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Ahí estoy yo, en el fin del mundo. Sentada en el borde del puente. Mirada fija en los movimientos del agua que golpean suavemente las rocas, los peces bailan al compás del canto de los pájaros. Cálido día, caen los rayos del sol y una ligera brisa despeina mi cabello. Sentada en aquel puente se escuchan pasos de nubes que pretenden opacar el día. Un sentimiento vacío se posa en mi pecho y no me deja pensar. Seguía mirando el agua, pero algo cambió de repente. Se torna oscura, descolorida, y pierde el camino. El movimiento suave se paraliza y los peces concluyen la celebración. Ahora se desprenden de la realidad palabras que escriben en mi mente. Me comentan, con voz áspera, que el agua se agita, y el tiempo corre.

Me despido entonces de todos esos millones de litros que han pasado mientras yo me he quedado estática. El tiempo no es el mismo, sé que cambio con él. Pese a ello, estos últimos meses me siento igual que siempre. Se ha esfumado la noción de la realidad entre las cortinas cerradas que no me han permitido ver el amanecer. Aunque las abra, y permita entrar a la luz; sé que no alumbra las tinieblas.

El mundo ha nacido del caos, de la oscuridad constante, similar a aquellos que la han creado. Dentro de todo este caos, los árboles han caído, la selva ha disminuido de tamaño; y junto con ello la vida. El caos, con nublosa incertidumbre y opacos momentos, ha retomado el control. Se escuchan los murmullos de las almas que recorren la selva, invisibles y seguros; se sientan alrededor de los animales. Juegan con ellos, se ríen de su eternidad mientras los hombres viejos bailan en las fogatas.  He visto estas almas siempre, no en los laberintos de árboles y ambiente húmedo, sino en la apología del progreso. Sombras entre los edificios.

He dejado ir el deseo de vivir para siempre después de ver la pena de la eternidad. Me agota ver los cadáveres que no mueren, repiten el mismo ritual de lucha y derrota. Confusión recorre mis sentidos al ver cuerpos vacíos caminando por las calles en busca de cualquier elemento que los llene. Fotos, videos, likes, cualquier impulso que les permita sentirse menos muertos; menos solos en sus ataúdes telefónicos.

Sentada en el puente, las lágrimas se unen a la corriente. No estoy segura del motivo. Tal vez sea el ruido de la ciudad reflejado en los gritos silencioso de la cotidianeidad. Al servicio del capital se ha vendido la calma. Tal vez sea el eco de todas esas voces que gritan desesperadas por medio de sus posts que no soportan más fingir sus vidas. Miro sus carteras llenas y almas desconsoladas.

Pese a mis penas, encuentro paz por la costumbre de sentarme a tomar un vino y fumar un tabaco en el balcón entre la oscuridad. Mis manos tiemblan y derramo el último vino que me queda. No sé qué haré mañana, tampoco me importa. Solo sé que la noche pasará rápido, y pronto mi vida se acabará con el vino.

No lloro, sin embargo, porque la arena en el reloj ha caído, y no me he dado cuenta. Me alegra saber que el mundo está en vísperas de acabarse. El apocalipsis está presente, y lo veo en los ojos de los cuervos jefes que esperan nuestra muerte por agotamiento. Se termina de desplegar el fin del eterno final. Solo está muriendo una parte del mundo, el resto ya estaba muerto.

Violencia, egoísmo, capitalismo, odio e injusticia han sido los verdugos de los primeros hombres que marcaron el agonizante final. Queda esperar que el control, castigo y traición ahoguen a los que quedan. A los que el rio de incertidumbre no ha dejado de molestar, a aquellos que continúan moviendo los brazos con fuerza, en un intento de ir a contracorriente; contra las mentiras de lo establecido.

He perdido el miedo a la muerte, a la vida y a mí misma.  Me arrepiento entonces, de no haber bailado con los peces cuando las aguas mojaban mis pies. Me arrepiento que el agua pasó tan rápido y no pude salir a correr por campos floridos. La infinitud de los números se acaba y yo sigo aquí, en este puente. Me arrepiento de esconder mis ganas de haber amado con todas mis fuerzas.

Ahora, se ha acabado el tiempo, el agua no quiere correr más. Sin movimiento, sin la música de los pájaros, de las olas, de los canticos por las noches, sin la risa de los niños; simplemente no hay vida. Se ha acabado el tiempo, el agua ha visitado millones de veces el puente donde estoy sentada. Se ha cansado de la infelicidad de los hombres, del egoísmo entre pueblos y violencia a nuestras mujeres. El tiempo deja marcas en este cumulo de historias en medio de la nada. Perdidos estamos en la vía láctea, y ahora, que se ha acabado el mundo; solo queda el silencio de los peces nadando en el desierto de un nuevo comienzo.

Fotografía de Danilo Olivera 

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