Necesito moverme. Me lo pide el cuerpo. Mi mente está desquiciada como siempre, pero mi tronco anda tieso, entumecido. Sé que si me muevo, me salvo, pero no hay audacia. El primer paso tiene que ser sutil.

Se me ocurre que los nudillos de mis dedos se verían bien tocando un piano. Me entusiasmo con la idea. Los imagino, livianos, saltando por encima de las teclas y entonando alguna melodía de esas que entremezclan notas muy graves con agudas. Las graves me conmueven más que las otras, y por eso a esas teclas las golpeo con más esmero. Mientras toco, quiero gritar. Con un pie presiono el pedal, y con el otro marco el ritmo. En mi cabeza, soy Lady Gaga.

Pido un teclado online. No viene con pedal, pero llega en una semana. En siete días me puedo preparar: Estirar las manos para aliviar el dolor del Túnel Carpiano, humectar los dedos, cortar las uñas y cubrirlas con barniz. También despojo a los dedos de anillos, para que puedan tocar desnudos. Visualicé el rincón en el que van a entrar las sesenta y un teclas, entre un Ficus y la ventana que da directo al vecino.

Llegó la caja y me espera en la entrada. Se la ve pesada. A pesar de que las piernas me hormiguean, camino hasta la puerta y la arrastro hasta el cuarto. Instalo el teclado rápido y lo estudio. En la foto de Internet se veía más lindo, como los sandwiches de la cafetería que salen maquillados en el menú. Le apretujo las teclas, una por una, las graves y las agudas, y no se sienten tan orgánicas, ni mis nudillos se ven tan livianos, ni los dedos desnudos parecen tan felices.

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