Arrojé mi mochila contra la ventana de aquella casa justo antes de que los soldados me aprehendieran. Mientras me derribaban, pude ver como el vidrio se rompía y mi mochila atravesaba con éxito hasta el otro lado. Entonces sonreí, satisfecho. Lo había logrado.

Nunca había vivido una cuarentena. Viví la crisis sanitaria de la influenza porcina, H1N1, en aquel lejano 2009. En aquella ocasión, no fue necesaria una cuarentena total —por lo menos no en mi ciudad—, no hubo toque de queda, ni tampoco se requirió de la vigilancia del ejército en las calles, so pena de arrestar a quien se le ocurriera salir de su casa.

Con el COVID-19 era diferente. La gente estaba cada vez más histérica, corrían rumores de toda índole acerca de su origen. Desde una extravagante sopa de murciélago, un virus de laboratorio —en algunas versiones creado por China, en otra por Estados Unidos— diseñado para controlar la economía —en alguna versiones la población— mundial; una mutación natural del virus, como producto de la selección natural; incluso el sujeto de cabellos extraños de History Channel dio una conferencia de como el virus era culpa de los aliens.

El día treinta y cinco de cuarentena, el presidente emitió un decreto para extenderla por veinte días más, junto con la utilización de las fuerzas armadas para vigilar las calles y hacer cumplir el toque de queda.

Por supuesto, era imposible que vigilaran todo el día, así que la vigilancia consistía en rondines a ciertas horas en determinadas zonas. Por eso no era tan extraño ver personas en la calle, a través de la ventana, aunque con cada día que pasaba, eran menos.

Para mí, no era tan difícil permanecer dentro de casa. Me despertaba, almorzaba un par de huevos mientras veía Bo Jack Horseman, después veía un rato pornhub (para desahogarme, claro). Al terminar, jugaba Injustice o echaba una partida de League of Legends. Por la noche descongelaba una pizza y veía una película. Más o menos así era a diario… hasta el día treinta y ocho.

Eran las dos de la tarde de ese día cuando la vi. Se ocultaba detrás de mi vehículo, un viejo Chevrolet color verde del año 97. Su cabello era liso, tenía la piel morena, los labios gruesos y los ojos grandes. Cuando se puso en cuclillas noté lo enorme de su trasero, aprisionado por un short de mezclilla azul. Quizá fue eso lo que me animo abrir la puerta. Ella lo notó de inmediato y corrió hasta el interior de mi casa.

—Muchas gracias —dijo abrazándome. Luego se retiró, pude ver que tenía algo de miedo en los ojos, así que retrocedí unos pasos, ella se relajó un poco y depositó las bolsas de plástico que traía en las manos.

—¿Qué hacías afuera? …¡A un lado! —la jalé lejos de la puerta. Un camión militar pasó frente a la casa.

—¡Gra…gracias! —me abrazó, ahora con mayor seguridad.

Entonces vi el interior de las bolsas. Eran traslúcidas, pero no había reparado en su contenido. Leche en polvo, fórmula para bebé.

—Son para mi hija —dijo como si me leyera el pensamiento.

«¿Tienes una hija?, ¿estás casada?».

—¿C…cómo se llama? —fue lo que me animé a decir.

—Saori, me respondió. Tiene seis meses, yo…yo no le puedo dar más leche.

Miré por instinto sus senos, que me parecieron normales, después reparé en su incomodidad. Para congraciarme con ella fui por mi mochila, la vacié y metí las latas de leche dentro.

—Habrá que esperar una hora, en lo que los soldados acaban su rondín de la zona.

—Tú…

—Iré contigo, tenemos que salvar a Saori.

Hacía mucho que una mujer no me sonreía de esa manera. Nos conocimos un poco durante la espera. Se llamaba Karina, era operadora en una fábrica que hacía volantes, tenía veintiséis y le gustaba Linkin Park igual que a mí. Descubrí que la leche la compró en una tienda clandestina a dos cuadras de mi casa. Quise preguntarle si era casada, pero me acobardé. No tenía anillo en el dedo, aunque eso no era determinante.

Transcurrida la hora tomé la mochila y nos escabullimos fuera de la casa. Era importante hacerlo con el mayor de los sigilos, pues había visto en internet vídeos sobre personas que denunciaban por gusto (o por un mal encausado sentido del deber) a quiénes andaban en el exterior. En todos los casos la milicia llegaba a los pocos minutos y aprehendían al fugitivo. Por esa misma razón no utilizamos el auto. Estando afuera comencé a sentir miedo, como no lo había sentido desde niño; una parte de mí pensaba en regresar a casa corriendo, pero me dominé. Quería hacer esto por ella, por ambas.

—Ya casi llegamos —dijo después de veinte minutos de avanzar, ahora ocultos tras unos vehículos. —Esa es —anunció triunfante, señalando una casa pintada de amarillo.

Sacó un celular del bolsillo de su short, escribió en él y lo guardó nuevamente. Estaba por preguntar a quién le escribía, cuando la puerta de aquella casa se abrió y un hombre de barba y cabello negro se asomó. Le hizo una seña a Karina y la animó a correr. Yo me quedé paralizado. Ella llegó con el hombre, este la tomó de las manos y…

—USTED ESTÁ VIOLANDO LA LEY MARCIAL, ENTRÉGUESE DE INMEDIATO —el camión estaba a menos de treinta metros. No tenía salvación, pero Saori sí.

—¿Me está diciendo que, en ese momento, pensó primero en la niña? ¿En lugar de tratar de huir?

—Estoy diciendo que no pensé. No sé por qué hice lo que hice, sólo ahora, mirando hacia atrás me doy cuenta de que fue algo bueno, quizá lo más valioso que haya hecho en mi vida. Ahora, haga lo que quiera conmigo.

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