Pensaste durante una eternidad
que mi existencia era una broma.

Que mi fuerza era egoísmo ciego,
que mi centro era tu periferia.

Que era incluso una costilla
en tu red de Adanes.

Pero yo no nací de ti,
ni soy tu complemento.

Entendí que mi voluntad era tu mayor miedo,
que mi historia era tu negación
y mis valores tus estigmas.

Las razones no pueden anclarse en el tiempo,
como tampoco los chantajes.

Apréndelo,
existen luces
que vuelan y viven
sin aferrarse al candil.

Tu deseo era triunfar
pese a los campos de apatía
donde sembraste y regaste y te alzaste.

Convertiste tu amor en fábricas de odio,
y tu veneno jamás me convenció.

Porque el conocimiento inflexible
no es más que elitismo.

Porque el cariño mutuo
no es negociable.

Pensaste que mi futuro
estaba firmado a tu nombre,
pero me descubrí en el espejo
y en mi esperanza,
y rompí la historia.

Mi cuerpo no es una extensión de tus deseos
sino de mí mismo
y mi destino.

No soy quien sufre
por querer sufrir.

Guárdalo para tus hombres ingenuos.

Pensaste
durante tantas iras
que mi virtud era tu muerte súbita.

Y comprendí que sí lo es,
pero no en mis letras.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *