Nueve meses

Nueve meses

Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”.

No era la primera vez que Teresa sentía el dedo señalador. Por eso se fue de su casa en Ituzaingó, Misiones. No lo soportó más. Un dedo que señala es cómo una lanza que te atraviesa el pecho. Seguís viva, pero como atragantada. Y ser mujer es como un montón de dedos-lanza clavándote. Vas a comprar y ahí está el empleado mirándote, cruzás frente a la gente del pueblo y te hurgan con los ojos, comentan entre ellos, se ríen como pequeñas ratas, hacen ruiditos. Se imaginaba lo que dirían, se le regala a todos, es una puta, chupapijas, cosas así. Pero eso no era nada. Antes, ella pensaba que no le podían decir cosas peores. Después de lo que pasó, siempre había alguno que le decía que podía haber evitado todo. Y sí, lo podría haber evitado si no fuera ella, si fuera la mujer perfecta, inmaculada, muerta y seca por dentro como sus hermanas o su madre. Siempre se quedaba prendida de tipos de mierda. Y sí, cuando repasa todo mentalmente, piensa que podría haberlo evitado.

Roberto no era malo. Era un bobo que la seguía cuando estaban en la escuela. Era canchero, lindo. Las chicas lo seguían y la odiaban porque él siempre andaba tras ella. La siguió, insistió e insistió. Es que era muy lindo y ella quería complacerlo. Se entregó, torpe como una primeriza. Sin juegos previos ni misterio, sólo miedo. Y él fue tan torpe como un novato, y le prometió que acabaría afuera pero no lo hizo. Y no le pareció extraño que, cuando fue a contarle, reaccionara como si ella estuviera hablando del clima o de lo que habían visto en la clase de matemáticas.

Marcelo era otro caso. De él se enamoró. Fue el primer amor, como dicen las abuelas. Fue el primero por el que lloró, por el que se dejó celar. Él le marcaba el territorio; como un perro guardián iba olisqueando a quien se acercara a ella. ¿Y ella? Loca, ciega y loca. Marcelo era un terrible mentiroso, tenía un chamuyo bárbaro. Cuando la envolvía con sus historias hacía que todo fuera digno de conocerse, le encantaba agrandar las cosas. Si ganaba plata hacía montones de planes para comprar y hacer cosas. Si tenía un dolor, quizás había contraído un cáncer. Más temprano que tarde Teresa fue descubriendo sus artes. Era un manipulador nato. Le costaba pensar que una mujer no hubiera caído presa de sus encantos. El hipócrita también desapareció cuando quedó embarazada, ni plata le dejó. Ella no iba a cargar con un chico sin padre.

El último, Pedro, fue hace tres años. Ahora ya se le había pasado la bronca que le agarraba cuando se acordaba, pero costó. Su amiga le había advertido. Ella siempre tan enamoradiza, tan tonta, sin moderación ante las caricias, como una perra lastimada. ¿Por qué justo él? Él, que tenía una familia, una mujer y dos hijos que lo reclamaban. El mundo entero se desplomó con indiferencia cuando no le vino, cuándo empezó con náuseas y se hinchó. No por dios,, otra vez no. Pero sí. Sí, sí y sí. Laputamadre, dijo él cuándo se enteró. Ella tuvo el sueño infantil de que Pedro dejaría a esa harpía que lo aprisionaba. Podría haber querido formar con ella otra familia. Pero no, no quiso, simplemente la ignoró. ¿Y qué iban a decir todos? ¿Acaso todavía no había aprendido?

Ella se lo buscó. Parió ese niño en septiembre y también se lo llevaron. Ella quería que tuviera una vida como la merece cualquier niño: una casa, un padre, abuelos y todo. Estudios, un futuro. Ella sólo tenía una habitación que había levantado gracias al dinero que había hecho con los dos primeros embarazos ¿Qué otra cosa podría haber hecho? Trabajo no había, no hay todavía.

¿Quién puede vender un hijo? Ella no sabía qué podía hacer con esos hijos. Sus padres necesitaban una casa también, no vivían bien. De Ituzaingó la llevaron a Corrientes y ahí parió a los tres, tres varoncitos que se fueron con tres parejas sonrientes. Pagaron bien, olían bien y parecían buena gente. La culpa a veces se confunde con condena y la condena con maldad. Sentía las miradas. Sentía, porque esas miradas se sienten. Ni los animales dejan a sus crías, le dijeron una vez. Por eso se iba, por eso dejaba su pueblo natal. Apoyó la frente contra la ventanilla del micro, estaba frío. Nueve meses es mucho tiempo, pensó. Afuera la noche atrapaba el paisaje y lo lanzaba hacia la luna.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *