Pájaro negro

Pájaro negro

“Te acostumbras a su compañía,
y si no lo consigues…”
-“El huésped”, Amparo Dávila

En un principio, María sospechaba que de un día para otro caería resfriada, presa de una gripe de verano; angustiada compró un montón de naranjas y pastillas efervescentes de vitamina C, sin embargo, la enfermedad nunca llegó, no hubo tos ni estornudos, no hubo cuerpo cortado ni escurrimiento nasal, solo el malestar en la garganta, un dolor punzante y eterno que se volvía más y más agudo con el paso de las horas. Con el tiempo, aquello comenzó a convertirse en un verdadero suplicio, la muchacha se pasaba la noche dando vueltas en la cama, tratando de aclarar la garganta, de sacar aquello que le impedía conciliar el sueño. Irritada, se revolvía entre las sábanas, tosiendo cada vez más fuerte, mirando el reloj como pidiendo auxilio, algún consuelo.

Por la mañana, se paraba de la cama antes de que la alarma sonará. Descalza buscaba el camino al espejo y derrotada contemplaba su figura, el reflejo de una cara que ahora le parecía atroz. Las marcas de debajo de sus ojos comenzaban a volverse azules, pronto no habría manera de ocultarlas. Como hipnotizada recorría con la yema de los dedos aquellas medias lunas que volvían más sombría su mirada. “Tranquila” se repetía, una y otra vez, sin despegar los labios, tratando de mantenerse erguida, serena.

Ingenua, buscaba calmar el malestar bebiendo toda clase de tés, pronto la manzanilla, el romero, la hierba buena y la menta dejaron de tener algún sabor, pero ella seguía confiado en el agua caliente y los poderes curativos de las hierbas. Creía que las infusiones constituían un verdadero remedio para su situación. Y así era, al menos por un segundo, por un breve momento la asfixia desaparecía, el agua arrastraba consigo aquello que comenzaba a echar raíz en su interior, a robarle el oxígeno; la tibieza de la bebida la reconfortaba, le regresaba un poco de sosiego.

Por muchos años la muchacha había llevado el cabello corto, pues sentía que sus hombros finos y su cuello largo eran su mejor atributo, buscaba resaltarlos con blusas escotadas de mangas vaporosas, con collares finos que le permitieran lucirse. Cuando deseaba coquetear con algún hombre ladeaba la cabeza, acomodándose el cabello detrás de la oreja, dejando al descubierto su piel blanca. Hasta entonces se había pensado bonita, fresca, seductora. En cambio hoy, frente al espejo, encontraba solo el reflejo de una muchacha flaca, paliducha, que parecía cansada hasta el infinito.

Pasaba el día entero con la mano en la garganta, buscando con los dedos algún bulto, una marca, un movimiento extraño que delatara al invasor. Su manía era tal, que su piel translúcida pronto se vio manchada de cardenales, las huellas de sus dedos fueron dejando un mosaico extraño, manchitas que cambiabian de color, del morado al verde y del verde al amarillo. Avergonzada optó por anudar pañuelos en su cuello.

¡Pero qué delgada estás! ¡Muchacha, por Dios, come un poco! ¡Hija mía pero si andas en los huesos! ¡María, te vas a desaparecer! Le repetían hasta el cansancio sus amigos y familiares. Exasperada se encogía de hombros, ¿cómo les explicaba que aquello dentro suyo crecía si lo alimentaba, que no se mataba de hambre por placer? ¿Le creerían si que algo estaba anidando en su garganta? ¿Acaso alguien podría tomarla en serio cuando explicara que su delgadez era para debilitar a su enemigo?

Estaba tan enferma, tan hastiada, que inventaba un pretexto tras otro para faltar al trabajo. Su jefe, un hombre alto y bonachón, no dudo de su palabra, ¿cómo habría podido si María muy apenas podía mantenerse en pie? La pobre se pasaba los días libres sentada frente al espejo, envuelta en una manta roja, con el cabello revuelto y la mirada hipnotizada, sintiendo como debajo de su piel se libraba una batalla. Aquel ser arañaba y rasgaba, luchaba por ganar espacio, por conquistarlo todo.

Decidió declararle la guerra, expulsarlo. Tomó del cajón que tenía al lado unas tijeras y conteniendo la respiración busco abrir un huequito por donde aquello pudiera salir. Primero fue el dolor quemándole la piel, los ojos desorbitados, las fosas de la nariz dilatas por el esfuerzo. Luego, la sangre que comenzó a brotar, caliente y húmeda, cayendo en cascada por entre sus pechos, impidiéndole ver la herida. No se detuvo. La poseyó el frenesí, la necesidad de saberse libre.

Sus dedos delgados comenzaron a hurgar dentro de la herida. Ahí estaba, palpitante y temeroso, aprisionado entre el dedo índice y el medio. Con una deliciosa lentitud lo fue halando. La criatura, indefensa y asustada, se revolvía con ímpetu, quería escapar, volver a la oscuridad de su hogar. María, envalentona por el agotamiento, sometió a su víctima con maestría. No desistió ni cuando los gritos de su huésped se volvieron insoportables.

Atónita lo sostuvo entre las manos. Bañado en sangre el animal resultaba deslumbrante, comprobó que era más pequeño que uno de sus puños, aun así le resultó atroz, con las plumas de un negro embriagante y los ojillos curiosos fijos en su rostro. El estómago se le dobló en una arcada y soltó al ave casi sin pensarlo, la miserable cayó al suelo en un golpe seco, por supuesto que no sabía volar. El pájaro se sacudió para deshacerse del aturdimiento, las gotas de sangre salpicaron el espejo.

Ambas se contemplaron. En los ojos de la criatura brillaba algo, observaba a María como calculando, con la duda dibujada en su carilla sínica. La muchacha, aun temblando y con el sudor escurriéndole por la frente, abrió la boca. Quiso gritar, pedir auxilio, sólo consiguió articular un par de gemidos casi inaudibles. Lo supo. Ambas lo supieron. Sólo una habría de sobrevivir.

-¿María? ¿Dónde estás?- Preguntó Raquel buscando el interruptor de la luz.-¿Por qué no respondes las llamadas? Mamá está preocupada.

El ave, ahora grande y sana, contempló a Raquel desde lo alto del librero.


 

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