Teresa

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Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”

Teresa hoy se siente cansada de llorar, lleva semanas lamentando su soledad y deseando que su esposo vuelva arrepentido de haberse marchado con una mujer muchos años menor que ella. El silencio de la noche le produce melancolía, la ciudad se encuentra quieta, mientras ella hila sus recuerdos en medio de los escombros en que se ha convertido su casa.

─ Basta Teresa, no vas a llorarle más, no vas a esperarle más. Se dice mientras rompe la foto de su boda, testimonio inerte de felicidades antiguas.
─ Ya no regresaras y no lloraré una vez más por tu abandono.

Teresa se esfuerza en limpiar para arrojar a la basura los recuerdos de una promesa rota; pone aquella música que hace tiempo no escuchaba y se sirve una copa de licor. Entre la embriaguez y el sueño, se imagina sonriendo nuevamente. Mañana me pondré un traje que me haga sentir bella, pintaré mis labios como solía llevarlos años atrás, dejaré mi cabello suelto y usaré los tacones más altos que guardo en el armario, saldré a la calle, iré de compras, quizá visite unas amigas y las invite un café. No me quedaré un día más a llorar mi soledad; planeaba casi dormida, ansiosa por volver a sentir la ilusión de vivir.

Se levanta decidida a sonreír, se da un baño, se pinta las uñas, se arregla el cabello, busca en el ropero; quiere lucir como aquella vez cuando se puso un vestido negro brillante que resaltaba sus pechos y demarcaba su cintura, ninguno de aquellos trajes se acomodaba ahora a su cuerpo, la impotencia rondó en su cabeza; se dirigió al espejo, pintó sus labios de carmín oscuro y sombreo sus ojos, examinó su rostro y una lágrima negra mojó su mejilla ¿Dónde quedaron tantos años de mi vida? Se gritó. No podía apartar la mirada del espejo, su reflejo le era extraño; la lozanía de su piel la había abandonado, la línea de sus labios se había deformado, el brillo de sus ojos, opacado y otro color invadía su cabello.

Miró hacia atrás y no veía nada. Sentía como si hubiese permanecido por años en un coma profundo y ahora despertara convertida en una mujer que ya no cumple con los parámetros de belleza impuestos por una sociedad cruel e inhumana. Se sintió desprotegida, arrojada desde la boca de su hogar a los solitarios días de una mujer sin esperanzas. Lo había perdido todo; su estabilidad, su motivación para levantarse en las mañanas a preparar un desayuno, su dedicación y esmero en ser la esposa adecuada y amorosa, la calma que sentía al verlo llegar en las noches aunque llegara tarde y ebrio, hasta los desaires que le hacía con su indiferencia, todo eso era su vida y nunca deseó otra. Las arrugas en su rostro le avergonzaron, no encajar en aquel vestido la hizo odiar su silueta; no encontrarse en el espejo con la mujer enérgica, decidida y bella que recordaba, la hizo despreciarse a ella misma; ¿cómo salir a la calle con una vida que no sabe de qué manera enfrentar? Fueron años dependiendo de su esposo, años creyendo que envejecerían juntos, años dedicada a unos hijos que ya se fueron, años olvidándose de ella, y ahora, de repente se encuentra sola, sola como antes de conocer a su esposo, pero, ya sin la vitalidad, sin la belleza, sin la juventud, sin saber como continuar. Se miraba en el espejo para preguntarse ─ ¿A dónde se dirige una mujer como yo? ─ ¿Qué puede esperar una mujer a mi edad? ─ Las ilusiones me discriminarán, la vida me ha enviado al rincón de las personas obsoletas y no me había dado cuenta de ello.

Se volcó en la cama a llorar nuevamente, no podía comprender como pasaron tantos años y ahora sentía que habían sido en vano. Como empezar de nuevo si ya no es la misma.

Teresa tendrá que reinventarse en este mundo caótico, para vivir a plenitud los años saludables que le quedan, o la desolación y el desconsuelo harán de ella un cadáver andante que solo espera ser sepultado.

 

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