mil millones de habitantes repartidos por el mundo. Así que cuando los cielos se despejaron de las negras nubes de la guerra y fragmentos azulados se vislumbraron en el Monte de Sotah, las multitudes se congregaron alegremente enardecidas, esperando presenciar la inauguración de la Tregua. La paz había llegado.

Sin embargo, meses después, en medio de una transición exitosa, empezaron a escucharse rumores inconcebibles. Se decía que había una secta de cazadores que atropelladamente entraban a los búnkers habitacionales y secuestraban a las mujeres embarazadas. Se contaba que entonces eran conducidas a un subterráneo abandonado, donde, tras un siniestro e innombrable ritual, eran ofrecidas a un monstruoso enjambre de avispas negras para ser devoradas. Dado que la Tregua era un nuevo régimen político y social, estaba estrictamente prohibido hacer cualquier mención a murmuraciones no verificadas, pero la gente hablaba entre sí sobre aquellos cazadores que cometían los crímenes más terribles. Todos sabían algo, pero nadie podía asegurarlo.

El primer ataque oficial de los Enjambres fue en una pequeña comunidad del Monte de Sotah, cuando un colosal terremoto pulverizó la región. No se podía distinguir entre día y noche, ni superficies de entre las mareas de lodo. Parecía que un volcán había escupido sus ascuas, enviciando todo con su magma y obscureciendo cada rincón con su hálito requemado. Cual muertos vivos, los Enjambres emergieron de aquellos abismales socavones, y arrasaron con todo animal o persona que se cruzara en su camino. Decían que sus ojos enfurecidos parecían lenguas de fuego, y que sus garras terribles descuartizaban con el primer golpe. Los pavorosos alaridos de la gente y los lastimeros chillidos de los perros que eran ultimados en su desaforada huida, se quedaban ahogados con el rugido de aquellos terroríficos demonios que aniquilaban todo a su paso. Tras aquel horror, el pequeño poblado se convirtió en una tumba fantasmal, levantada sobre el hedor de los cuerpos que, en su viaje, llegó hasta comunidades aledañas, cubriendo de muerte el aire que se respiraba. Las autoridades no declararon nada al respecto. Pero tampoco negaron los hechos.

Se creía que los Enjambres eran un ejército de quimeras que hace décadas el Dragón Asiático había creado en sus laboratorios para hacer sucumbir las fuerzas aliadas. Otros aseguraban que eran demontres venidos directamente del averno para castigar a la humanidad. La versión oficial, divulgada en todos los centros comunitarios, era que los Enjambres estaban muy lejos de las leyendas urbanas que esparcían su pánico entre las poblaciones. Efectivamente, bajo la jurisprudencia de la Tregua se establecería un nuevo sistema en el cual era necesario un renovado cuerpo de vigilancia y castigo. Los Enjambres eran súper soldados, dotados de algunas características clasificadas, que eran capaces de sobrevivir a diversas eventualidades bélicas y ambientales. Sus acciones eran meramente correctivas, y estaban enfocadas a reducir a los grupos rebeldes. Aquella declaración no hizo más que confundir aún más a la población.

Las ejecuciones de aquellos seres no tenían lógica operativa. Siendo espectros fantasmales, irrumpían por las noches a los refugios y comenzaban a entonar sus espeluznantes cánticos, mientras aniquilaban cruelmente a sus habitantes. Las ejecuciones se hacían sin armas de fuego, y su firma distintiva consistía en amontonar los brazos y piernas de los sacrificados en una especie de pirámide invertida. Las horripilantes escenas del crimen demostraban un nivel indescriptible de tortura. Decían que aquellas bestias se alimentaban de sangre y espíritu, y que la única manera de protegerse era mirarlos directamente a los ojos y repetir las palabras de una oración qué nadie sabía cuáles eran, pero que en su momento eran reveladas. ¿Pero quién podía ver semejantes monstruos a la cara? ¿Quién podía encarar a la muerte misma y esperar que una iluminación brotará de los labios y fuese salvado?

Nadie había sobrevivido al ataque de un Enjambre. Sin embargo, podían ser divisados desde lejos, cuando volaban como buitres, agitando sus alas que brillaban un rojo intenso como la mirada del propio infierno. El ruido de su aleteo se semejaba al golpetear de miles de avispones, y sus gritos roñosos recordaban a los cerdos salvajes que chillaban en la penumbra. Es así como la gente sabía que la desgracia venía y salían corriendo de sus refugios y huían a dónde les fuese posible. Pero un fúnebre destino los acechaba sin remedio.

Los centros comunitarios se quedaron vacíos, las construcciones fueron abandonadas. La voz de Lior Masit que alguna vez se escuchó se convirtió en un silencio sombrío. Los Enjambres comenzaron a volar en círculos por días enteros. Un algoritmo, un virus, las ganas de extender sus terror, precedió una temible batalla entre ellos. Desde el cielo, una lluvia de miembros mutilados y sangre cayó por todos lados. Por meses se escuchó un aterrador eco de bramidos. Parecía que la batalla de los Enjambres era infinita, más así como el halito de la madrugada desaparece con el primer rayo del sol, un día desaparecieron. La naturaleza recuperaba el sosiego, el cielo volvía asomarse tímidamente detrás de las montañas. Los pocos supervivientes comenzaron a reorganizarse en pequeñas comunas, esta vez, esperanzados de vivir tranquilos. Hasta que un día surgieron los Jinetes, verdaderos diablos, almas maquiavélicas, resplandecientes como la luz de luna, provenientes de la estrella Aldebarán. La temible Era del Sigilo había comenzado.

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