Se busca príncipe

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Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”

Teresa murió hace como ocho o diez años. Una tragedia que conmovió al pueblo. Incluso personas de ciudades distantes y lejanas se enteraron de la desdicha; todo gracias a la publicación de la noticia en los principales periódicos.

Aunque es una historia que todo el pueblo conoce a la perfección, hay paisanos fuera de nuestro poblado que necesitan enterarse de la verdad. Han trascurrido ya ocho años de la tragedia, pero sigue presente en la memoria de todos los habitantes; sobre todo de los hombres, quienes fuimos príncipes por un día.

Como habrán visto, quienes ya leyeron el diario de Teresa, el relato se interrumpe el lunes primero de julio. Nadie sospechó nada, ni aún sus padres. Soy muy directo, así que lo diré claramente y sin reservas: ese lunes por la tarde encontraron su cuerpo sin vida. Con su propio cinturón se había colgado en el baño de la casa de su tía, con quien vivía. ¡Se había suicidado! Caprichosamente el destino se había empeñado en truncar la vida de una jovencita más. “Ya le tocaba”, dijeron los habitantes del pueblo ignorando completamente aquella maldita frase que la familia había heredado de generación en generación: “Nosotros podemos desconocer todo sobre nuestro futuro pero lo único que tenemos asegurado es la forma de nuestra muerte”.

No tengo palabras para describir las manifestaciones de dolor de toda su familia. Su madre, su padre y sus hermanos, parecían locos. Sin embargo, lo que originó los acontecimientos que estoy a punto de detallar fue cuando encontraron su diario aprisionado con todas sus fuerzas entre sus brazos. Murió sujetando el cuaderno con pastas color azul mezclilla, donde escribía. Dicen que fue necesaria la intervención de varias personas para despojarla del cuaderno. Pues aún muerta parecería luchar para que no se lo arrebataran. 

El contenido del cuaderno fue dado a conocer en todo el pueblo. Hasta la fecha nadie sabe a ciencia cierta quien fue el encargado de llevar ese diario a manos de las autoridades del municipio. Lo que yo les pueda decir puede faltar a la realidad y no es mi intención, como los periódicos, contar fantasías en un relato real. Sólo diré que las lenguas chismosas del pueblo decían que había sido la esposa del presidente municipal.

—Tenemos que encontrar a ese príncipe —había dicho con una aplastante solemnidad.

Todos nos emocionamos mucho. La conmoción aumento cuando en plena conferencia, afuera de la presidencia municipal llegó el féretro con el cadáver de Teresa. La multitud de personas se abalanzaron sobre el sarcófago. Todos querían verla, comprobar que quien estaba sin vida era la misma que algunos habían visto tantas veces. Otros, para verla por primera vez. El tumulto casi causaba una avalancha humana que fue necesaria la utilización de la fuerza pública. Cuando por fin lograron calmar el caos; las autoridades, con permiso de los familiares, decidieron velar el cuerpo en las afueras del palacio de gobierno.

Por orden del mismísimo presidente municipal, al día siguiente aparecieron en los postes, bardas, comercios y en todas partes del pueblo cartelones que decían:
SE BUSCA UN PRÍNCIPE
Presentarse hoy en el panteón del pueblo a las cinco de la tarde. Identificarse con una rosa roja.

El día del sepelio, al partir el cortejo fúnebre hacia el cementerio, la familia y una multitud de personas acompañaron caminando el cuerpo sin vida de Teresa hasta su última morada. Todos en el pueblo teníamos la esperanza que su príncipe se presentara con la rosa roja. Todos teníamos curiosidad en saber quién se había ganado el orgullo de ser un príncipe. Todos, incluso yo, deseábamos fervientemente cumplir con uno de los anhelos de Teresa. 

Al llegar al panteón, había una cantidad impresionante de hombres de todas las edades, con una rosa roja en la mano. ¡Todos deseaban ser el príncipe! ¡Y lo fuimos por un día! Todos vertimos lágrimas junto con una rosa roja sobre el ataúd de Teresa. Fue una cantidad impresionante de rosas. Había tantas que todo el suelo del panteón quedo tapizado de un color rojizo. Un rojo hermoso, un rojo de amor.

Ese día, Teresa convirtió a todas los hombres del pueblo en príncipes. Frente a su tumba lloraron niños, jóvenes y ancianos. Seguramente entre todos ellos se encontraba el príncipe que tanto buscaba. Teresa, uno de tus últimos anhelos ya está cumplido, donde quieras que estés, te lo puedo garantizar: ya puedes escribir que más de una príncipe, sí se enamoró de ti.

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