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Cuento seleccionado en la convocatoria «Todos Somos Teresa».

Al cabo de los años la nana tuvo razón.
Ya no se puede salir de noche a la calle.
No es, desde luego, culpa de los muertos.
José Emilio Pacheco

La ansiedad de despertar mañana otra vez la está matando. Se encuentra sentada al borde de la cama con los audífonos puestos; escuchar música la hace sentir un poco más segura, pero no detiene las lágrimas que resbalan por sus mejillas. Afuera se escuchan gritos. Nuevamente los vecinos tuvieron una fiesta mal acabada, están peleando por alguna nueva tontería. Otra vez uno de ellos amenaza con matarse. Teresa hace tiempo no se asoma por la ventana, teme que algún día un mal disparo accidental se incruste en ella. No tiene miedo de morir, sino de quedarse viva.

Salir a la calle, subir al transporte público le da ansiedad: recuerda los dos asaltos a mano armada que ha sufrido en esa ruta o la vez que la corretearon en el puente. No sabe si podrá olvidarlo algún día. Recuerda también las tantas veces que bajó asustada del colectivo por sospechar de algún pasajero. No quiere que la alarma suene, como cada día entre semana, a las 8 de la mañana. No quiere reconocer el anuncio de otro día.

Ayer, cuando Benjamín le sonrió al saludarla, recordó que también Marco le sonrió siempre. No dejó de sonreírle ni siquiera el día que la golpeó. Cuando se encuentra en el mismo cuarto con sus compañeros de trabajo y los ve convivir, saludarse, reír juntos, no puede alejar de su memoria a la gente de la secta en la que creció: sus sonrisas falsas, los abrazos, todos con un poco de veneno.

Su sueño nunca es placentero.

Suena la alarma. Teresa abre los ojos. Se levanta, se da un baño. Cuando va a vestirse mira al espejo ensayar una sonrisa poco convincente. Ve su armario y se pregunta qué ponerse; la respuesta es la de siempre: algo bonito, pero lo suficientemente cómodo para correr si es necesario. Desayuna rápido: se le hace tarde, como siempre, pero ella sabe que siempre es temprano para salir a la calle.

Su madre la acompaña a la parada. En el camino hace reproches a Teresa, le hace recomendaciones y sueña con los días en los que su hija la acompañaba a las sesiones de la secta (le duele saber que no la verá en la otra vida).

Cuando pasa el colectivo, ella sube, reticente. Los mira a todos antes de sentarse. Jamás se quita los audífonos (no quiere escuchar sus pensamientos) o lee el libro que trae en la mochila (necesita estar alerta por si necesita bajarse y correr). Es como si el mundo solo pensara en destruir a otros, hacerlos polvo.

A veces el volumen de sus pensamientos supera el de los audífonos. Entonces, y sólo entonces, usa su último recurso (no quiere que pierda efecto con el uso): recuerda la voz optimista de su padre, la molesta pero necesaria presencia insistente cuando quiere estar sola y también sus abrazos; piensa en su hermana controladora, su mejor confidente; viene a su mente su madre, cuya molestia es proporcional al amor que le tiene; y también recuerda a su hermano, en sus continuos intentos por salir adelante a pesar de la depresión, pero, sobre todo, piensa en una frase que le dijo alguna vez “cuando todo parezca explotar y tengas miedo de la gente, recuerda que, para bien o para mal, no somos monstruos”.

Es de noche. Su padre la espera donde bajará del transporte público luego de un largo día de trabajo. Lo ve ahí parado y da las gracias en silencio. Se baja, lo saluda brevemente: quiere llegar lo más pronto posible casa. Durante el camino voltea continuamente hacia atrás mientras viene a su memoria el asesinato del vecino hace un par de meses.

Una vez más llegó a casa.

La ansiedad de despertar mañana sigue latente. Se encuentra sentada al borde de la cama con los audífonos puestos. Hoy la noche está tranquila y el viento es agradable. Se acerca a su ventana, la abre y mira la luna. Respira profundo la oscuridad de la noche. Un pequeño ruido la alerta. Se abre la puerta a sus espaldas. “Qué pedo, Tere, ¿vas a cenar?”, pregunta su hermano. Teresa afirma con la cabeza. “¿Estás bien?”; “Sí, ahorita bajo, no pasa nada”. “Vale, te espero abajo. Te apuras, muero de hambre”.

El cuarto nuevamente se queda sin luz cuando Brandon cierra la puerta. Teresa mira la noche a través de la ventana abierta, respira profundo y piensa que, efectivamente, “No somos monstruos”.

Ilustración: Marshiari Medina

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