Fotografía: Donny Cocacola

A quien corresponda:

Adjunto a continuación una pequeña descripción que marca el contexto de los acontecimientos, seguida de la transcripción completa de la entrevista. Por recortes de presupuesto, nos hallamos en la necesidad de juntar a los cinco en una sola habitación, así que uno constantemente invade el soliloquio del otro. Por su consideración, gracias. Con respecto a los jóvenes, sus identidades ya no existen, y la operación de purga a través de procesos dianeuronales ha sido un éxito. Con suerte podrán balbucear unas cuantas letras del alfabeto, su paradero tampoco es de interés para el caso que presentamos. Sólo su encuentro con uno de los infectados, que suponen un claro riesgo para la credibilidad del equipo gubernamental.

(Nos hemos de referir a los jóvenes con nombres de escritores –y un músico- que ellos mismos decidieron)

            Llevaban tres días durmiendo en el cuarto de servicio. Había subido la jarra de agua (que siempre estaba en la cocina) para sobrellevar el calor que hacía ahí. Llevaban la ropa empapada y sucia. Habían subido varios instrumentos, amplificadores y aparatos para distorsionar guitarras, llevaban los tres días tocando canciones e improvisando con sintetizadores. Era un estudio de música que les electrificaba las neuronas y les erizaba los cabellos cada vez que tocaban o escuchaban algo, generalmente porque su sangre era muy espesa para esa diminuta habitación y los sintetizadores los cargaban de energía, cambiaban el flujo de su sangre y les dilataban los ojos. Un par de ellos ya contaban con derrames por eso.

Era un estudio de música decadente, lleno de envolturas y con un par de colchones para dormir. Los olores que había dentro no podían asemejar otra cosa que una jungla profunda e hirsuta. Frondosa y densa. Había un hediondo aire a Post Punk (como lo describen ellos) flotando alrededor suyo. Y en eso les iban los días. Sus cafés con leche se enfriaban en las mesas mientras ellos tocaban música y escribían hasta que las llagas les hacían arder las yemas de los dedos o les escocía los ojos la marihuana que fumaban, cuyo olor aún no se va por completo del baño al final de la habitación de servicio (el único que usaron durante su estancia).

ROBERTO BOLAÑO, HABITACIÓN DE INTERROGATORIOS, UBICACIÓN CLASIFICADA, ENERO DE 1993. MIENTRAS FUMA UN CIGARRILLO MARCA HEMPSTOCK’s.– Teníamos un radio, que sintonizábamos constantemente. Estos días ha habido muchos asesinatos, ¿lo sabían? La gente muere sin parar, un auto asesina a un tipo por ahí, otro muere por allá… Nueva Odid es una de las ciudades estado más raras de Derment. El país está vuelto loco, pero Nueva Odid todavía más. La radio emitía los asesinatos, los atropellos y las mierdas que les suceden a las personas. Llevábamos como tres días durmiendo en el cuarto de servicio, la madre de Milanya sabía que nos quedábamos ahí y nos había reñido un par de veces por dormir en el cuarto de servicio, donde hacía un frío del puto infierno.

(-Joe Dart-: Pero en el infierno no hace frío.

-Julio Cortázar-: Es una paradoja

-Shhh-)… Y si no estábamos escribiendo poemas como dementes, estábamos tocando, tocaban, música como dementes, ese día transmitieron por la radio Psycho Killer, y decidimos escucharla antes de comenzar a replicarla por la radio. Entonces supe que las señales eran intensas. Las señales son muy intensas esta noche, les dije. Era tarde, como las seis o siete, y con este horario anochece a mala hora, así que ya se veía rosado el cielo. Al fondo de la canción, más allá de la base, ojalá pudiéramos verlo físicamente, quiero decir, había una serie de pitidos, imperceptibles para cualquier embriagado de la música que nos elevaba y nos electrificaba, entonces sí que estábamos hechos unos cables de alta tensión, la marihuana ayudaba poco porque me hacía notar aún más los pitidos, una serie de tres pitidos cada veinticuatro compases y una serie de doce cada 2, al mismo tiempo, todo se repetía una y otra vez. El maldito gobierno nos quiere controlar, les dije, entonces tomé la radio y corrí hasta el baño para tirarla por el inodoro, claro, que no hubo forma de que desapareciera por ahí, pero cerré esa cosa y luego regresé con los demás. La radio era mía, así que no les importó, durante un tiempo aún escuchábamos los pitidos potentes en el baño y las noticias que transmitían, aunque el sonido era parcialmente ahogado y el locutor catatónico y lánguida su voz, era como si el propio hombre tuviese metida la cabeza dentro del inodoro. Tal vez alguno de nosotros fue capaz de imaginar eso. Lo que no soportábamos eran los pitidos, el gobierno suele castigar con varios años a quien tenga marihuana por eso, porque intensifica las señales de la radio y de los magnetófonos. Pero para eso estaban los instrumentos, así que comenzamos todos a hacer un ruido como de mil bestias, todas en un pandemónium, una orgía musical lisérgica y descontrolada…

JULIO CORTÁZAR, HABITACIÓN DE INTERROGATORIOS, UBICACIÓN CLASIFICADA, ENERO DE 1993. MIENTRAS TOMA UN RAY N’ SPARKS.- Esta cosa a veces puede estar realmente buena (refiriéndose a la bebida energética)… yo no creía realmente a Bolaño con respecto a los pitidos, pensaba que sería su radio, sólo era demasiado antigua y el paso del tiempo había aprendido a deteriorarla de otra forma, hallando el viento consuelo en unas ondas magnéticas certeras para obnubilarnos una tertulia como las que ya casi no hacemos, de tres días de libertinaje, con esos Bips repetitivos. Cuando regresó del baño, tras tirar la radio y sufrir un ataque de paranoia y nervios volátiles que crispaban el ambiente y mantenían a todos en tensión, supe que debíamos hacer algo para distraerlo, porque Bolaño no sabe cómo lidiar con esas cosas. De pronto ya estábamos todos listos, tocando instrumentos y yo cantaba, cada palabra era fuego. Cada verso que cantaba era acompañado por un vómito ardiente, letras envueltas en llamas que cargaban el ambiente aún más y hacía a los otros instrumentos ir aún más rápido. Lo mío es escribir, jamás he presentado habilidad para la música, si cantaba era porque quería cantar en ese momento y la voz se me quebraba constantemente, pero rompía esa barrera sin problema alguno sintiendo los golpes sobre la batería fluir y descarapelarme la garganta. Un par de veces escupí saliva cargada de átomos incontrolables hacia el micrófono. Entonces escuché de nuevo los pitidos. Sucedieron rápido pero ahí estaban, y ya no venían del baño, ahora se escuchaban aún más cerca y supe de dónde los había escuchado Bolaño. ¡Todos, paren! Les gritaba a la banda, Los Jokers nos llamábamos. Todos pararon y un silencio reinó la habitación. Las luces estaban encendidas, así que corrí a apagarlas. Escuchen, les dije, ahí están sus pitidos. Lo gravoso de las palabras intercedió en los nervios de los demás, encrespados entre otras cosas, porque un helicóptero sobrevolaba el cielo. Nodid (contracción) era común que los helicópteros sobrevolaran el cielo, motivo de protestas contra la libertad y el derecho a la privacidad de los ciudadanos, pero ese día estaba demasiado cerca. Todos nos agachamos y nos agazapamos contra un muro, un punto ciego de la habitación donde no podrían vernos a través de las ventanas. El helicóptero, que, generalmente cuidan los cielos a kilómetros de altura, estaba a escasos cincuenta metros de la casa, ¡y la habitación de servicio estaba en la azotea! Fue un susto de muerte el que nos dieron las luces potentes que entraron en la habitación, eran haces divinos que escrutaban los rincones a los que llegaban en busca de cualquier impureza o imperfección. Eran unas luces muy bien definidas que se dibujaban en el aire por el polvo que levantábamos y barrían toda la habitación…

MILAN KUNDERA, HABITACIÓN DE INTERROGATORIOS, UBICACIÓN CLASIFICADA, ENERO DE 1993. MIENTRAS FUMA UN CIGARRILLO HECHO POR ÉL MISMO, EL OLOR ES INTENSO.- Les dije que debíamos dejar de fumar tanta marihuana, sobre todo porque todos estábamos muy tensos. El ventarrón proceloso que levantó el helicóptero cuando las luces se pasearon por el cuarto hizo volar los papeles y todos nuestros cuentos y poemas estaban mezclado. Vamos a comer algo, les dije. Todos aceptaron. Así que salimos los cinco, a eso de las once de la noche, a comer en un restaurante cercano a mi casa, para llegar teníamos que bajar por una callejuela escondida en medio de la cuadra y que parecía más un templo selvático que el callejón de una ciudad, estaba todo lleno de árboles y plantas que sobresalían de la cantera y de las paredes de las casas, lleno de grafitis y de basura. De anuncios de neón y sobre todo, de helicópteros, incluso en la pequeña abertura del callejón podíamos ver a los helicópteros en el cielo, buscándonos. Debía ser por eso que estaba penado con la muerte la posesión (y ni se diga el consumo) de drogas en el país, la alteración de los sentidos podía hacer a la gente darse cuenta de esas ínfimas cosas, esas señales escondidas en los leds de la pantalla del televisor, en los pitidos de la radio, en el sonido del neón cuando brilla, en las placas de los autos y los colores de los semáforos, que están más vivos que nosotros…

JOE DART, HABITACIÓN DE INTERROGATORIOS, UBICACIÓN CLASIFICADA, ENERO DE 1993. MIENTRAS TOMA UN JUGO MARCA DEL PRADO.– Entonces decidimos bajar hasta la iglesia de Santo Domingo, uno de los pocos lugares barrocos que quedan en Nodid, es cierto que no es precisamente una ciudad demasiado colosal, más bien es como un pueblo grande con mucho neón y demasiados automóviles y centros comerciales y tiendas departamentales. Lleno de luces hasta de madrugada, por eso es extraña la iglesia de Santo Domingo, tiene alrededor suyo un área enorme llena de escalones donde nos sentamos a hacer nada, sólo caminábamos. Después bajamos hasta el Zócalo (aquello constituía el centro histórico de Nueva Odid) a sentarnos en el quiosco, que es arquitectónicamente hablando el centro de la ciudad. Ahí, lleno de luces de neón amarillentas e hipnóticas (era diciembre, los adornos navideños seguían ahí, en diciembre, el diciembre frío de 1992) nos sentamos, todos estaban drogados, así que se perdieron rápido. Nadie notó cuando llegó el tipo a sentarse con nosotros. ¿Quiénes son? Nos preguntó. Yo no respondí, pero noté que todos salieron del trance que les producía el océano de leds del quiosco. Hola, lo saludó Bolaño. El tipo tenía la cabeza abierta, y en el lado izquierdo se le notaba el cerebro, que palpitaba en secuencias idénticas a los bips de la radio…

JORGE LUIS BORGES, HABITACIÓN DE INTERROGATORIOS, UBICACIÓN CLASIFICADA, ENERO DE 1993. MIENTRAS DESENVUELVE UN CHOCOLATE MARCA LETTIE’s.– Además, estaba todo lleno de cables, era un vagabundo sombrío con una mirada fría y penetrante. Su cerebro respiraba con el aire del centro de la ciudad y sus cables a veces sacaban algunas chispas volátiles que desaparecían en el aire y parecían encenderle aún más la mirada. ¿A dónde van? Nos preguntó después y comenzó a reír como un loco mientras tinta digital le brotaba de la boca y su aliento olía a neón quemándose. Corrimos todos sin parar por las calles mientras el tipo nos perseguía (a todos nos pareció que nos perseguía individualmente). Cuando llegamos todos dispersos y por diferentes avenidas a casa de Milan, nos metimos en la habitación de servicio y cerramos con llave, entonces escuchamos la radio, más fuerte que nunca y con los pitidos descontrolados. El mismo vagabundo abrió lentamente la puerta del baño, disfrutando cada crujido del metal, y nos hizo una pregunta más: ¿De dónde vienen? Entonces los helicópteros regresaron, y un montón de personas trajeadas intervinieron en la habitación, un par de nosotros convulsionaron, yo mismo tuve un ataque, y el tipo nos decía Feliz año nuevo…

          La intervención de las fuerzas gubernamentales en el caso que se presentó a través de cinco testimonios fue realizada con éxito. Capturamos al hombre y sólo me gustaría puntualizar que las terapias intensivas con pitidos y sonidos envolventes en cámaras blancas de instalaciones relativamente secretas no son precisamente una práctica del todo inmoral, lo que sí es inmoral es dejar a los sujetos con los que hacen pruebas sueltos y deambulando por las ciudades con un aspecto tan deplorable. Lo mejor sería asesinarlos o tirarlos en las fosas comunes de la ciudad dedicadas sólo a piezas inservibles de computadoras y automóviles y tecnología en general. Hay cientos de ellas, porque Nueva Odid es una ciudad en donde hay más computadoras que habitantes, cinco por cada uno. Y ahí radica también el paradero de los cinco jóvenes que presentaron sus testimonios el día primero de enero del año en curso, cada uno fue utilizado en pruebas de pitidos y psicofonías y cuando las pruebas se descontrolaban, fueron desechados, de todas formas, con sus cuerpos llenos de protuberancias metálicas y cables será imposible distinguirlos de toda la basura informática que se apila por montones en las fosas comunes de tecnología en Nueva Odid. Nodid, según el léxico joven.

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