El Mayor Tom llevaba varado una vida sobre esa luna, perdido en ese olvido de vida desde que su nave dejó la órbita de aquella Tierra. Vivía enclaustrado en aquella nave esperando a que algo lo alejase de ese abandono. No perdía las esperanzas a pesar de que era consciente de que no había forma alguna de que vinieran a rescatarlo desde su Tierra. Aun así, se aferraba a la esperanza de poder dejar esa luna de alguna forma. Era lo único que lo mantenía cuerdo en ese silencio perpetuo.

El primer contacto se dio en aquella noche sin fin en que el tiempo dejó de importar. Despertó por inercia en su camarote y fue torpemente a la cabina de mando continuando con la rutina establecida desde que había varado. Se sentó en el asiento ante el panel de control e intentó darle coherencia a las imágenes que se habían manifestado, en aquel paraje lejano a la vigilia, todavía fresco, palpable. De súbito un fragmento permaneció estático por su memoria. Era la claridad de un deseo, la manifestación de una voluntad que no era suya, más allá de las limitaciones de la razón y la cordura. Salió da la cabina envuelto en su traje espacial, corriendo a toda prisa. Abrió la compuerta de la nave y se enfrentó al negro infinito de aquel universo que se asomaba por el horizonte.

—¡Aquí estoy, aquí estoy! —Gritó una y otra vez con todas sus fuerzas, a la nata oscura que se asomaba desde la nada.