Ha dejado de existir el patrón Vasques físico, el hombre que bajo las cejas guarda la expresión exacta para hacerme trabajar. En su lugar ha venido su ausencia, que es mucho peor. Me ha dejado la necesidad de ver sus cejas entornadas para saber si debo proseguir o es momento del descanso. He sustituido al sobrellevable patrón Vasques por un invencible patrón abstracto.

En mi ansia de librarme de él, me edifiqué un látigo insensible, que jamás se sentirá conmovido si de pronto, desesperado, acepto que estoy cansado y que ya no quiero continuar.

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De todos los insufribles días de la semana, el jueves es al que menos soporto. Sea quizás porque me reconozco en los días jueves, y en lo idéntico encuentro mi rabia de no ser único.

Como los días jueves, días indefinidos, ni inicio ya ni todavía final de la semana, ocurro indefinido, ni por completo pesadumbre ni ligero ante la vida. El justo medio cuando pierde el trapecista su equilibrio.

Luego entonces no hace falta tomar partido por ninguna orilla, ni profesar religión, ni ser partidario de sistema alguno.

Pero, vivo como estoy, hace falta vivir. Y para vivir hace falta salir al mundo. Y en el mundo hay muy pocos dispuestos a no tomar partido o a dejarte disfrutar de esta cómoda (o incómoda) indefinición.

A estas alturas de la historia (a cualquier altura, sospecho) el mundo y sus dueños no perderán el tiempo escuchando explicaciones: si no estás con ellos es mejor que no estés.

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Después de abordar el tren y de sentir alegría por la posibilidad que significa el porvenir —no importa si nefasto o venturoso— me dejé llevar y abandoné el vagón en la estación que parecía más seductora. ¿Qué importa hoy si fue un error? MI decisión, mi error al fin y al cabo ha sido. ¡Bendita sea la voluntad!

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No soy solo; cuando mucho, solitario. Porque para ser solo hay que dejarse llevar por el capricho de las circunstancias, abandonar todo afán de volición, vivir sin reclamar porque al llegar a casa nadie espera ni nadie nos sonríe al menos.

Ser solitario implica albedrío, implica que las circunstancias intentan sujetarnos a la opresión de la comunidad, pero nos revelamos, le decimos “no” a quien reclame nuestro tiempo, “no” a quien busca solazar su soledad en uno, que de antemano ya decidió cerrar la puerta y olvidar dónde guardó la llave.

En ambos casos, empero, siempre hay alguien que toca a la puerta, que ignora los avisos y el silencio y se aventura. No falta quien nos llama por eso que llamamos nombre. “¿Christo? ¿Tienes un minuto?”

Como soy solitario, y esto ya lo he dicho, no me rindo, me niego a la testaruda compañía. Veo en los ojos de quien llega cierto brillo, cierta esperanza de encontrar aquí lo que todavía no encuentra, cierta alegría. “Ahora no. Quizás más tarde”, aclaro rápido.

Donde apenas destellaban hace poco posibilidades ahora hay arrepentimiento, confusión, mientras cruza la puerta y se marcha con esos ojos de animal que, tras el castigo, mira receloso y agacha la cabeza de vuelta a su rincón de siempre.

Tranquilo, al fin, de oír sus pasos alejarse por el pasillo estrecho, sigo atento a los rumores que llegan del fondo cuando entra a la oficina del auxiliar contable, y su voz lejana, luego de una breve risa, prosigue, como en un susurro, cierta conversación que ya no alcanzo a distinguir.

Extirpado de mi soledad por la fugaz visita, me quedo a la deriva, dividido, morboso, abyecto, necesitado de escuchar lo que en la oficina del fondo se murmura y rechacé, como quien rechaza un trozo de carne que juzgó podrido y a la distancia parece apetecible.

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