Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 21 segundos

La hermosa edad de la promesa de la juventud: la adolescencia imberbe y hormonal.

Xavier con equis despertó en el sillón de una casa desconocida con una mujer semidesnuda. Por un momento creyó haber perdido su despreciable virginidad hasta que recordó que simplemente habían caído inconscientes el uno sobre el otro.

Fue una fiesta cualquiera que para él era un rito de iniciación. Un pobre inadaptado social con demasiado acné por fin se atrevió a socializar en un escenario atiborrado con música de pésima calidad.

De haber perdido su virginidad hubiera sido con la chica popular, un estereotipo de la porrista encima de la pirámide, y su ego se hubiese disparado al narcisismo absoluto. El “freak” se acostó con la “popular”, términos que funcionan para la premisa de una película muy mala.

De regreso, Xavier con equis, tomó un pesero y después caminó un poco. El aliento a vómito y la resaca le dieron a entender qué era aquello que escribía Bukowski, Fante y Carver. Se emocionó un poco de poder acercarse al realismo sucio, pero, a pesar de ser un pobre adolescente con la torpeza propia de uno, es un tanto más inteligente. Lo suficientemente inteligente para saber que es medio idiota. No se deja engañar por la promesa del realismo sucio, la negligencia vital: llegar borracho al trabajo y dejar todo después del mínimo esfuerzo. Parecía que esa vida era saciar la crisis existencial con dos hitos: beber y leer.

Él sabe que su vida es aburrida. Tiene noción del tiempo, por lo que es demasiado puntual. Con ello entra en el sistema al que parecen odiar estos autores. Los relojes son ornamentales y ya. Su mayor drama fue el divorcio de sus padres. No es suficiente trauma para sublimar el dolor en diecisiete novelas.

De hacer su vida un relato de realismo sucio empezaría por aquí. En su primera resaca, y mentiría. Diría que sí tuvo sexo con la chica y que él ya no era virgen y ella era inocente y pura y que cogía bastante mal.

La escuela a la que atiende Xavier con equis no tiene un sistema rígido de estigmatización social. Al menos él no se da cuenta de lo que la gente dice y murmura, tampoco conoce al noventa por ciento del alumnado y no tiene interés alguno por hacerlo.

Pero sí hay un estigma.

Los mitos construidos por ebrios tergiversando la realidad, han corrido el rumor de que el chico escuálido se acostó con la diosa con cuerpo de Venus (así le dicen).

La escuela, para Xavier con equis, se trata de materias innecesarias, café barato y recesos para fumar y a veces socializar un poco. Despertar su vigor sexual no le ha pasado por la cabeza, su preocupación principal es recuperar su bicicleta porque la olvidó antes del «finde» y el lunes no estaba en donde la había dejado.

A los que considera su círculo de amigos, se acercan a él con el tono particular de alargar las erres en la palabra perro. Entusiasmados, le preguntan cómo estuvo el sexo con la Venus griega con brazos. No sabe de qué hablan, sospecha que descubrieron su fascinación con el clip de Eva Green desnuda en Dreamers.

Duró un día su pedestal de sexómano sin que él mismo se diera cuenta. Algún otro borracho confirmó que nadie tuvo sexo en esa fiesta. Ninguno de los dos participantes en el ficticio “coito” supieron lo que había pasado.

A unos días de la cruda, Xavier con equis reflexionó sobre el realismo sucio y se reiteró a si mismo que era demasiado aburrido para caer en el género.

Oteaba a su alrededor, algo poco común en alguien tan distraído como él, y veía la esencia de la adolescencia, el apogeo de muchas vidas que anhelan su retrato de Dorian Gray. Pinturas baratas de retratos kitsch, envejeciendo para quedarse atorados en una etapa en que las crudas son gentiles y la resistencia física parece inverosímil a pesar del mal cuidado. Para los hombres está el tema de la alopecia… por lo demás, se quedarían en el acné, la incertidumbre, inseguridad, malos olores y —lo más importante— deficiencia intelectual.

El último día de clases de la preparatoria todos se sentaron en un círculo para despedirse de sus compañeros y corrían las lágrimas; «hipócritas», pensaba Xavier con equis, «todo un sistema jerárquico para colocarse encima de otros denigrando la personalidad de los conjuntos y ahora lloran porque los extrañarán». En tres malditos años qué tanto se puede marcar un trascendentalismo.

Otra vez con la pedantería.

En aquella escuela parecía un coliseo de pretensiones para ver quién es el más interesante. ¿Qué tanto puede saber un niñato de diecisiete años?

Xavier con equis se despierta todos los días y cuando puede se ve en el espejo. Un adolescente escuálido con tres pelos en el pezón y uno (muy grueso) en el hombro. Se da asco a sí mismo y espera acabar con toda esa etapa en la que se siente tentado a pertenecer al realismo sucio. «Quiero ser un anciano decrépito que lee a Roald Dahl y a Tolkien, saber que es imposible vivir esas aventuras y dormir. Tal vez soñar que estoy en el banco, solo hay tres personas en la fila y el servicio es eficiente. En lugar de ser un drogadicto negligente, seré un abuelo con drogas recetadas por un profesional y usaré lentes sin aumento y nadie me dirá nada, y si sí, serían mis nietos a quien sólo les daría un refresco para que se callen».

«Suena bien. Sí, es un buen futuro. No sé de donde voy a sacar a los nietos porque no quiero esposa ni hijos, pero los nietos suenan divertidos».

Es el último día de la preparatoria y todos lloran. Xavier con equis se visualiza como un anciano sin restricciones y sonríe. No sabe cómo llegará a ese futuro pero, por el momento, está saliendo de la pubertad y tal vez se le caigan los pelos del pezón o se empareje con el otro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *