Tiempos fascistas, ¿cómo son?

En las espacialidades fascistas, todo transcurre como si se tratara del mejor de los mundos posibles. Es el reino de la mac donalización y la disneylandización de la sociedad que denunciara Galeano (1996), la espectacularización de la sociedad, a decir de Guy Debbord (1967).

La limpieza, la pulcritud, el orden legal hegemónico desde la institucionalidad del orden mundial capitalista (Rubén Ramos. 2012), se llevan bien con un sistema de gobierno de corte fascista. A menudo, su aspecto aséptico da la impresión –y de ahí su atractivo entre las masas ávidas de novedad, ávidas de surcar las aguas del progreso— de estar en presencia de un sistema democrático, pacífico y ordenado de gobierno, pero en el fondo, toda una maquinaria de aniquilación y de terror, se haya por debajo de éste.

En los intersticios de éste sistema de gobierno, se encuentran sus fuerzas mantenedoras, grupos de represión policiaco-militar regular (armados con pistolas eléctricas, armas de fuego, cachiporras, sistemas radiotelefónicos, automóviles de guerra, dispersadores de movimientos sociales), irregular e informal y formal, al acecho de la más mínima irrupción al orden hegemónico, para intervenir con todo su poder aniquilador. Así, se trata en realidad de un orden dictatorial armado hasta los dientes, disfrazado de orden democrático, liberal o plural.

Los nombres a que recurre para nombrar sus instituciones, tienen un aspecto de formalidad, de neutralidad aunque bien puedan tratarse de espacios donde se suscitan las peores corruptelas, como son el planear masacres o genocidios, asesinatos o torturas contra actores incómodos         –como líderes sociales, campesinos o indígenas.

Las acciones fascistas, pueden operar a plena luz del día, bajo la cobertura de la legalidad, al interior de los Ministerios Públicos, las Casas de Seguridad, los Institutos de Migración, los Centros de Prevención de Adicciones y demás. Así, el fascismo no es más que una forma que tiene el orden democrático burgués para operar, camuflarse y pasar desapercibido entre las masas despolitizadas y desideologizadas.

En los tiempos que corren, el fascismo se ha tecnificado, edulcolorado y opera con mayor sutileza.

En el sexenio pasado, el gobierno de la ciudad de México, recurrió al fascismo, si bien, bajo la cobertura de un programa político de izquierda moderna, mote que solo sirvió para enmascarar un gobierno instaurador de centros de espionaje contra actores incómodos, detenciones arbitrarias de inocentes a principios y durante su gobierno contra estudiantes, ciudadanos de a pie, y líderes sociales diversos, mientras que alentó y brindó protección a grupos de choque y sicariales para amedrentar, amenazar y liquidar a sectores específicos de la población, fortalecimiento del aparato policíaco en detrimento de la economía familiar y popular, y de otros aspectos como la salud, seguridad social, la cultura, educación y la vivienda.

La espacialidad fascista creció, en detrimento de la espacialidad social, a través del desarrollo inmobiliario corporativo-empresarial, y la gentrificación-blanquización, instrumento de invasión neocolonial contra los habitantes originarios de colonias, barrios y pueblos en la Ciudad.

El fascismo educativo y cultural, presente en los círculos de la producción académica, a saber, en las universidades, conspira desde las aulas, y desde la academia, contra las visiones críticas de la sociedad de masas, de consumo y de mercado. Conspira contra las visiones que critican el esencialismo sociológico, el elitismo científico y, en general, contra la producción científico social original que es intransigente con toda visión abstracta, simplista de la cultura, la sociedad y la historia.

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