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Esta tarde llevamos a papá. Se hizo larga la agonía, pero hoy ya está en paz. Mis hermanos y yo volvimos a su casa y buscamos en el cajón de su escritorio un sobre que él mismo nos había encargado que buscáramos. Ahí estaba la carta. La carta que envió a su amada cuando lo llevamos al geriátrico. Nunca supimos que no amaba a mamá. Fue una sorpresa. Pero la carta quedará ahí, olvidada en el tiempo. Nadie tiene que saberlo. Mamá era demasiado conocida para hacerle pasar ese papelón, y menos aún después de muerta.

Carta a mi amada Elena.

Esta tarde me senté en un sillón del salón. Al lado de la ventana. Me gusta este y no los otros porque está más cerca del jardín. Sabés que adoro el perfume de las lavandas, por eso intento ocupar el lugar cuando me levanto de la siesta.

Hoy te extraño más que nunca. Tal vez es el aroma que me recuerda a nuestros paseos por la plaza del pueblo, ¿te acordás?

Ibamos de la mano, a veces sin hablar, para aprovechar el silencio o al aleteo de algún gorrión que bajaba a los arbustos.

Jamás pensé que podríamos separarnos. Lo habíamos prometido. ¿Viste? A veces no se pueden cumplir las promesas. Aunque no fuimos nosotros quienes la rompimos. Fue el destino. ¿El destino? ¿Existe? Creo que es algo que se inventó para que nos conformemos cuando algo no sale como lo planeamos.

Amorcito, tengo en el bolsillo de mi camisa mal planchada, la cadenita con la cruz dorada que te regalé en tu último cumpleaños. Parece mentira, pero me ayuda a sentirme un poco más acompañado.

Aquí hay mucha gente, algunos bochincheros, otros miran a la nada y pocos aprovechan el tiempo para leer o escribir, como yo. Sé que no estoy solo, pero a quien necesito es a vos. Explicame cómo hago para entender que ya no estás, que no me voy a despertar a tu lado, sino en una cama solo, sin tu perfume, sin el matecito de las mañanas, sin las tortas y tus guisos de arroz.

Quise irme de acá, pensé en volver a casa, pero creo que es mejor así. Quiero despegarme de tus aromas, de tu ropa, de tu presencia. No quiero olvidarte, solo lograr sacar este dolor que llevo en el alma, que me lastima como una astilla clavada muy profundo.

Amorcito, ayúdame. Sabés que jamás te olvidaré, pero déjame curar la herida que no cierra. Dejame seguir teniéndote en mi cabeza pero sin dolor. ¿Cómo hago?

Por ahora sigo sentado escribiéndote. Creo que así me escuchás y me entendés. No estoy loco, o sí, loco por vos, y a pesar de mis esfuerzos voy a seguir de esta manera. Es imposible pensar que después de habernos amado tanto, no me duela tu ausencia.

Mañana me festejan mis 80. Te espero a las seis. No me falles, así cortamos la torta juntos. Te amo.

Amadeo”

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