Sobre seres mitológicos: El quehacer del ensayista y lo mexicano como forma de expresión poética

Cuando fui gigante
amé a una serpiente
que se llamaba Dios.
“5”
Julián Herbert

El ensayista, al menos como artista, es un individuo que debe de tener preocupaciones ―para muchos obsesiones― que lo alejen del lugar común, de lo banal, de la cosa dura. ¿Hay una receta para convertirte en un buen ensayista?, la realidad es que no, así como tampoco existe una fórmula para escribir. Necesitas ir a la academia, aprender sus normas que en demasiadas ocasiones son rígidas y después, y lo más importante para el desarrollo creativo, tener la convicción de olvidarlo todo para comenzar a crear; pero lo que se debe recalcar es que sí existen tropiezos con los cuales podemos aprender en este proceso carcelario de la enseñanza y desarrollar la doctrina analítica que nos acerque a la esencia de lo que leemos. Malva Flores en su ensayo titulado “Atila en las fronteras del ensayo” (2015) comenta que: “el arte no es un imperio, sino la forma más persuasiva de la libertad”. Por ello es que el ensayista debe manejar un perfil muy particular a la hora de escoger los temas, la forma en que se tratará, la digestión de ideas, la prosa depurada, sus raíces que se asoman por encima de la tierra, la comunión con el lector y a veces trascender lo redondo del lenguaje para caminar por pasillos insospechados.

Claro que hablar de estos temas pueden ser una tarea bastante complicada y necesitaríamos ponernos metafísicos y atemporales porque en este momento lo que haré es un ensayo de un ensayo que escribieron algunos ensayistas sobre otros ensayistas ―demasiado borgiano como para no sentir algún temor― y vaya que la tarea aquí ya suena peligrosa.

En los textos: El ensayo, entre el paraíso y el infierno de Liliana Weinberg (2001), “Las nuevas artes” de Alfonso Reyes (1959) y “José Ortega y Gasset: el cómo y el para qué” de Octavio Paz (1984), aun con sus diferentes autores, intentan descifrar cuál es la labor del ensayista, sus virtudes, sus pasos a seguir, y reflexionan en torno a los errores que muchos escritores cometen aun en la actualidad.

Es muy evidente que el ensayista debe formalizar las cuestiones académicas en el sentido de qué debe leer con la vocación de los buscadores de tesoros, cuando entras al terreno de las letras debes de convertirte en un lector malicioso que puede tener una y cientos de interpretaciones que sorprenderían en cualquier caso, por ejemplo, me encontré leyendo el pasaje bíblico del nuevo testamento donde se describe el acto de la crucifixión de Jesús y pude dilucidar en un momento de iluminación o de un murmullo diabólico que ahí podría existir una relación con el bondage y el cuerpo martirizado del Cristo no era más que un juego erótico que nos llevaba a la excitación de todos los participantes. Ahí me encontré en una playa, caminaba por una tarde roja oaxaqueña en donde el agua sube y el impacto de las olas levanta partículas de agua que marcan los cristales de los lentes, y mientras el día se iba estirando para no irse, yo sacaba un detector de metales en busca de un tesoro, me movía de aquí para allá con tranquilidad y en un momento donde se perdía la esperanza encontré un bip que pesó en mis oídos. Entendí que como lector malicioso que soy busqué un sonido en ese planeta lleno de arena que me permitiera alegrar mi tarde; aquí lo que se debe de hacer es escarbar para saber qué hay ahí, puede ser que pases días escarbando en lugares donde sólo haya corcholatas de cerveza o pedazos de algún metal viejo que otro buscador de tesoros encontró y lo dejó ahí para que alguien se entretuviera. En algún momento uno de esos sonidos podría darte un tesoro. Y no hay nada mejor que la academia para conseguir palas, grúas y diversos métodos para escarbar y conseguir la preservación de tu tesoro.

En varias ocasiones me cuestioné si existe una línea que divida el artículo académico de un ensayo, cuando lo que vemos en la academia son cientos de citas y un lenguaje exclusivo que más que constatar las fuentes y las diversas lecturas que podrían formar a un autor, lo que hacen se convierte en pedantería pura que somete lo ya dicho e intenta manipular la báscula del tianguis que pesa las verduras en lugar de dar más producto y aquí el riesgo es que no hay consumidor inconforme que vuelva a un lugar donde le mintieron, le dieron un mal servicio o le robaron.

En una ocasión un compañero de clase comentó con benevolencia: “pero, profe, ¿cómo hacer para no citar a los de siempre?”, yo solté una carcajada que no era burla sino una risa cómplice porque expresaba una duda que todos teníamos de manera simple y ponía en un aprieto al profesor. Lo que sucede en realidad es que buscamos objetos de originalidad y no nos enfocamos en los orígenes para caminar sobre lo ya dicho con una nueva perspectiva. Una profesora me comentó: “Aquí no se encuentran hilos negros, todos son grises”, pero yo cuestioné: ¿cuándo es bueno buscar ese hilo negro-gris que me hará esforzarme y salir de los lugares comunes?, ella respondió que no sabía, que posiblemente todo sea gris y fue inevitable imaginarme a mis cincuenta años con una madeja de estambre negro intentando hacer un bufanda.

Es casi imposible hablar de poética y no citar a Aristóteles, o puede suceder, como en el caso del erotismo, que nos saltemos a Bataille y entremos con Paz en la Llama doble (1993), pero él a su vez se ve en la necesidad de citar su fuente y encontramos que tuvo que tomar lo ya dicho para replantearse conceptos, para escribirlo a lo Paz.

Reyes, la figura de autoridad en el ensayo mexicano ―cómico y erudito en el mismo coctel―, camina por el cine, la radio, la literatura y los diferentes medios en que se nos muestra la información; hace un énfasis en la importancia del ser verbal y dice que el ensayo es: “este centauro de los géneros en donde hay de todo y cabe todo” (1959: 403). La imagen tan utilizada, y el viaje inevitable hacia el lugar común, la veo necesaria porque es muy acertada, porque el ensayo se nutre (esto también lo comenta Liliana Weinberg) de diferentes fuentes y atiza desde lo poético ―la prosa― la idea que se plantea en el texto. Este símil “en donde cabe todo” explotado por diferentes autores hasta el hartazgo, por ejemplo, Villoro comenta que: “Si Alfonso Reyes juzgó que el ensayo era el centauro de los géneros, la crónica reclama un símbolo más complejo: el ornitorrinco de la prosa” (Villoro 2005), porque es una especie de bestia creada por el doctor Frankenstein en donde se alimenta de diferentes partes de los animales y crea a un nuevo ser que no es parecido a ningún otro. Reyes lanza el dardo muy alto pero asesta de manera brutal cuando te imaginas a ese mitad hombre mitad caballo siendo asesinado, cortado en pedazos lo suficientemente pequeños para poderlos comer, salpimentado y cocinado en brazas de carbón, con mucho fuego hasta que arda como en el Seol, para después ser devorado por un lector hambriento de ideas.

El ensayista debe estar dispuesto a hacer un viaje sedentario, oxímoron utilizado por Gonzalo Celorio (1994), gran ensayista dotado de una prosa tan original que cabalga por los géneros con el dominio del charro y como la crítica parece obligada a encasillar un texto ―y por su extrañeza―, se le catalogó en “varia invención”, en ese excelente libro lleno de imágenes que trasciende la labor del ensayista donde paseamos por los mercados de México, sus pulquerías, el barrio de Mixcoac, entre muchas otras aventuras, Celorio nos muestra que el ensayo hace mucho que trascendió la barrera de los géneros en la historia de las artes.

Weinberg tiene sus propias doctrinas sobre el ensayo, dice que el ensayista tiene que tener ciertas cualidades y que debe de poner su atención en todo momento para no cometer errores y perderse en “el infierno de la incomprensión” (2001: 21), como también lo denomina Octavio Paz cuando se refiere a Ortega y Gasset ―otro ensayista completo que tenía preocupaciones tan diversas como la Misión del bibliotecario (2005) hasta Estudios sobre el amor (2005), que dan una idea aproximada de sus alcances―: “mostró que ser claro es una forma del aseo intelectual” (Paz 1984: 100).

El ensayista debe promover la comunicación acertada porque el lector le da un voto de confianza que no es posible perder porque los lectores, esos animales recelosos, no perdonan; el ensayista tiene la responsabilidad de manejar información detallada y precisa porque un buen escritor de ensayos, como cualquier buen autor, debe mantener la brevedad como primera fuente de escritura (no por nada los buenos cuentistas escriben excelentes novelas).

Cuando llegamos al tema de cómo dar forma a un texto nos encontramos con que los enlaces son demasiado importantes, si no quedará un texto lleno de ideas sin nada en común, y aunque parezca redundante: es un estado frecuente. El escritor de ensayos debe ser “el especialista de la interpretación” (Weinberg 2001: 73), porque las ideas de otros son vistas a través de la exégesis, original o renovadora, del propio ensayista cuando presenta sus ideas; se debe de profundizar el tema con la vocación del arqueólogo y mostrar lo entendido de manera que el lector quede satisfecho porque entendió todo, lo cuestionó todo, su hambre fue saciada y obtuvo los nutrientes necesarios para hacer sus propios cuestionamientos y formar sus ideas.

La opción binaria es algo increíble, una idea que, como lo dice el título de Weinberg, juega entre el paraíso y el infierno, esa dualidad, ese doble contrapuesto tan antiguo como el bien y el mal pero lo novedoso es que no discuten en calidad de versus sino que, ya descifrado por el artista, pueden convivir en equilibro sobre un texto bien planeado, una idea muy asiática sobre la concepción del equilibrio.

Octavio Paz, poeta por vocación y ensayista por complemento, devorador de centauros y otros cuantos animales mitológicos, hace una radiografía ejemplar de Ortega y Gasset donde lo confronta, lo admira, lo desmenuza y se convierte en el detective que toma el lugar del asesino para entender su patología. Se refiere a él como un filósofo pero a la vez comenta: “Una filosofía que se resume en una frase no es filosofía sino religión” (1984: 98). Las indagaciones de Paz sobre cómo debe ser un ensayista son muy enfocadas: “El ensayista tiene que ser diverso, penetrante, agudo, novedoso y dominar el arte difícil de los puntos suspensivos.” (1984: 98), la duda debe de quedar en el aire y hacer partícipe al lector, el ensayista debe cuestionarse y también dejar al lector la última palabra.

Ortega y Gasset se convierte en el ejemplo a seguir al momento de desarrollar ideas, es una abeja del sentido común porque como dice Paz: “y como, al repensarlas, las cambió, las hizo suyas y, así, las hizo nuestras” (1984: 101), y nos comparte lo digerido no como excreción sino como miel. Y es aquí donde lo mexicano entra en escena porque una de nuestras industrias más deliciosas, en comunión con la imagen, es la de la apicultura ensayística. Tenemos grandes pensadores que convertían sus palabras en mágicas expresiones del pensamiento. Lo mexicano inunda las páginas de la generación del Ateneo y todos entregan el sacrificio de la erudición para un público que tenía la necesidad del conocimiento exquisito. Reyes en su Visión de Anáhuac (2004) deambula por los cronistas de indias, la botánica que nos convierte en flores fantásticas devoradoras de colores, los lagos y ríos, el paraje entero de los antiguos mexicanos con una prosa de agua dulce como los ríos que dibuja desde los fonemas de su encierro craneal. Pedro Henríquez Ureña nos muestra en su ensayo El descontento y la promesa (2004) que pudo superar a su maestro ―Reyes― y su erudición es un mezcla inminente de “aseo literario”, sus orígenes ―una defensa de lo Americano― y la terrible fortaleza que simbolizaba enfrentarse a una América que buscaba revolución sin organización ni ideas claras sobre por lo que deberían luchar mientras nos da una clase de literatura indigenista, otra sobre modernismo, otra sobre literatura griega y otra sobre literatura romana y así un sinfín de temas que puede abordar con la facilidad del águila que, si bien puede devorar serpientes, sus dominios ya no sólo se posan en nopales; con Ureña el águila vagabunda camina sobre los cielos de diferentes continentes polinizando como un abejorro golpeado por el sol esas ideas que hacen que la identidad de lo mexicano nos defina.

Yo no soy más que un ensayista secundario, y posiblemente lo digo para evadir responsabilidades pero aquí todo puede cobrar sentido, el ensayista debe ser un Caronte (Graves 1985: 170), ese barquero oscuro y lúgubre que nos ayuda a pasar del mundo de los vivos al mundo de los muertos, el lector paga su retribución poniéndose monedas en los ojos o en la boca, debajo de la lengua, o da lo mismo si lo hace depositando dinero en las manos del vendedor de libros y revistas y espera paciente a que el autor lo mesa en un sueño intermitente de mareas suaves, a veces intempestivas. El viaje puede ser duro, puede ser doloroso y dulce al mismo tiempo, pero si el ensayista no lleva al lector con golpes como caricias y se arranca inclemente y agresivo sobre el asfalto de las ideas, el lector tocará el timbre y se bajará no importando que el éxodo no llegue a su conclusión. El Caronte del ensayo debe ser un monstruo mudo, pensante, mimo, debe de ser dócil, amigable, debe de haber tomado y acreditado el curso de “servicio al cliente” y poner al lector como su prioridad, si el lector se molesta por el viaje y no entiende el significado de la huida de su zona de confort, será mejor que esa barca se hunda y deje espacio para un barquero más experimentado. El ensayo lo demanda, los lectores lo merecen y si no es así, la posteridad se encargará del resto, salvando del olvido a todo aquél que intente profanar el santuario de los ensayistas con palabras vanas y sin sentido, se perderá, el tiempo será el Cerbero ansioso que esperará en la orilla para devorar sin clemencia a los intrusos.

Como recomendación a los nuevos ensayistas les digo: “cuiden en todo momento sus palabras”, porque cuando el verbo se hace carne no hay más remedio que la adoración o en su defecto: morir crucificados.

Bibliografía:

Celorio, Gonzalo. El viaje sedentario. México: Tusquets, 1994.
Graves, Robert. Los mitos griegos I. Madrid: Alianza, 1985.
Henríquez Ureña, Pedro. El descontento y la promesa. México: unam, 2004.
Ortega y Gasset, José. Estudios sobre el amor. Madrid: Edaf, 2005.
―. Misión del bibliotecario. México: Conaculta, 2005.
Paz, Octavio. La llama doble: amor y erotismo. Barcelona, España: Seix Barral, 1993.
―. “José Ortega y Gasset. El cómo y el para qué”. Hombres en su siglo y otros ensayos. Barcelona: Seix Barral, 1984.
Reyes, Alfonso. “Las nuevas artes”. Los trabajos y los días, Obras completas ix. México: Fondo de Cultura Económica, 1959.
―. Visión de Anáhuac. México: unam, 2004.
Villoro, Juan. Safari accidental. México: Joaquín Mortiz, 2005.
Weinberg, Liliana. El ensayo, entre el paraíso y el infierno. México: Fondo de Cultura Económica. 2001.

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