Nueve pasos

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De mi madre no tengo recuerdos, quiero decir, cuando intento hacer memoria de su rostro no tengo ninguna imagen, sin embargo, sí recuerdo el tacto de su cabello, lo suave que era al escurrirse entre mis dedos, recuerdo la piel de su pecho, tersa y canela, y el calor de sus brazos cuando me cargaba, recuerdo que olía a vainilla, tal vez por eso me gusta usar esa fragancia, para intentar recordarla.

Cuando tenía cinco años aún no había comenzado el parvulario, pero mi mamá me enseñó los números, las letras y los colores, así que sabía contar hasta veinte. La rutina de los viernes era hacer los deberes temprano y a las 7 p.m. yo debía estar en mi cuarto. Mamá me enseñó a poner el cerrojo siempre y a colocar a una tabla para que fuese imposible abrir la puerta desde afuera.

Se podía saber cuando él llegaba porque daba zancadas fuertes en el suelo y gritaba. Su palabra favorita era “puta”, y sabía conjugarla mejor que cualquier verbo. Lo de siempre eran gritos e insultos que iban y venían, pero un mal día cambió la rutina y comencé a escuchar un sonido seco y continuo. Mi mamá ya no gritaba. Luego venían los pasos.

Había nueve pasos desde la sala hasta mi recámara, yo podía contarlos perfectamente. Uno, dos tres… No podía despegar los ojos del cerrojo… Cuatro, cinco, seis… Dependiendo de qué tan fuertes eran las pisadas se podía saber qué tanto había tomado… Siete, ocho, nueve… La puerta se agitaba y sé que era él intentando entrar. Yo sabía que mientras la puerta no se abriera todo iba a estar bien, así que contenía la respiración hasta que él dejaba de golpear la madera.

Un viernes, conté los pasos, esperé al silencio de su ausencia y salí. La rutina era lo nuestro, así se vivía, la rutina era sagrada, como esos nueve pasos, así que había que respetarla, era un sacramento. Mi madre llorando en el suelo, había más sangre de la normal. Recuerdo la sangre. La ayudé a sentarse en el sofá, le llevé la cajita que mantenía debajo del lavatrastos donde guardaba el alcohol, el algodón y las venditas, una camisa limpia y con la sucia limpiaba el suelo mientras ella hacía un intento de curarse, le sostenía la bolsa con hielo en la cara y mientras ella se adormecía yo miraba caricaturas.

Ese día mi madre arrastró los pies a la cocina y se preparó un coctel de antidepresivos, somníferos y analgésicos con un vaso de tequila, se acostó en el sofá y se quedó dormida mientras Tom & Jerry se perseguían incansablemente por la cocina. Era tarde pero como ella no se despertó la acobijé porque pensé que tendría frío, y me fui a dormir, siempre con el cerrojo puesto, era la rutina. A la mañana siguiente ella estaba fría, creí que con otra sábana se le pasaría así que le puse la mía también, me quedé a ver caricaturas en la sala, pintando con las crayolas un viejo libro de texto. Le dije que tenía hambre, la sacudí, pero estaba dormida y fría. Me recosté con ella y me quedé dormida. El lunes por la mañana los vecinos llamaron a la policía porque comenzaba a apestar.

Solía estar molesta con ella, enojada por haberme abandonado, por haberme dejado sola con él, pero con el tiempo aprendí a pensar en ella con cariño, con un sabor a melancolía y, luego de muchas sesiones de terapia, a perdonarla.

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