Reza Teresa

Reza Teresa

Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”.

Reza Teresa. Mirando el cielo nublado y púrpura se pregunta cuántos amantes estarían buscando también la luna. Amantes desnudos, vestidos, en pareja, en trío o en manada. Amantes sin sueños de amar porque se aman. Teresa reza porque no ama y no sabe por qué. Sus padres le pusieron ese nombre por el día en que nació, pero ella no era de nadie. Deseaba ser como su tocaya de las telenovelas, crear estratagemas, conjurar amores, hasta encontrar al verdadero con quien planificar los quehaceres cotidianos de la vida. A pesar de que nunca ha sentido un flechazo por nadie, ni por un humano galante o una humana brillante, le gusta escuchar canciones románticas. Letras que hablan de distintos amores; de amor perdido, nuevo y prohibido; de amor celoso, libre y embustero.

Una mañana decidió que era momento de solucionar dicha falta. Analizaría meticulosamente a sus compañeros del bachiller para ver si sentía algo. Claro que experimentaba distintas emociones. Alegría, porque sus amistades irían a la misma universidad que ella; compasión, porque algunos no traían nada para poder comer; enojo, hacia aquellos que no dejaban esa fea costumbre de hacer bromas pesadas; empatía, con quienes estaban tristes al no haber pasado alguna materia; y confusión, porque todos tenían pareja o ex pareja menos ella.

–¿De plano nadie te gusta Teresa? –le preguntaron sus amigas.– Pero si en primer año nos dijiste que te gustaban tres.
–Mentí. Como todas empezaron a decir quién les gustaba, pues no quería quedarme afuera del grupo. En realidad, nunca he besado a nadie.
–No te apures. A lo mejor encuentras a alguien en la universidad. Allí hay todo tipo de gente. Culta, divertida, interesante. Ya verás.

Años más tarde se encontró en medio de citas a ciegas, recomendaciones bochornosas e imitaciones de noviazgos ajenos. El protocolo de redactar mensajes de buenos días atiborrados de emoticones, comprar regalos e ir al cine, no fue suficiente. Sus amigas no entendían cómo era posible que se le complicara algo tan sencillo. Optó entonces por dejar al amor sólo en las historias de filme y papel. Leer sobre la búsqueda y el encuentro amoroso, sobre bosquejar abrazos y besos que remeden la idea de una unidad infinita pero imposible, sobre burocratizar comienzos y despedidas hasta que los cuerpos amorosos exhalen toda la energía contenida.

Hoy es su cumpleaños veintitrés y prefiere celebrarlo a solas después del trabajo. Las pláticas con sus amigas últimamente se habían convertido en un pase de lista de caídos en guerra. El retrato del ex-amor-de-mi-vida que pintaban llegaba a ser cansado de contemplar. Ella sentía pena por carecer de anécdotas eróticas que compartir. ¿Qué más podría ofrecerles? ¿Por qué tanta obsesión con el sexo? Fuera malo o bueno, largo o corto, casual o planeado. ¡Como sea, pero tiene que haberlo!

El cielo clareaba tras escampar la tormenta. Mientras plegaba la sombrilla rumbo a su cafetería favorita, notó que la estaba siguiendo una joven. Llevaba un manojo de folletos, seguramente quería venderle una tarjeta o una súper promoción. Caminó deprisa para perderse entre la demás gente del centro histórico. Creía haberla esquivado cuando una voz aguda y queda la abordó.
–Amiga, no te espantes. Te quiero invitar a la semana del orgullo asexual.
–¿Orgullo? Ah, pero si ya pasó la marcha. ¿Qué, no fue en junio?
–No, me refiero a la semana de visibilidad asexual. Como vi los colores de tu sombrilla, pensé que eras parte de nuestra comunidad.
–¿A qué te refieres?– Teresa observó la coordinación de colores negro, blanco, púrpura y gris de su sombrilla con la bufanda y mitones que vestía la joven, quien espetaba un discurso bien ensayado sobre conceptos desconocidos.
–Nos reunimos en el Café Beth. Te dejo un folleto. Ahí viene la dirección por si quieres platicar. Ojalá te animes. Hasta luego y perdón por asustarte.

Las nuevas palabras resonaron en Teresa. Asexual, arromántico, demisexual… La congoja por no poder amar como la demás gente se iba apaciguando con cada sorbo de café. La orfandad había sido un invento pues siempre había amado. Amaba a su familia, amaba a sus amistades, amaba su carrera, y ahora, aprendería a amarse a sí misma.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *