Teresa, la hija del puente Rayitos de Sol

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Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”

Yo conocí a una hija del puente. Arrastraba su infancia en cada paso que daba: penitencia andante. En su cuerpecito llevaba la cruz de cinco años de mala suerte. Nunca conoció a su padre y su madre murió en el parto. Fue así como el puente Rayitos de Sol la adoptó.

La conocí un domingo frío, de esos que te contagian la melancolía. Al verla pequeña y sola, le pregunté por su nombre. “Teresa Flores”, me respondió, sin mirarme a los ojos. “Bonito nombre, ¿qué haces aquí sola?”. Me contó que vendía Turrones Arequipay, para así ayudar a pagar la operación de su abuela, que estaba enferma. Me confesó que no tenía padres. Mis 15 años trabajando como psicólogo me bastaron para saber que no mentía. Una lágrima tímida en su farol izquierdo reforzó su testimonio. “¿Quiere, seño? Son ricos los turrones, están dos por un sol”. No era una pregunta, era un ruego. Acepté de inmediato. Cuando me los dio, supe que no solo le compraba dos turroncitos. También le compraba una sonrisa.

Después de comer el primer dulce, le pregunté si alguien llegaría a verla. Me respondió que su tía la iba a recoger en cuatro horas, para que fueran a su casa, en El Rímac. “¿La que vendrá es tu tía de verdad o es otra señora?”, la interrogué. No me respondió. No insistí. El puente la había educado a su manera.

Me despedí, agradeciéndole y deseándole más ventas. Silencio. Me alejé varios metros y, sentado en una banca, aguardé a que se cumplieran las cuatro horas. Una mujer pálida llegó al lugar, cuando mi reloj marcó las 10 de la noche. Con ella, llegaron tres niños más. No estaban tomados de la mano, pero iban juntos. Cuando la mujer llegó hasta donde la pequeña, se aseguró que no hubiera nadie cerca. Al comprobarlo, le exigió la jornada. La hija del puente sacó unas monedas de entre los cartones en los que se sentaba. Se las entregó. La mujer las contó rápidamente y le dio dos a la pequeña. Luego, entre las sombras que callan duros secretos, la resondró, jalándole el cabello. La niña se quebró. Lloró infancia. “¡Lárguense de aquí, mocosos infelices!”, gritó la mujer, mientras sacaba de su bolso una botella de ron. Ellos le hicieron caso, asustados. Corrieron, perseguidos por su fragilidad, por su historia, por sus miedos. Seguí las huellas que dejaban sus miserias. Cuando ya estuvieron lo suficientemente lejos, uno de los niños abrazó a Teresa, le susurró algo y le dio un beso en la mejilla. Ella sonrió, a pesar de que nadie le había dado una moneda. Así fue como descubrí que la hija del puente Rayitos de Sol no estaba sola. Tenía hermanos.

1 comentario

  1. Felicitsciones por tu obra, muy lindo casos de la vida real y muy dura para muchos pequeños, vendes tus obrad???

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