Todos los días escucho la tormenta dentro de mí. Todos los días siento el caos y la calma que de ella emergen. Se me agotan los sueños. Suelo guardarlos en mis bolsillos para analizarlos después, pero hoy cuando quise contarlos solo encontré arena dentro de ellos. En esta tormenta suelo oír el eco de tu voz llamándome por mi segundo nombre (que nadie conoce), pidiéndome perdón. En días pincelados de gris siento que las paredes colapsan, cuando me lo permiten, miro al espejo y lo veo todo, menos a mí. Cadavérico maniquí inerte, ojeras de panda, lengua seca demasiado larga y mandíbula colgante.

Con impetuosa euforia una fuerza invisible suele atar mis manos en mi espalda y no me permite moverlas. Se han roto. No comprenden que quiero llegar al último piso del edificio y practicar como volar, dejar el tóxico nido. Cuando cortan la luz con atención puedo percibir el crujir de un puente de cristal que busco cruzar, dolorosos pasos que a ninguna parte llevan. Escribí hace tiempo pasionales cartas de ruptura que, todos los que pudieron leer, rompían al terminar. Con tanto tiempo libre he pensado qué se sentiría estar en tu lugar ¿Haces lo mismo por las mañanas cuando despiertas en tu deshecha cama? ¿Cómo es tu aburrida y triste rutina? Yo, ya no puedo recordar la mía.

Cuando huelo el pasto quemado que se filtra por los barrotes de mi ventana me dan unas ganas increíbles de llorar y no puedo descifrar la razón. La lengua se me hace un nudo, marchitas manos cosen mis secos labios y se me imposibilita emitir sonido alguno, ni con señas logro comunicarme; cuando los jueces del Apocalipsis de blanco uniformados me cuestionan. Todos les temen y a su paso se ocultan o simplemente se cubren los ojos, fingiendo invisibilidad como los bebés. Es gracioso, en algunas ocasiones vienen por la noche desnudos a auscultarme.

La zona común en donde comemos y convivimos, la definiría como un campo de batalla siempre en movimiento y gritos aislados, lleno de cuerpos a los que, sin que se den cuenta, su vitalidad busco robar para poder el día a día continuar. De camino al comedor algunas habitaciones tienen heces embarradas en las paredes, en otras hay sujetos que no dejan de tocarse todo el día, tienen que amarrarlos para que paren. “Máquina de follar” recuerdo que leí en alguna parte, escrito por un viejo estúpido y borracho, seguramente.

El piso y el agua están eternamente congelados, hechizo con el que una bruja de mil años maldijo a todo el edificio, he escuchado comentar a algunos. Cuando llegué solía tener plantados geranios hermosos de diversos colores en mi cabeza, pero fueron podados, por “seguridad nacional” dijeron. La diversidad es siempre peligrosa: te puede hacer comenzar a cuestionar.

Hace un par de semanas me cambiaron de sección y en la habitación próxima a la mía una señora suele gritar hasta vomitar sangre y rasguñar a todo el que se le pone enfrente, solo se calla cuando comienza a amanecer. La diagnostican con esquizofrenia y después con manía, cada semana es una nueva ocurrencia y la alimentan por medio de tubos, es difícil controlarla. Mi teoría es un poco diferente y sencilla: creo simplemente que le teme a la oscuridad.

Es solo un juego, me repito a mí mismo. Una prueba que sin duda no aprobaré. Admiro la destrucción que dejo a mi tierno paso y sonrío. La reclusión puede durar pero será finalmente pasajera. Ausencia en noches cálidas planeando la fuga. Es un goteo insoportable que taladra mi agudo cráneo.

Anoche, afuera de mi habitación escuché: “Lobotomía cerebral por la mañana, sala diez.”

Casi lo olvidaba. Al final de mi sueño, el último que tuve y que puedo recordar, me ves venir pero esta vez no corres a esconderte. Entonces floto y comienzo a arder. Me transformo en un ser de luz y tú, ya nunca vuelves a sentir soledad.