Rixe y la ciudad perfecta

Rixe despierta a las siete y se viste a las prisas con la esperanza de ser de los primeros en la fila para la dotación semanal de agua y comida que otorga la administración de la reservación 444, su última dotación está por terminar y no cree poder estirarla durante otros siete días. Ya son diez días sin bañarse, además, el agua de aseo no sabe igual que la potable.

Al llegar a la “Esquina de las llaves” observa contento que, aunque no fue de los primeros, sí alcanzó un buen lugar: el número quince es excelente, de menos, el agua está asegurada. Deposita su bidón de cuarenta litros en el suelo y procede a esperar, mientras lo hace saca de un bolsillo de su pantalón algunas piezas secas y duras de peyote, con sus dedos desprende un trozo pequeño y lo echa a su boca. Es cuidadoso al decidir el tamaño de la porción, sabe que si mastica una grande vomitaría y eso despertaría sospechas en los “Omnividentes”, y una sospecha de estos provocaría, por lo menos, una montaña de procedimientos administrativos para justificar el uso de una sustancia desconocida por la administración de la 444. Él conoce los efectos hiporéxicos de la mezcalina por la crianza al lado de sus abuelos, que usa para aguantar el hambre y así, alargar las provisiones.

Después de una espera de casi dos horas, un recién llegado pasa a su lado, y de los otros formados en la línea, para alcanzar la llave y empezar a llenar sus recipientes. Sin advertencia alguna, un proyectil de carga eléctrica, que viene desde las alturas, impacta en su cráneo y lo sacude violento, pareciera que está bailando un ritmo salvaje antes de caer desmayado al piso. Los presentes permanecen inmutables, saben que cualquier intento por auxiliar al sancionado resultaría en represalias contra la reserva entera.

Con el tonel lleno hasta la tapa y varios paquetes de sopa proteica, Rixe arriba a su cubil. Es un espacio de seis metros cuadrados amueblado con una cama, una mesa y una silla. En la silla están dobladas dos mudas de ropa del mismo color a la que viste, cuando va a comer las acomoda en la cama. Las cuidas con empeño, pues sabe que son su única protección bajo el candente sol a la hora de reforestar la hectárea que le asignaron en la administración. Si perdiera una prenda tendría que laborar soportando las quemaduras que provoca la luz solar en la piel descubierta hasta la próxima dotación.

Esta es la decimosegunda hectárea reforestada de Rixe en tres reservaciones humanas diferentes desde que llegaron los “Paleohumanos” a reclamar su planeta. No se puede hablar de una guerra o de cualquier conflicto bélico porque no hubo tal, los “Paleos” redujeron al mundo conocido con poderosos impulsos electromagnéticos que barrieron con toda la tecnología existente, después destruyeron las ciudades de mayor tamaño y, por último, recogieron a los sobrevivientes para encerrarlos en gigantescas reservaciones de tierras áridas con la intención de salvar al planeta con reforestaciones masivas.

Una vez asentados los humanos en los espacios más afectados del planeta, se instalaron las administraciones automatizadas de inteligencias artificiales y con ellas llegaron los Omnividentes, gigantescos seres robóticos que vigilan todas las actividades humanas dentro y fuera de los horarios laborales de estos.

Son los ancianos los que se quejan, hablando de abstracciones como “libertad”, “salario”, “derechos laborales” y otros que Rixe no conoce, para él esta vida es buena: tiene qué comer, un hogar y amigos que lo cuidan desde el cielo, pero lo mejor de todo es que no tiene que convivir con nadie. Ama su vida tranquila y monótona, sin contacto humano.

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