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El semáforo se puso en rojo. Decenas de autos se detienen en perfecta armonía, sincronizados que recuerdan a un baile de flores orquestadas por el viento. Los conductores consultan sus móviles, sintonizan la radio, revisan que su reloj de pulso continúe trabajando, un perfecto condicionamiento que hace cada uno desde el ancho mundo de su automóvil. Pacientes esperan la luz verde que libere su ansia de pisar el acelerador y llegar a su destino.

Todo esto es fascinante. Me encanta observar con fina atención a cada uno de los rostros de las personas. Imagino que soy uno de ellos y pienso en sus historias, en lo que deben guardar, imagino los secretos que ocultan tras esas máscaras de personas civilizadas que raras veces son obedientes a las normas de tránsito. A lo lejos veo a una patrulla pasar de prisa entre los autos ululando para que noten su presencia. Los tonos rojo y azul siempre han llamado la atención de las personas, han aprendido que son la autoridad. Deben de obedecer. Pero no todos.

Algunos desean ser inmunes, no me refiero estar por encima de la ley. No. Es algo más sencillo y trascendental al mismo tiempo. A veces basta con prestar atención a los detalles, a las pequeñas cosas insignificantes. Uno puede notar aristas distintas o versiones alternas de las cosas doradas que conocen y aman. Cuando se llega a estos puntos sublimes se aclara lo traslúcido, es decir cae lo amarillo del objeto dorado que ellos idolatran. Entonces, también muchas máscaras caen.

Porque es aburrido tener solo una sola máscara, ¿cierto?

Pobres. Miserables. Es una pena, en verdad, esperar a que hilos invisibles den movimiento a sus extremidades como simple recordatorio de que tienen conciencia. Peor aún: una conciencia que quizá no les pertenece. No pueden ver con naturalidad los nuevos días ni apreciar en plenitud los regalos del creador, siempre con oportunidades, porque en última instancia esperan sus instrucciones. Cuándo y en qué momento avanzar. De seguro la luz verde del semáforo representa una eternidad para los conductores.

¿En qué pensarán detrás de esas máscaras mientras el tiempo transcurre?, je, jee, mejor aún, ¿pensarán?

Uno de los conductores sube el volumen de su radio, de esos que buscan llamar la atención. La música que ensordece el lugar dice sobre un «culito así no se encuentra en eBay». Una persona podría imaginar que se tratase algún tipo de subasta de traseros cuyo culo ganador es el que tenga las mejores reacciones. Vaya forma de sintetizar el ideal humano. Qué estéril y hueco se ha vuelto el mundo.

— ¿Puedes creerlo? —dijo la voz.

— ¿A qué te refieres? —pregunté mientras sacudía la cabeza para salir del ensimismamiento.

— Tener que esperar aquí, con este calor, los autos, el ambiente y con esa estúpida música… —se interrumpió la voz.

— Sería más fácil si me dijeras para qué necesitamos un ramo con 5 rosas —dije a la voz restando importancia el tema.

A diferencia de mí, la voz suele no hablar mucho, enmudece por tiempos y de pronto habla, no sé lo que piensa. Eso lo detesto. Pero lo dejo correr porque sé que es algo normal en ella. Solo que a veces me desespera.

El semáforo cambió a verde. Al fin deben pensar los conductores. Hace un tiempo la voz dijo que deseaba tener 5 rosas en un ramo y ahora estamos en camino para comprar el ramo con 5 rosas.

En los cruceros en donde se detienen decenas de automovilistas siempre hay personas vendiendo rosas. Pero en este no. Mala suerte.

Aceleré y di vuelta a la glorieta. El personaje de bronce en el centro es en honor a un guerrero azteca. Me concentro en mi destino, El riachuelo, una de las plazas más visitadas de la localidad. Recordé a la joven mujer. Sí. Ella suele vender flores en el mismo sitio en el que me detuve hace unos instantes. Rayos. De nuevo. Un fuerte dolor de cabeza. Estas terribles jaquecas que me dejan fuera de la jugada, me agotan. Sé que debo descansar, no es por la voz y no le daré crédito de mi partida.

—je, jee.

— Por cierto, ¿qué hay en la cajuela? —No tuve respuesta.

Antes de entrar a la plaza hay un aparato que tiene un botón, se presiona para que imprima el boleto de estacionamiento. Desde el auto estiré mi brazo para alcanzar el botón y obtener el ticket del estacionamiento. Esperé respuesta a mi pregunta. La voz, como de costumbre, enmudeció.

Un silencioso «je, jee» repitió mi mente.

2

Cada día despierto temprano para ir al crucero. A la 5:00 de la mañana para ser exacto. Mi familia es humilde pero trabajadora. Con sacrificio me dieron estudios pero las necesidades económicas fueron el David que derrotó al Goliat escuela.

Tuve que trabajar con ellos en el crucero. A decir verdad extraño los estudios, sobre todo a mis amigos. Saludo cuando pasan por aquí, me da un poco de vergüenza, porque pienso que pude seguir estudiando con ellos. A mis profesores no los extraño, uno no puede llamar profesor a alguien que cuenta historias de su vida camufladas en los temas de clase. A muchos entretenía pero no a mí. Busco y aprendo de lo que me haga salir a adelante.

Pero no es malo trabajar en este lugar. Conozco gente nueva todos los días, unos pasan con frecuencia y me saludan, otros me lanzan piropos, unos halagan otros ofenden. Ahora, trato solo de pensar en quién seré. No en la persona que fui. Me encuentro en libertad, solo de una naturaleza distinta.

El dinero no hace falta. Miro a alrededor y veo edificios con oficinas. Estoy segura que muchas de esas personas desearían lo mismo que siento y vivo en este momento. Sin hilos atados a uno.

Libertad.

Libertad de tomar decisiones sobre tu vida. No sentir los hilos que jalan tus brazos, tus piernas, tu mente.

Libertad. Es una palabra que pocas veces valoran su significado e todo lo que implica. A veces, solo a veces, nos detenemos para contemplar el aire que acaricia nuestro rostro y nos conformamos con decir «somos libres», ¿pero, qué es libertad?, ¿somos libres e independientes por el hecho de caminar y mover nuestro cuerpo a conciencia?, mejor aún, ¿y si la conciencia sentida es una forma de sumisión dictada?

Una cabra, a pesar del folclor y aún en su locura, encuentra la manera de llegar a los puntos altos de una montaña, ¿qué impide a algunas personas llegar a los puntos altos de sus montañas?, ¿necesitan hilos que los guíen a los puntos altos de una montaña… dictada?

El semáforo se ha puesto en rojo. Ahí estoy. Lista para ofrecer a los conductores ramos de rosas rojas y frescas, para toda ocasión.

Seguramente me has visto. Si te detienes por la glorieta que hace honor a cierto guerrero azteca ahí estamos, mi familia y yo.

Me verás siempre activa, con alguna gorra para evitar el contacto directo con el sol. Una camisa blanca de cuadros arremangada. Unas mezclillas y cómodos vans blancos.

Me llamo Rosa y vendo ramos con 5 rosas rojas a precio especial. ¿Me compras?

— je, jee.

3

Él tenía la impresión de que esa voz la llevaba dentro desde que nació. A lo mejor como parte de los nueve meses de estar en el vientre de su madre, una adicta a las pastillas y tónicos para adelgazar. Y no era así. En realidad la voz emergió después de cumplir los 10 años.

Comenzó como un pensamiento en voz baja. Un susurro que le ayudaba a recordar actividades por realizar. A veces le decía lo imbécil que era y por eso merecía los azotes y las palabras hirientes que recibía de su madre. Se convirtió en un sonido alojado en su mente, un bicho cuyo ojo amarillento y lleno de pus se abría para ver a través de los suyos. Hablar a través de su boca. En ocasiones la voz era un consuelo para sí mismo cuando su madre, en plena ansiedad, lo golpeaba por no limpiar su habitación.

—je, jee.

Una vez mientras realizaba un ejercicio de matemáticas en su habitación comenzó a hablar en voz alta. Muchas personas podían hablar consigo mismas o incluso autoreferirse en tercera persona. No. Aquello era diferente. Terminó culpando al otro por la demora en realizar los cálculos mentales y por no terminar sus deberes. De un sobresalto rompió de forma violenta su cuaderno y dio un puñetazo al espejo en la pared, maldiciendo a la voz y cubriendo el muñón de sangre en la mano.

— je, jee.

Pero con el paso del tiempo aprendió a conversar con disimulo. Si lo miraban mover sus labios estaba seguro que podían pensar que solo se trata de un niño recitando algún texto de memoria o algún cálculo fantasmal. Con el paso del tiempo la voz también aprendió con disimulo a tener el control de la mente de Narciso.

Él es Narciso y de la nada decidió comprar un ramo de rosas para su madre.

Pero quizá tenga otras razones.

— je, jee.

4

La señora Azucena pasaba por aquel crucero todos los domingos por las mañanas. Se detenía en aquella esquina para comprar un ramo de rosas rojas para llevar a la tumba de su difunto marido, quien en gloria se encuentra desde hace más de 10 años.

Y esta mañana cálida de domingo no sería la excepción.

— Buenas días, señora Azucena —dijo aquella dulce voz femenina.

— Buenos días ¿tienes listo mi ramo de rosas como cada domingo? —las palabras salieron con tono de abuela consentidora.

La señora Azucena rondaba los 50 años y desde hace 10 ha sido clienta fiel de la familia de Rosa. Con el paso del tiempo ambas se tomaron cariño. Azucena sentía cariño por Rosa como si fuese su nieta, quizá como una hija pues no se sentía lo suficiente vieja para ser abuela. Azucena admira a Rosa por ser un jovencita trabajadora que a diferencia de su hijo, un cabrón mal agradecido mayor de edad quien aún vivía en su casa, no daba ni una ayuda para los gastos.

— Claro que sí, las mejores y más frescas —dijo la joven y dulce voz.

Azucena se acercó hacia el ramo y olió aquella naturaleza encerrada en las rosas. Sintió la fragancia floral, una sensación de pasto recién rociado.

— Como esencia de dioses —dijo pausado y sonrió gélido a Rosa.

Después de decir aquellas palabras, guiñó un ojo. Rosa hizo una débil mueca dando entender que estaba de acuerdo.

Azucena pareció haber escuchado un je, jee en lugar de la mueca.

5

Esto es extraño. Hace varias semanas que la señora Azucena no se detiene a comprar flores en aquel crucero. Rosa se preguntaba si se encontrase enferma, de viaje o al fin el cabrón de su hijo se fue de la casa o mejor aún, compró una casa hermosa a su madre.

Mientras miraba los rostros de quienes transitaban de prisa por su esquina, Rosa sentía preocupación por la mujer en aquella mañana de domingo. Le había tomado cariño. Se trataba de una fiel compradora. En tanto y sumergida en sus pensamientos, la joven dejaba que el fresco y nostálgico día continuase hasta el ocaso. No hubo buenas ventas porque las vacaciones iniciaban y eso significaba baja en la clientela debido a que salían de la ciudad.

Pero la ausencia de la señora Azucena causaba intriga en Rosa, hasta cierto punto un cierto sabor metálico en su boca de la preocupación. Fue el primer domingo que faltó a su cita para comprar su ramo de rosas rojas frescas. Un claxon sacó a Rosa de su anonadamiento. Un cliente había llegado.

— Buenos días jovencita, necesito 5 rosas —dijo el sujeto.

— Claro que sí, tenemos rojas, amarillas, anar…

— Rojas, rojas está bien —interrumpió, agitado.

Mientras la transacción ocurría, Narciso se acomodó en el asiento, aspecto que uno hace cuando se acomoda en la butaca del cine porque está apunto de iniciar la función. Mientras cruzaba las manos tras su nuca recordó de forma repentina una cosa.

— Aquí tiene sus ramos —dijo aquella voz femenina. Vio con rareza al sujeto ante esa posición, por un momento pensó que le mostraría su pene.

— Gracias, chiquilla —pagó a la vendedora y pisó el acelerador. Rosa traía un cigarrillo en la boca. Dio una bocanada, dejando las preocupaciones para los mortales.

En realidad dos cosas recordó Narciso: no necesitaba 5 sino 10 rosas y la otra es que olvidó cómo llegó aquel bulto en la cajuela del auto.

Dio una bocanada al pitillo, profunda. Una mueca deformada se formó en su boca hasta convertirse en sonrisa. En algún rincón de su mente se escuchó una risa.

— je, jee.

6

Una persona más extrañaba la ausencia de la señora Azucena.

— Buenas tardes —dijo aquella voz ronca, madura. Rosa brincó del susto.

— Dispense, señorita. Mi intención no fue asustarla, si fue así reciba mis disculpas.

Para Rosa, la apariencia de aquel señor se le antojaba un tanto otoñal. El resultado de varios años de desvelo. Arrugas en los ojos que reflejan una madurez que solo un hombre puede tener después de años de servicio policiaco. Sí. Rosa intuyó.

— No se preocupe —expresó la chica posando su mano derecha en su pecho, mientras sostenía con la otra un ramo de rosas frescas. El señor ofreció su cartera. Había, en efecto, una placa de policía.

— Mi nombre es Jacinto. Soy detective. Tenemos informes que la señora Azucena, a veces conocida como Violeta, solía usar esta ruta y detenerse a comprar flores, ¿es esto cierto?

Rosa meditó con rapidez la pregunta. Un poli y ese tipo de pregunta solo pueden significar una cosa. Y esa es…

— Así es, ¿por qué la pregunta?

— La señora Azucena… ha fallecido.

Los ojos de Rosa se transformaron en un par de platos, tan grandes como pudo.

— Recibimos reporte de un auto abandonado. Su cuerpo estaba en la cajuela. Informes afirman que el mismo auto fue visto por esta ruta e incluso los mismos testigos dicen que la señora Azucena interactuaba con usted, señorita.

— je, jee…

7

Tiempo. El tiempo es como probar algo con sabor agridulce. Un chamoy sería un buen ejemplo: pruebas, haces algunos gestos pero terminas por pasar el bocado. Esa fue la sensación que sentía Rosa.

El detective se había acercado. Incómoda situación pero era de esperarse. El debilucho cometió un error. Rosa resolvería el problema. Ella siempre tiene la solución.

Pero Rosa despotricó con cada una de las voces, debía asegurarse que tenía su atención.

— ¡Esto es inconcebible, no debe ser tolerado! Ha hurgado y metido las narices donde no debía.

Dada la urgencia, Rosa pasó al frente y tomó el control. El muy estúpido cometió un error. No se refería al detective.

— je, jee.

— ¡Cállate!— gritó Rosa. La voz enmudeció.

En ese momento Rosa sintió un suave volante de auto en manos.

— Eres un perra y lo sabes, ¿cierto?— dijo la voz a la que pertenecía a cada «je, jee».

— Y tú… un puto cabrón mal agradecido. Rosa sonrió.

Las voces se apagaron… por el momento.

8

10 Rosas. Era todo lo que necesitaba. 10 Rosas.

Algunas ocasiones realizamos cosas sin tener la menor conciencia de ello. A veces nos sentimos empujados por una fuerza extraña que terminamos por admirar nuestra obra, la reconocemos porque tiene nuestra firma -los autores suelen incluir su sello personal- y nos preguntamos cómo es que lo hicimos, cómo llegamos hasta aquí.

10 Rosas. Con r mayúscula.

Es darte cuenta, poco a poco, que algo de ti, tus acciones, tus motivos, no te pertenecen, ¿acaso importa? Es como si en el simple acto está la motivación para hacerlo, pensamos en la recompensa y de ahí la importancia de nuestras acciones.

A Rosa le bastaron 10 rosas, 5 para cada una de las personalidades que la visitan y jugueteaban con su mente… pues cada una respondía precisamente a un placer y motivo distinto, y ella solo se quedaba ahí… admirando su obra, aunque fuera de otra persona.

Rosa disfrutaba verse a sí misma, le fascinaba la idea de sentirse en una casa de espejos. El factor de la multiplicidad. En ocasiones basta con mirar al cielo y apreciar todas esas flores en un amplio campo blanco. Como si se tratase de un relato surrealista, a Rosa gustaba verse a sí misma frente a los espejos, multiplicada por 10.

— je, jee…

9

— Hola —gritaba la mujer por enésima vez, con fuerza y llanto—. ¿Alguien me escucha? —dijo desconsolada— ¿Por qué me tienes aquí?, ¡déjenme salir!

Aunque el último sollozo fue distorsionado para Rosa fue claro, como un secreto al oído, algo lejano. Sin tomar importancia y con aire de indiferencia ordenaba a las voces de su mente callarse porque no la dejaban concentrarse en los planes.

— ¡Sácala de allí! —advirtió la voz joven de Narciso quien simulaba tener los manos tapando sus oídos.

— ¡Cállate, débil imbécil! —Rosa se acercó con zancadas hacia Narciso—. Tu debilidad nos tiene en esta situación. Por eso no podemos salir. Por tu culpa.

Eran frecuentes la guerra de voces, Rosa no sentía amor por el resto de las personas que movían el cuerpo masculino. Ella tenía su agenda. Odiaba a la familia de Narciso. Las Rosas en ocasiones cuidaban las apariencias. Una se mostraba amorosa, la rosa como Azucena, ante un padre inmerso en su trabajo, la rosa como Jacinto, y una hermana, Rosa con r en mayúscula, que abusaba de él.

— Tienes que ceder —decía la voz en forma de Narciso, la Rosa principal.

— je, jee —respondió la quinta rosa. Era la misteriosa.

10

No. No sería extraño que una persona creara formas distintas para defenderse de un medio hostil. Era inevitable esa proyección en diferentes versiones de sí mismo en un lugar que lo mantenía cautivo.

Narciso ha estado encerrado en su habitación desde los 10 años. Su familia tomó la decisión de dejarlo bajo llave cuando cometió aquel horrible crimen.

Desde entonces su habitación se ha convertido en su cárcel, un castigo por desobedecer a mamá. No debía salir. No debía tomar el auto de papá e ir a… pero eso no tiene importancia. Ahora debía pasar el resto de sus días observando al mundo que él prefirió dar la espalda desde la ventana de su cuarto. Contar los días que transcurrían en su pequeña habitación blanca. Su único entretenimiento: observar los autos que circulaban por el crucero. Amaba imaginar él y sus rosas jugando en aquel crucero.

Su madre, aunque desalmada, no deseaba retorcer la mente de Narciso más de lo que estaba. Su habitación la pintó de blanco. A manera de decoración, mandó dibujar a lo ancho y largo del techo un jardín con distintas flores. La madre sentenció así la pena perpetua de su hijo: nombrar cada una de las flores que adornaba aquel jardín sombrío que resplandecía en la parte de arriba. Y, por si no fuese suficiente, mandó colocar espejos de cuerpo completo en las cuatro paredes de la habitación, así Narciso miraría su crecimiento y desarrollo, en cambio el chico observaba en los reflejos a cada uno de los individuos en los que se estaba convirtiendo… o proyectando.

Y de esta forma Narciso, si es en realidad su verdadero nombre, amó su multiplicidad.

— je, jee.

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