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Cuento seleccionado en la convocatoria «Todos Somos Teresa».

Aburridos de los clásicos juegos de mesa, a Teresa no se le ocurrió mejor idea que proponer a sus hermanos menores jugar a la ouija. No había nada ni nadie que se los impidiera: papá y mamá regresarían en dos semanas de su segunda luna de miel y, además, ella sabía dónde ocultaba mamá la llave del armario donde guardaba el tablero. Gisela, de diez años, se negó a jugar pues había escuchado historias terribles por parte de sus amigas del colegio. Teresa empezó a tildarla de cobarde y Gisela, para detener las burlas que ya sus hermanos repetían, propuso como condición para participar que invocaran a la abuela Elena. Teresa le dijo que no, argumentando que su fantasma podría ser más antipático que ella en vida. Gisela sonrió, aceptando lo dicho por su hermana y en espera de una mejor propuesta. Elton, de ocho años, sugirió que invocaran a «Popy», su mascota fallecida tres años atrás, pues extrañaba sus ladridos y el calor que le proporcionaba su cuerpo perruno durante las frías noches de invierno. Todos se burlaron de él.

Pasaron cinco minutos y ya Teresa estaba con el tablero armado en el piso. Les pidió a sus hermanos colocarse alrededor del objeto y les dijo que ella, como hermana mayor, decidiría a quien invocar. Ninguno de sus cuatro hermanos la contrarió. Apagaron las luces y prendieron una vela y, luego de un minuto de mutismo sepulcral, Teresa comenzó a invocar al espíritu de John Lennon. Gianina, de once años, comenzó a mostrar una risita sonsa. Teresa alzó la vista y con voz enérgica les pidió a todos tomarse de las manos y guardar silencio. El aspecto fantasmagórico de los rostros de sus hermanos le hizo sentir un airecito en la nuca que provocó que Teresa comenzara a llamar a su espíritu del más allá primero como «John», luego como «John Lennon» y, finalmente, con una voz terrorífica que sus hermanos jamás le habían escuchado, dijo: «Si el espíritu de John Lennon está presente, que se manifieste».

La copa de cristal se movió bruscamente un centímetro sobre el tablero y, acto seguido y de manera simultánea, los libros del estante cayeron al piso pesadamente. La vela se apagó como si alguien hubiera soplado sobre ella. Todos corrieron despavoridos fuera de la habitación. Sin embargo, fue hasta diez minutos después que pudieron salir de la casa, cuando llegó la policía alertada por los vecinos, que habían escuchado a los niños gritar y llorar. Los pequeños lucían pálidos y Teresa, preocupada, consolaba al menor de sus hermanos, James, de apenas seis años.

***

Teresa y sus hermanos llevan ya dos días en casa de su tía Olga, alojados con ella hasta que sus padres vuelvan de viaje. No tienen ganas de regresar a casa, pues han oído rumores de que los vecinos andan molestos por el bullicio rocanrolero que se escucha todas las noches allí y por la presencia en el barrio de una japonesa vestida de blanco y grandes lentes oscuros que pregunta por el espíritu de su amado John.

 

Ilustración: Marshiari Medina

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