Sílbale a la muerte

Sílbale a la muerte

Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”.

Desde que ella se fue, atesoré sus posesiones, muebles, fotografías y varios libros. Mamá decía que en su habitación siempre existió algo especial, cierto misticismo acumulado, hasta ahora en sus siete días de fallecida. El velorio fue inusual: la gente que se acercaba quedaba aterrorizada tras ver su sonrisa, y se iban perturbados después. A mí no me parecía así. La beatitud de sus labios en curva, daba esperanza hasta en un fallecimiento, junto a esa postura del cuello algo inclinada para un lado, el cual no pudieron enderezar, como si se tratara de un espasmo permanente.

Añorando aquellos días cuando me leía cuentos echada en su regazo, esculqué entre sus libros y vi a su mascota, —si tuviese que escoger con quién quedarse en todo el mundo, tu tía te escogería primero a ti y luego a su mascota—.

Tenía un canario silvestre, que encontró en uno de sus paseos por el bosque. Me contó que el pájaro la siguió hasta casa volando sobre su cabeza. Lo adoptó y siempre me decía: -los canarios silvestres sólo viven de cinco a diez años, es por eso que debo domesticarlo para que viva de ocho a catorce años, Teresa-. Al canario de colores diversos de la tonalidad amarilla, nunca le compró una jaula, se quedaba siempre en la rama de su ventana, pero esta vez estaba sobre sus libros, resguardándolos. Mi tía podía pasar horas viéndolo en su naturalidad, desde el interior de su cuarto, nunca cerró esa ventana para así contemplarlo y sentirse parte de su hogar arboleo. Mamá decía que por eso le dio la pulmonía —¡por ese bendito pájaro!—. A veces la acompañaba para que lo dibujáramos, cuando dormía en su cama hasta los escuchaba hablar. Y al verlo allí, posado en sus plumas derramadas, silbando sin extrañar a su compañera, recordé cuando la visité en el hospital. Pese a que asiduamente le cerraban la ventana ella la volvía a abrir; lo veía y escuchaba silbar desde un lejano árbol, así se dormía. Ella me dijo, cuando me vio llorar en su pecho: —no te preocupes, Teresa, que todavía me quedaré contigo de ocho a catorce años más—. Era como un chiste y reía, mas tuve fe en sus palabras, y cuando murió, seguí creyéndolas, incluso después del entierro. Y entonces, cuando contemplé a esa ave tan vivaz que me atisbaba con el cuello inclinado y una sonrisa, entendí. Escuché el silbido, suyo, y me puse a silbar también. —Ah, mi querida Teresa, por ti me quedaría incluso más de catorce años—.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *