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De súbito, estalló la guerra. Se abrió como una bomba de azúcar
arriba de las calas. Primero, creíamos que era juego;
después, vimos que la cosa era siniestra. El aire quedó
ligeramente envenenado.
Marosa di Giorgio

Enero, 2000

De nuevo llegué a casa con dolor de estómago. Apenas suena el timbre del receso y en cuestión de minutos mi panza se infla cual globo. Duele tanto que no puedo estar mucho tiempo parada ni caminar rápido. Debe ser cierto que en la cafetería no lavan las verduras para las tortas, eso me dijeron unas compañeras del taller.

Le conté a mi mamá. Han de ser amibas o estrés, le dije. ¿Y tú de qué vas a estar estresada?, me dijo.

Ella también llega adolorida, molida de las piernas después de ocho mortales horas en el consultorio atendiendo pacientes negligentes. Escucho el “bip bip” y abro el portón. Mete el auto. Entra corriendo directamente al baño y se encierra media hora. Una vez me quedé cerca de la puerta, me pareció extraño que tardara tanto en salir, y la escuché llorando quedamente, como si guardara el llanto en el hueco de sus manos. Sentí horrible. También lloré. Me sequé las lágrimas a manotazos rápidos cuando se oyó la descarga del inodoro.

Mi madre está hasta el cuello de deudas: tarjetas, tiendas, préstamos…comprar el auto nos sacó de apuros pero nos dejó con bastantes ceros a la derecha por pagar, y hablo en plural no porque yo aporte dinero, sino porque acepté darle mi ahorro para la computadora, con eso al menos pudo pagar la mitad de la tarjeta más gorda. Mejor, aún no se sabe hasta dónde puede afectar el Y2K los sistemas operativos, supuestamente ya no hay peligro, pero nunca se sabe… ¿Pasará lo mismo con los celulares?

Y como el presagio del Armagedón falló vilmente seguro vendrá el mentado cambio político del que tanto oigo hablar a mi mamá, sus compañeros de trabajo, los maestros, hasta los taxistas. Digo, yo qué sé, yo ni voto, sin embargo, es un hecho que el PRI apesta.

Bueno, sí, casi se acaba el mundo: la vieja de matemáticas me sacó…chance presento extra.

***

Abril, 2012

Desde hace un mes levantarme es un suplicio. Qué digo levantarme, abrir los ojos siquiera. Cada cierto tiempo salta en mi mente como esos libros pop up la pinche frasecita: “me enamoré de ella, no es justo seguir contigo”. Mi almohada es un charco de lágrimas, patetismo, y ciertamente dolor. Me duele cada fibra del cuerpo, no sólo el corazón o los ojos, todo escuece. Odio estar viva, por qué no habré muerto en aquel choque a los 13 años, así evitaba toda esta basura de la vida adulta.

Maldigo su cobardía…es que…cortarme por mensaje de Facebook es no tener madre, lo dijo hasta la española del tarot: olvídate ya, jamía, ese petardo no vale pa’ ná. ¡Qué coño es terminarla a una por internet!

¿Por qué no llamó?, ¿por qué no nos dio la digna despedida que merecíamos? Nuestra relación no era precisamente efímera. Todavía la semana anterior al adiós recontábamos planes para cuando yo lo alcanzara en Canadá. Bastardo. Pendejo.

Siento la cabeza como si estuviera bajo las ruedas de un tráiler, ese vodka de anoche sí que me noqueó, pero el tequila del mediodía hizo maravillas; lo que puede hacer una simple playlist, cigarros y media botella de Don Julio mientras trabajas en la computadora.

Luego, yoga, qué bestia, cómo pude atreverme a ir borracha; la náusea ya era insoportable en los guerreros…qué risa.

Brevemente sentí arrepentimiento de haber aceptado después la invitación a los vodkas 2×1, pero qué más da, una noche más, una cruda más, una mañana más. Mi vida amorosa apesta, mi trabajo apesta, mi economía apesta. Unos tragos no empeoran (ni mejoran) nada…

Se debería acabar el puto mundo en junio ya, de una vez. Por favor.

***

Febrero, 2020

Detesto CDMX, es un hecho. Lo único bueno de este viaje es estar con Patrick…recogerlo, abrazarlo, dormir juntos. Hacía meses que su trabajo le impedía venir a México, pero con el cambio de sede ya considera la opción de quedarse acá.

Lo que me jode un poco es esa indiferencia suya, falsa actitud zen ante los acontecimientos: ¿Por qué te asusta andar sola en Uber?, ¿te ha pasado algo? No, idiota, pero no quiero que me pase, le grité mentalmente. También en esta ciudad pasan cosas buenas, me gusta mucho, remató. No lo reconozco a veces; no reconozco al hombre inteligente, aparentemente cosmopolita del que me enamoré hace dos años. Al principio era alucinante hacer con él una y otra vez esos viajes por Latinoamérica rollo hippie a través de sus relatos, descubrir su amor (rozando la obsesión) por esta cultura, el problema vino cuando se quedó y creyó hacer vida de latino, teniendo él pasaporte azul. Para Patrick es fácil asomarse al tercer mundo desde su plataforma de barras y estrellas y gritar a todo pulmón “aquí no pasa nada malo”.

Que desaparezcan cada día tres, cuatro, diez mujeres no suponen un problema para él, es más, creo que ni se entera. Yo, en cambio, estoy hasta la madre de tanto boletín, tantas espantosas noticias: “viajaba en Uber, como seña particular tiene un tatuaje azul”, o peor: “su tatuaje azul sirvió para identificar el cadáver”.

Ahuyentando mis terrores internos pedí un Uber para recogerlo en el aeropuerto. Inicialmente viajaría desde Colombia a Costa Rica; dos días antes de partir le cambiaron destino por Italia, de donde llegó sonriente pero aburrido. Nos abrazamos largamente entre maletas y carritos transportadores, luego nos besamos (tuvimos nuestra propia escena chick flick) y enfilamos hacia el airbnb.

Habíamos planeado salir a cenar, pero de última hora prefirió descansar, tiene fiebre.  Seguro se enfermó durante el viaje. A ver cómo amanece mañana.

 

 

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