Treintenial

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Realmente, «¿cuántos nosotros fuimos solamente uno?» Uno: el común denominador humano. «¿Y si únicamente hubo dos personas individuales verdaderamente distintas caminando alguna vez por la bruma de la historia?» Dos: la primera diferencia de donde provienen todas las diferencias. «¿Y si todas las diferencias provienen de una única diferencia?» La genética –piensa Ignacio A.– en vez de ser lineal, se ramifica. La parte y el todo. El silencio y el ruido. Los débiles y los fuertes. Los paralizantemente horrorosos y los hermosos. El suicidio y el asesinato.

¿Cuál es la diferencia entre suicidio y asesinato? Depende: hay quienes matan para salir de la jaula; otros, en cambio, no ven en la salida de la jaula más que barrotes. Las redes del atardecer. La entrada que dice salida. La salida, que es la jaula, entrando en uno mismo de algún modo.

Ignacio A. está terriblemente vivo y enjaulado. Es consciente de la sostenida voluntad que se requiere para respirar, pero no tolera la espantosa situación de verse mudo, débil y horrible en los cuatro espejos de las paredes de su pequeña habitación.

Ahora entiende al anarquista melancólico. «El mundo siempre es más fuerte que uno».

No siempre es así.

Lo que no quiere decir tampoco que algunas veces esté montado en algo coherente. No hay nada coherente en las cosmologías festivas ni en los guayabos pulverizados que le hacen querer meter la cabeza dentro de un horno eléctrico. Pero, al menos, algunas veces la ingenuidad inducida con relación a todo lo supera.

Todo: levantar los brazos en señal de triunfo o de torpe agradecimiento por haber sido construido así, dizque seguro de gustar, como desvelando los secretos del mundo cada vez que chasquea los dedos.

El éxtasis aspirado, muy usado por los artistas jóvenes de Chapinero, a los que Ignacio A. no pertenece, y, de hecho, considera terriblemente estúpidos, pero terriblemente valerosos en lo que respecta al oficio de aspirar, como expertos submarinistas, material experimental sintético, le produce un verdadero orgasmo en el corazón que lo hace sentir atractivo, protegido, suficiente y pleno, como vigilado un momento por Dios.

Dios, el primer motor inmóvil. El origen ingénito de la procesión. Y, eventualmente, también de Ignacio A. y del Otro Mismo, de la voz, la fuerza y la belleza. Lo Otro Mismo que no es Ignacio A.

Cuando está corrido en Eme, Ignacio siempre encuentra una forma de enjaular a Dios, nunca sabe cómo, pero lo hace. Después, estira una mano más allá del borde de sus límites para asesinar al Otro Mismo, a la forma espiral de la diferencia. Lo empuja, lo tira al piso, le agarra la boca, se la retuerce, y, finalmente, lo estrangula. Sólo así, absolutamente alterado, en éxtasis, Ignacio A. es capaz de darle vuelta al atraco primitivo del que, según él, fue victima.

Melancólico de cosas improbables, Ignacio A. extraña la posibilidad de lo que pudo ser, la solución visceral que satisficiera el desespero de su ruindad. Colocarse es una terapia del dolor. Saberse poco. Mentirse fuerte. Asfixiado en químicos, pero deliciosamente fuerte. Es algo surrealista. Y el protocolo es siempre el mismo.

Entra en su zona –terapéuticamente hablando– y se trastoca en una fiera. Su comportamiento es paroxístico. Encarcela a Dios, a quien acusa de haberlo mandando a vivir en una dirección cualquiera, mas no, así, en la correcta, para no sentir ni un ápice de culpa de ninguna clase. Después, busca al Otro Mismo. Le dice palabras malsonantes. Y que, por su culpa, quiéralo o no, él, Ignacio A. es una mierda. Lo acusa de ordeñar cuanto le ocurre, de beberse sus entrañas hasta dejarlo hecho una hemorragia, una figura con ninguna credencial frente al mundo, sin autoridad ni espuelas para montar, validar y procesar la vida.

La vida todos los malditos días, ¡maldita sea!

Luego, un silencio especial se crea entre los dos. Ignacio A. está vivo, más cerca de la divinidad. El Otro Mismo, en cambio, yace en el suelo emocional del filtro sintético-químico de Ignacio A. Lo segundo es primero. Lo muy desagradable de ver se despeja, se ensancha en círculos de color púrpura e Ignacio A. aparece, desde lo oscuro y surco pálido, brillante, de un color rosa fuego, encendido, de un modo que ilumina la cerilla del mundo, que ahora empieza a burbujear.

El mundo son las ganas prolongadas de Ignacio A. El mismísimo mundo como representación, personalidad y tendencia al espectáculo que, en la realidad, no es sino genéticamente devastador para Ignacio A.

No es ningún mito pernicioso el de que hay noches peligrosas, divertidamente peligrosas, pero mañanas dolorosas.

Uno de los momentos más triste que experimenta Ignacio A. es levantarse. Representa una fractura con el mundo desorbitado, pero deseado, que lo empuja trágicamente hacia una recaída en el dolorosamente desconcertante, en el mundo que tiene efectos delirantes en la psique. Ignacio A. despierta enfermo y completamente vacío por dentro, como si su alma fuera una esponja seca. Está a punto de sufrir un colapso. Tiene el pulso bajo y está sediento.

Tras una noche de alucinógenos, en el que la madrugada parecía conferirle a su desgracia una única oportunidad de absolución, dulzona y luminiscente, Ignacio A. está otra vez terriblemente vivo y enjaulado.

La confianza astuta, reparadora y calculadora en sí mismo, meritoria tras haber asesinado al Otro Mismo, ha desaparecido. Psicoespiritualmente, además, experimenta la descarga formal de un juicio divino.

Dios, ese Clint Estwood de la moral, especialista en dosificar mierdita ética imprecisa, pero que, no obstante, se impone en el Hombre con férrea necesidad, está otra vez libre, alborotado. Lo que es peor: el Otro Mismo coge la cabeza de Ignacio A. como un tambor en el que hace rebotar un montón de nadas específicos que describen a la perfección el tipo de persona que es Ignacio A.

El mundo es un temblor. «Una muñeca rusa».

Cambia a cada rato. «En la séptima muñeca hay un salto al vacío».

Ignacio A. está harto de hablar y comportarse como el anarquista melancólico, pero tampoco puede no hacerlo.

Siente el peso de su cuerpo aplastando el colchón. Mira las rejas decorativas y de hierro negro que la mierda de las palomas ha vuelto marrón en los ventanales de su apartamento del segundo piso en la calle 56. Uno puede estar y no estar realmente en su apartamento –piensa Ignacio A–. Está sentado frente a su ventana, pero atrás suyo sólo hay una «V» reclinada en expansión de silencio absoluto.

Ve el final absoluto de su vida. Pero ese sentimiento no se ve realmente. Y nada en su campo visual permite inferir que es visto por un ojo. El solipsismo se contrae hasta convertirse en un punto inextenso y queda la realidad con él coordinada: Ignacio A. en el pozo. Ignacio A. mirando el precipicio.

Quiere salir a caminar. A veces le gusta pasar por las calles empapadas y dotadas de un resplandor de color sirena que hay entre su apartamento y Lourdes. En ocasiones le atraen las miradas desnudas y ciegas de la gente mugrienta que en ese parque pide monedas con una gran falta de delicadeza, pero que a él no le incomoda.

Sin embargo, recuerda que la noche anterior, antes de salir, había visto en internet un par de noticias sobre la bunkerización de los espacios públicos a partir de hoy por causa de un virus emergido en noviembre del año que terminó.

«Es un sacrificio moral, y eventualmente vital, por los jóvenes y el resto de la población», fue lo único que leyó.

La reclusión es otra jaula. Estar dos veces en un mismo sitio. Porque quiere y porque le toca. No es un elemento de alivio, sólo una especie de turismo doméstico. Habitar 66 m2 se vuelve automático y no requiere atención.

El apartamento es pequeño, lo cual es una gran razón para reconciliarse con el hecho de que su lugar en este mundo es muy pequeño también, y de que él es una de esas personas que no necesita mucho, y mucho menos mucho más.

Por el hecho de no significar nada, no puede tampoco generar nada extraordinario. En contra de Spinoza, finalmente, Ignacio A. está decidido a quitarse de en medio.

Piensa en el Material que tiene en su chaqueta. Tiene una idea. ¿Qué acto puede ser más comprometido consigo mismo, más autocancelador de la jaula, que drogarse en el arresto domiciliario del confinamiento hasta caer al suelo y dejar de respirar y morirse azul aferrado a su propio corazón?

Lo que está a punto de hacer contiene todas las ideas posibles y las hace superfluas. Hacer que su corazón explote en el apartamento, y que el envoltorio del tiempo lo convierta en un polvillo muy fino, blancuzco y ceniciento, que se pueda limpiar por completo con una sencilla toallita húmeda.

Suicidado Ignacio A., asesinado el Otro Mismo, o al revés.

Ambos pierden, o al revés.

Bah, Que Dios decida quién.

Aquí yace Ignacio A. Aspirador de cicuta. No hay nada más.

Basta de ideas y vueltas. Ignacio recoge las resinas de Eme que le quedan, suficiente para no pararse nunca más. No más tirar el material y luego, media hora más tarde, rebuscar en la basura; basta ya de esos escrutinios revisando el piso a la búsqueda de las piedrecitas que se asemejan lo suficiente al Material para aspirarlas.

Coge los coágulos de piedra endurecida y usa la hojita de afeitar para cortar delgadísimas láminas que se convierte en tres monstruosas rayas de perfecta belleza bidimensional. Ignacio A. corta lo suficiente, lo que ningún mortal podría aguantar, y aspira todo el material.

Pasan un par de minutos, quizás menos. El entretenimiento no tiene tiempo.

Su rostro refleja en el sucio vidrio de la sala una concentración tan inmensa que espanta. Jamás volverá a decir «socorro» ni a invitar a nadie a hacer nada.

Ya no puede más. Nadie sabe afuera de la jaula que él se prepara para tener demasiado. No importa. Esperar lo contrario es sentimental y superficial.

El fondo del apartamento se proyecta ligeramente borroso, sin un contorno preciso, aunque todo es reconocible. Sus retinas parecen las de un neonatal. El apartamento es un borrón más deformante que opaco.

Estos son lo hechos. Esta sala en este apartamento es la suma de numerosas ideas y hechos específicos. Él, el Otro Mismo, etc. Su corazón a punto de explotar asume el estatus de uno de estos hechos. Hace poco era una idea, pero ahora es un hecho.

Cuanto más cerca está de concretarse, más abstracto parece. Las cosas se vuelven abstractas. El apartamento es la suma de hechos abstractos. ¿Ignacio A. en sobredosis es un hecho abstracto, o no es un más que la representación abstracta de un hecho concreto?

Ha quedado en posición fetal horizontal y con el mentón entre las rodillas. Los párpados le pesan. Tiene sueño. Es el precipicio que lo invita a una calma sepulcral.

Sueña que el Otro Mismo viene a buscarlo. Es imprescindible que huyan adonde nadie los espera. Dejan atrás el cuarto, el apartamento, la calle 56, Chapinero y Lourdes. La huida es miserable: gente sin rostros rodeadas de chulos, avenidas de miedos y una tierra torcida. Es la gramática del detective errático que los recibe. «La gente que nos saluda, que hacen señas enigmáticas con las manos a un lado de la carretera, son los años mimados que un día nos atravesaron y que habías olvidado».

Ignacio A. sueña el sueño poético, el infinito optimismo adolescente que les dice adiós, a él y al Otro Mismo. El Otro Mismo: una cabeza con sus mismos ojos, boca y nariz; la misma piel y voluntad. Son parecidos porque son lo mismo. Qué raro –dice Ignacio A.–. Pero no hay nada raro en el sueño. De hecho, es el sueño más valiente de todos los sueños: el valor que les dice adiós en la geografía más oscura de la pesadilla más pura. Las formas y los aires de la juventud que, finalmente, está muriendo.

Ignacio A. se levanta. Está arrodillado y vomitado. Su cuerpo está sacudido todavía por el sueño que acaba de tener. Se acuclilla y pregunta quién está ahí. ¿Hay alguien? Soy yo –dice el Otro Mismo–, estoy aquí: siempre estamos aquí. Ahora tiemblas, pero, tal vez mañana, ya no.

Ignacio A. sospecha, entonces, que su suicidio y el asesinato del Otro Mismo transcurren en el mismo tiempo y lugar, en la diferencia genética de ambos, en la jaula, en la cobardía, que fue esperanza, y que ahora se revela inútil.

Crecer fue el crimen –dice Ignacio A.–. Una tenebrosa rendición de la promesa juvenil en aras de la gris mediocridad adulta. Tiene miedo y se siente cohibido, pero, ahora, tiene la sensación de que hay algo más que el fracaso. Es algo indefinible, piensa, como cuando no se puede recordar una palabra que sabe que lleva adentro.

No lo sabe todavía; lo sospecha. Eventualmente, tal vez, llegue a saberlo.

La sabiduría consiste en tener los ojos abiertos durante la caída. ¿Qué será, Ignacio A.? ¿Aquí viene la lógica o aquí interviene la ausencia? ­–pregunta el Otro Mismo –.

Uno ­–dice Ignacio A­. buscando la mano del Otro Mismo-–, el común denominador humano.

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