Reflexiones sobre el fin del mundo

Una colaboración de “La Pandemia de la Desinformación.”

En el año 2012 se difundió una supuesta profecía Maya que anunciaba el fin del mundo en el solsticio de invierno, el 21 de diciembre de ese año, el día más corto y la noche más larga para el hemisferio norte. Dicha creencia se basó en la correspondencia entre la fecha mencionada y el fin del décimo tercer ciclo de 144,000 días, conocido como baktún, de un calendario mesoamericano que guarda registro de los días desde aproximadamente el 11 de agosto del 3114 a. C. Esa noche la pasé en vela con mis amigos, jóvenes briosos de entre 17 y 19 años, para contemplar, despreocupados, el nuevo amanecer. El mundo no llegó a su fin. Entonces reflexioné:

“Si el mundo realmente se acabara no sé qué haría. No sé a dónde iría, ni con quién quisiera estar. Solo sabría que mi muerte está cerca y que sería una muerte que nadie tendría que lamentar, pues todos morirían al mismo tiempo. Quién sabe si sería diferente al ≪no fin del mundo≫. Tal vez algunos decidirían seguir viviendo a su modo hasta morir, otros apretarían el paso para por fin concretar sus sueños, unos cuantos intentarían huir, tomando control sobre su propia muerte, algunos preferirían estar con su familia y otros con su amada, algunos querrían estar en su lugar favorito en el mundo y los demás, quién sabe, algo tendrían que hacer. Y sin importar lo que cada uno decida hacer en sus últimos momentos de vida hay algo que todos tendrían en común: nada nuevo; una muerte inminente. Ya nada serviría, y poco ayudaría que alguien se quedara a contemplar el fin del mundo. Los bienes materiales perderían su valor, para la mayoría, y saldría a la luz lo que realmente importa. Sabiendo eso, lo que importa en esta vida, ya no sé qué haría, pues quisiera estar en todos lados, estar con unos y con otros, mi familia y mis amigos. Quisiera estar conmigo y con todo lo que quiero en este mundo… Disfrutar la vida mientras dure. Eso haría si se acabara el mundo. Y si no, también.”

Este texto lo escribo el 24 de junio de 2020, cuatro días después del solsticio de verano, el día más largo para el hemisferio norte, y nunca había sentido el fin del mundo tan cercano como hoy.

El 31 de diciembre de 2019 China reportó la aparición de 27 personas con síndrome respiratorio severo agudo de causa desconocida. El 7 de enero de 2020 se descubrió que la causa era un nuevo virus, hoy conocido como SARS-CoV-2. El 31 de enero se reportaron los primeros casos en Italia. El 28 de febrero se confirmó que tres mexicanos que recién regresaban de Italia padecían la enfermedad. El 11 de marzo la OMS declaró a la enfermedad COVID-19 como una pandemia con 118,319 casos confirmados y 4,292 muertes distribuidas en 113 países o territorios. Para esa fecha México solo tenía 7 casos confirmados. El 21 de marzo Italia acumulaba 53,578 casos confirmados mientras que México apenas sumaba 251. Ese mismo día, con 6,557 casos confirmados, sería el punto de inflexión en la curva de casos diarios para el país europeo. En total, a Italia le tomó 51 días desde el primer caso confirmado para alcanzar el pico. Habría sido un gran alivio que los tiempos de la epidemia hubiesen sido iguales para México, pues para nuestro día 51, que fue el 18 de abril, apenas teníamos 7,497 casos acumulados. Sin embargo, no fue así, y desde mayo cada pronostico de pico se ha visto superado. El 11 de junio, el subsecretario de
salud Hugo López-Gatell proyectó un pico a mediados de junio y el fin de la epidemia en octubre. No obstante, durante la conferencia vespertina de ayer, 23 de junio, se reportó un acumulado de 191,410 casos, alcanzados por un nuevo pico de 6,288 casos confirmados, casi los mismos del entonces dramático caso italiano. Hoy, a 92 días de su pico, Italia acumula 238,275 casos y promedia cerca de 250 casos diarios. México se encuentra en su día 117 y el pico no sucede. A este escenario con poco lugar para el optimismo se le suma un sismo de 7.5 grados para crear una sensación de fin del mundo. Y en efecto, el mundo se le ha acabado a al menos 23,377  mexicanos por COVID-19 y a 7 oaxaqueños por el temblor. Y por si fuera poco, cada vez hay más mexicanos saliendo a las calles, algunos impulsados por la necesidad y otros por la ignorancia, incredulidad o necedad, exponiéndose, contagiándose y esparciendo la enfermedad. Si pensar que, hoy más que nunca, en cualquier momento se le puede acabar el mundo a cualquiera de nosotros nos motiva a cuidarnos y quedarnos en casa entones vale la pena destacar que en el mundo se han confirmado más de 9 millones de casos y 477,816 muertes. Esta cifra es aproximadamente equivalente a que en seis meses desaparezca toda la población de Toluca o a que desaparezca un Estadio Azteca lleno 5 veces y media.

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