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Marcelo despertó en medio del bosque, empapado de sudor y con marcas de sangre en su cuerpo. Le costó poner en orden sus ideas. Él pertenecía a uno de los pocos reductos de humanos “no mutados” como se hacían llamar. En realidad, este era un mero intento de identidad basada en el pasado, ya que sí tenían una particular mutación: en caso de sentir atracción por algo, alguien o incluso por cierta situación, su cuerpo cambiaba de sexo. La aldea de Marcelo, sabiendo que era uno de sus guerreros más astutos y rápidos, le envió a él y cinco más para buscar alimentos en el bosque. El único lugar donde se podía encontrar algo realmente comestible. No obstante, la comitiva de Alfredo solo se redujo a un integrante: él.

Los arcontes, como les bautizaron, les pillaron recolectando frutos y cazando liebres (también mutadas). Los arcontes eran conocidos por haber evolucionado a partir de los primeros contagiados con el COVID-19. La “primera mutación” de los arcontes hizo que sus pulmones, al estar sumamente dañados, se convirtieran en un tumor sanguinolento que se abrió paso a través de las costillas de estos seres. Se les podía ver dando vueltas cargando esa bolsa putrefacta como si fuese un feto aferrado a ellos. Pero la evolución de las mutaciones posteriores, transformaron a los arcontes en criaturas deplorables: el estómago y los intestinos también se convirtieron en tumores y se adaptaron de tal forma al medio ambiente, que tuvieron vida propia. Así, estos órganos ocuparon el lugar del cerebro (convertido ya en un pus amarillento que pudría el rostro y la cabeza) y emitían su voz a través del ombligo o el ano. Se consideraban a sí mismos una especie de linaje real, y todo ser vivo debía, según su forma de ver las cosas, rendirles tributo. Atrapaban a una víctima y le ponían dos opciones: o se mutilaba una parte del cuerpo para ofrecérselas como alimento-tributo o debían aceptar una muerte lenta mientras todos los arcontes le devorarían de a poco. Los guerreros “no mutados” no aceptaron ni lo uno ni lo otro…y pagaron con su vida.

Pero Marcelo no solo tenía en mente la pesadilla que suponían los arcontes sino también la duda de cómo había logrado escapar de ellos. No lo recordaba muy bien. Solo venía a su mente una conversación que tuvo con Francis momentos antes que los arcontes atacaran.

—¿Te contaron alguna vez la leyenda de la Máquina Intraterrestre?— le preguntó Francis mientras seguían las huellas de una liebre.

 Marcelo frunció el ceño. Jamás había escuchado de eso.

—Es normal —prosiguió Francis. —Nadie quiere que se sepa esa historia, para que se queden en la aldea y no se aventuren hasta este bosque… Pero te la diré porque mi abuelo me la contó. Y yo le creo. Escucha: se dice que en este bosque, posiblemente escondida bajo un pequeño charco, hay una entrada hacia un mundo intraterrestre. Bajas por unas escalinatas y accionas la palanca de una gran maquinaria antigua. Entonces se abre una enorme puerta que da hacia una aldea secreta. Se dice que ahí casi no hay mutantes. Se supone que vive una comunidad de científicos que encontraron una cura total a las mutaciones derivadas del COVID-19. Es volver a la realidad como era antes.

Marcelo sonrió y movió la cabeza mostrando su incredulidad.

—¿De verdad crees que sea cierto, Francis?

—Por eso estoy aquí. No para cazar liebres… Quiero encontrar ese sitio.

Entonces escucharon algo entre los árboles. Sintieron un mal olor.

—¿Serán los arcontes? —dijo Marcelo.

Francis tragó saliva.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Fue ahí que aparecieron los arcontes y los atacaron. Eso fue lo que Marcelo recordaba. Se tiró al suelo cansado. Había perdido la noción de dónde se encontraba. No tenía cómo volver a la aldea. De pronto escuchó algo que removía las ramas de los árboles. Lo primero que pensó fue en los arcontes. Un olor asqueroso se precipitó sobre su nariz: —¡Este es mi hogar!

Marcelo se puso de pie. Aquella voz sonaba más clara que la de los arcontes pero era igual de gutural que la de cualquier otro mutante.

—¿Quién eres? —gritó el guerrero.

De a poco, emergió de entre las hojas una criatura de dos metros. Por todo su cuerpo colgaban cráneos putrefactos de distintas criaturas, los que movían la boca o el hocico como si crearan burbujas. Lo que podría llamarse la “parte principal” del ser, era la cabeza cadavérica de un humano mezclada con una garrapata gigante. Al ver la cara de terror de Marcelo, la criatura rió. O hizo un sonido parecido a la risa.

— ¿Me tienes miedo, cierto? Evolucioné succionando sangre.
— Nunca había visto a uno de tu tipo…
—Yo soy un único tipo. Yo soy la representación de aquello que alguna vez alguien dijo: Todos somos uno.

Una liebre mutada apareció tras una piedra. La criatura rápidamente le escupió un líquido pegajoso e hizo que el animal se quedara pegado al suelo. Entonces avanzó hasta la liebre y le succionó la sangre y luego el cuerpo. Así, de pronto, de entremedio de las otras cabezas balbuceantes, emergió la cabeza cadavérica de la liebre la que también comenzó a mover el hocico como si hablara.

—¿Quieres ser parte de mí? —preguntó el ser.

Entonces Marcelo, sin sus armas y sin nada con qué defenderse, emprendió la huida. Pero por más que corría, escuchaba los jadeos de la criatura muy cerca de él. No la veía pero sí podía sentirla y percibir su olor nauseabundo. Cuando ya no daba más de cansancio, tropezó con una rama y rodando, fue a caer hasta un charco. El mal olor era espantoso y podían verse cráneos de mutantes sobresalir de entre la suciedad. Marcelo empezó a bracear con fuerza. Recordó la historia que le había contado Francis. Sin embargo, ya no había tiempo de pensar en ello: de entre los árboles aparecieron decenas de arcontes.

—¡Este es el maldito que se nos escapó! —chillaron.

Se acercaron al charco emitiendo unos chasquidos con sus anos y ombligos, dando a entender que estaban ansiosos por destripar al guerrero. Lo agarraron de la cabeza y lo sacaron del charco. Pero entonces pasó algo.

—¿Qué es eso? —preguntaron los arcontes.

De entre los árboles apareció la criatura de dos metros. Al ver a los arcontes, cada uno de sus cráneos emitió diferentes sonidos horrendos. Tanto, que algunos arcontes no lo soportaron y sus vísceras explotaron. La criatura sin compasión devoraba en un santiamén a uno para al punto masacrar al otro. De a poco, los arcontes fueron uniéndose al cuerpo de la criatura. Eso sí, en vez de aflorar como cráneos, se convertían en un ano pútrido que balbuceaba escupiendo un pus sanguinolento. Marcelo estaba preso del pánico. Su única salida era entrar al charco y tener esperanzas en la historia de Francis. Sin embargo, una voz le detuvo: ¡No entres ahí!

Marcelo se dio vuelta. De entre el cuerpo de la criatura, apareció la cabeza cadavérica de un humano.
—¡Escúchame!—exclamó la cabeza. —Yo fui uno de los científicos que vivía ahí abajo… Allá no hay nada. Por años vivimos creyendo que podríamos construir algo mejor en el mundo intraterrestre… Pero apenas nos dimos cuenta que estábamos reproduciendo los mismos errores de la humanidad antes del COVID-19, preferimos la muerte. Eso sí, antes desarrollamos nuestra última gran creación: el Dios de la vida. Esta criatura nos unirá a todos, ¡por fin!

Cuando la cabeza terminó de hablar, el Dios de la vida se acercó hasta Marcelo: —¡Ven, únete a mí!

Sin embargo, algo extraño comenzó a suceder en el cuerpo de Marcelo. Algo que nunca antes le había sucedido a él. Sí era normal entre su gente. Pero a él nunca le había afectado. Quizás era la voz de la criatura, quizás su aroma, quizás algún detalle que no pudo reconocer pero el caso es que ya no había marcha atrás. Ante la mirada atónita del Dios de la vida, Marcelo se convirtió en mujer. —¿Y si juntos intentamos de alguna forma crear todo de nuevo? —le preguntó ella.

Entonces todas las cabezas de la criatura rompieron en una carcajada triste, grotesca y oscura.

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