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En el cuarto piso de un edificio vacío, casi en ruinas nos encontrábamos todos sentados en butacas, las paredes con la pintura carcomida por el tiempo de color aparentemente blanco, hacían sentir el recinto aún más solitario y enorme. Era de mañana, el viento frío atravesaba algunos cristales rotos. Portábamos el uniforme del ejército ruso. Entró un hombre alto de rasgos caucásicos y se posicionó al frente. Todos voltearon la cabeza prestando atención a su presencia y comenzó a hablar; se escucharon algunos murmullos y suspiros, comenzó a subir la voz diciendo: Muchachos, no se alarmen pero nos están avisando que acaban de asesinar personas desde el edificio de enfrente, al parecer es un terrorista que está disparando desde el suelo al azar, así que solo nos queda esperar. Se hizo un silencio profundo. Recosté mi cabeza en el hombro de mi compañero. Era un hombre apuesto, joven, con ojos azules y una sonrisa brillante; él me miro de reojo. Levanté la vista y me percaté de las miradas vacías de todos a mi alrededor. Nadie dijo ni una palabra. Alcé la cabeza buscando respuestas en el resto del grupo pero nada, todos actuaban con cierta normalidad, como si aguardaran al momento. Me recosté de nuevo, con ternura en el hombro de aquel hombre, él suspiro y me sonrió; segundos después, sacó del bolsillo del abrigo que portaba, una fotografía a blanco y negro. Me acerque más para distinguir los rostros: era yo pero en una versión envejecida o quizá solo más adulta y con unos kilos demás. Parados juntos él, yo, y otra chica, bajo una farola en uno de los túneles donde comienza Guanajuato. Yo no lograba recordar el momento de aquella imagen pero le sonreí. Me aferré a su brazo con fuerza y recargué mi cabeza nuevamente. Él guardó la foto, ambos suspiramos. Segundos más tarde, comenzó el tiroteo. Me sentía tranquila como quien aguarda a la muerte; hubo varias ráfagas y gritos ahogados. Yo esperaba el momento final. El tiroteo duró lo suficiente como para ensordecernos. Lo único que pasó por mi mente, una y otra vez, era que no iba a morir.  Poco a poco el ruido cesó, todos comenzaron a revisarse para ver dónde los habían herido. Yo no sentía dolor. Observé a mi alrededor: algunos sangraban y gemían adoloridos. Volteé a ver al chico que respiraba un poco agitado: tenía un agujero en el zapato izquierdo y su hombro derecho sangraba. Lo miré y le dije que pronto vendría la ayuda; mientras me aferraba a su costado, sintiéndome afortunada y tranquila. Una compañera se acercó apresurada a verificar nuestro estado de salud, bastante asustada y nerviosa murmuró: — Manténganse juntos, ya están por llegar los soldados — Dígales a todos, que se mantengan junto a quienes estén malheridos, que no les abandonen, nadie merece estar solo. Se alejó con los ojos llenos de agua y en silencio, para dar el mensaje. Comencé a sentir un ardor en la costilla y al tocarme pude notar que me brotaba sangre de la ropa, una bala me había rosado bajo la axila derecha; le sonreí al hombre diciéndole, resiste. En tono abrumado me dijo: — ¿Cómo estás? ¿Sientes dolor? — Estoy bien, me quedare contigo hasta que lleguen los camiones, tu sí que estas sangrando. Luego de un rato, entró uno de los jefes, avisando que debíamos abandonar el lugar, que ya todo estaba en orden y que en la planta baja nos aguardaba un grupo de rescate. Todo fue un caos, hombres y mujeres apoyados unos con otros para salir, gritos de dolor, llanto, y gemidos de desesperación por doquier. Debía separarme del hombre aquel ya que estaba muy malherido y sería trasladado a otro lugar. Yo no quería dejarlo ir, me aferré a su brazo pero eso no impidió que nos dividieran. Él iba ya casi inconsciente, una amiga me sostuvo para no caer, y entre lágrimas y angustia, me rodeó con sus brazos para ayudarme a avanzar más rápido hacia la salida. Pasamos una valla de soldados y peatones con mirada expectante observando a todos los heridos desfilar. Abordamos de prisa un vehículo tipo safari, el cual era conducido por mi padre, a toda velocidad. En caravana fuimos abandonando la ciudad. De pronto, me dormí y al despertar estábamos en un pueblo rodeado de montañas — ¿En dónde estamos papá? — No preguntes, debemos atravesar la sierra, cruzaremos algunos ríos y llegaremos a un refugio. Mi padre condujo durante un largo rato, hasta que llegamos a un río. Se bajó el hombre que iba de copiloto para revisar la profundidad del cauce. Podemos continuar es seguro. Subimos las ventanas para ir avanzando mientras anochecía. Comencé a sentir un dolor punzante e insoportable en el meñique a tal grado que me hizo despertar.

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