Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 48 segundos

Antes, el cielo no tenía color, los días transcurrían pálidos y desabridos.

El Sol saltaba como niño de un extremo a otro, provocando que el calor de sus rayos se sintiese por todos lados. Cansado de esto, se dormía y todo quedaba en completa oscuridad. En la inmensidad del cielo, pequeños destellos de su luz permanecían suspendidos, como si alguien les hubiese dado la orden de no moverse. Solo se miraban entre sí, con murmullos y discretas sonrisas.

Con el paso de las horas, el silencio se transformaba en una melodiosa sinfonía de carcajadas, así, los pequeños destellos de luz despertaban al Sol -¡siempre a la misma hora!-. Una vez despierto, salía a jugar formando nubes blancas, grises, y cuando se entristecía, negras. Sus preferidas eran las nubes blancas como el algodón, tras las cuales se escondía, preguntando: ¿en dónde estoy? Las nubes felices respondían moviéndose ayudadas por el viento: ¡Aquí! No, ¡allá…! ¡El Sol reía por todos lados!

En un extremo del cielo, había una casa de fachada azulada, rodeada de exquisitos jardines, con flores de todos los tonos cobaltos que te puedas imaginar. Desde las diminutas «no me olvides», hasta las delicadas «hortensias». Ahí vivía una dama de estatura alta, de figura esbelta, con un hermoso vestido de lino zarco, ¡y largos cabellos como la lluvia de un exquisito tono índigo!

Desde su ventana, atrapaba nubes incautas que pasaban frente a su casa, convirtiéndolas en su sillón. El interior de la casa se tenía de sombras añiles como el color de sus ojos. Existían ahí, todos los azuletes que conoces, ¡y aún más!

Al despertar el Sol, la dama lo nombraba «día»; y el día lo dividió en mañana, medio día y tarde, porque el Sol se cansaba y no alumbraba de igual forma. Cuando el Sol se dormía, todo quedaba en completa oscuridad, y a ese fenómeno ella lo llamaba «noche».

El nombre de la dama era «Lazuli.” Un día decidió salir de su casa, acompañándose de algunas nubes, éstas al no avanzar a su paso, se alargaban detrás de ella formando una suave estela de vapor. El cielo se tornaba azulino, a donde sea que ella lo mirara.

Sorprendido, el Sol salió a su encuentro, haciendo más fulgurante su resplandor, para evitar ser pintado ante su mirada. Con atención y cortesía, le advirtió del intenso calor de sus rayos. Sorprendida, Lazuli decidió charlar con él, para saber qué sucedía. Después de una larga plática, se dieron cuenta que, haciendo las cosas cada quién por su lado, era la razón por la que el cielo tenía ese interesante aspecto. Ambos comentaron la utilidad de mejorar la apariencia del cielo, coincidiendo que sería un motivo de alegría para la infinidad de criaturas que vivían en la Tierra.

– ¡Todos los días veo lo que pasa allá abajo y he deseado ser generoso con esas diminutas criaturas!- Dijo el Sol.

– ¡Me complace hacer llover para ellos y he llenado los océanos de agua cristalina!- Comentó, Lazuli.

Así fue como se hicieron amigos, y decidieron que juntos quitarían lo pálido y desabrido al cielo, viéndose desde entonces, de color azul.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *