Todo va a estar bien

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Madeleine no ha vuelto. Espero que no haya ido muy lejos. El nuevo toque de queda empieza hoy y esta vez es por el último dígito de la cédula. Anoche dijo “Este aguacate se veía tan bonito. Pero al abrirlo estaba amargo y duro. Todo en mi vida es así. Mañana iré por otro”.

Descorrí las cortinas. Bajo la nube de smog, la borrosa ciudad se cae a pedazos por un enemigo invisible. Lugares cerrados, calles desiertas, la vida en pausa, el tiempo se ha detenido y no. No cabía un alma en este barrio ni los domingos. El teatro, los restaurantes, los cafés, las ferias de libros, el bulevar, los estudiantes. De un día para otro se deshizo la efervescencia. La cuarentena, el distanciamiento social. Yo ya no sé si es paranoia o sensatez. Las muertes aumentan en Italia, el desempleo en U.S.A. La crisis. Nosotros, pues, existimos.

Me preocupo, pero no demasiado, Madeleine odia este remedo de estado policial. Yo también. Tampoco es que haya un agente en cada esquina. Pero es que Madeleine…

El celular, que nunca suena, sonó.

-Estoy detenida.
-¿No sabías si podías salir?
-Sí podía. Trae mi cédula.
-Voy enseguida.
-No es justo.

Me apresuro, agarro todos los papeles de Madeleine. Rompo el encierro por primera vez en una eterna semana. En el tercer piso hay un dibujo pegado en la puerta. Es un arcoíris, y abajo la frase “Todo va a estar bien” pintada con los dedos. Los niños son tan ingenuos. Corro hasta el comando esperando que transgredir el toque de queda no diera cárcel o algo. En esta parodia cyberpunk nunca se sabe.

Cuando llego, hay dos personas con ella, una señora y un ciclista. La señora no deja de discutir. El oficial era conocido mío. Es un alivio. Le digo que vengo con ella. Le muestro los documentos. Que todo bien, que no volviéramos a dejar la cédula. Que los demás en la calle sí están jodiendo con eso, y duro. Otro policía con tapabocas se ríe viendo memes en su celular. Al ciclista al lado de Madeleine le han decomisado la bicicleta. No tiene sentido. Por el más puro gusto. ¿No deberían combatir el crimen? ¿O algo?

Cuando ella me abrazó estaba llorando. Ella nunca llora.

-Todo por un virus que ni siquiera es mortal. No pienso pagar ninguna multa.
-Vamos a casa, hagamos crispetas, veamos una película.
-No quiero estar más frente a una pantalla.
-Algo hacemos.
-¡Mirá!

La mano de Madeleine se extendió hacia el cielo. De repente el mundo era vídeo en calidad 8k. La nube de smog se había esfumado. Nunca había visto tan claramente las casas empotradas en la montaña. El cielo ya no era gris. Era azul. Y tantos colores, tantas aves en desbandada en pleno despuntar de la primavera. Reviso la app del Siata, que un día descargué sin saber para qué. Todas las estaciones están en verde. Llevábamos todo el año con ellas en rojo. El respirar mismo era envenenarse. Sin fábricas encendidas, sin autos en la calle sin la economía de la ciudad expulsando sus subproductos gaseosos a la atmósfera, quizás esto iba a pasar. Es obvio que el problema somos nosotros.

-¿Y el aguacate?
-Ya no importa

Regresamos riendo de todo y de nada, de acuerdo en que el fin del mundo ya ha sucedido demasiadas veces en la historia de nuestra especie. Y que, además, era bueno. En el tercer piso hay un dibujo pegado en la puerta. Es un arcoíris, y abajo la frase “Todo va a estar bien” pintada con los dedos. Los niños lo saben todo.

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