Un cuarto privado

Un cuarto privado

Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”

Encontré a mi madre, Teresa, acostada en la cama del hospital. La manguera con la que drenaban su pulmón estaba llena de un agua turbia y se deslizaba con lentitud hacia el contenedor situado junto a la cama. Su semblante reflejaba el dolor constante que permaneció martillándole el cerebro desde la cirugía a pulmón abierto. El cuaderno donde escribía se encontraba sobre sus muslos, la negra pasta contrastaba de modo violento con las sábanas. Permanecí bajo el marco de la puerta controlando mis piernas temblorosas; la enfermera interrumpió para medir los mililitros del líquido opaco que goteaba para llenar el depósito. Al abrir los ojos, el color blanco de la esclerótica de mi madre se fusionó con la piel de su cara. Había pasado un largo mes desde su ingreso al nosocomio y poco más de seis de citas con médicos. Como todos los días, aparentando ser inquebrantable, me recargaba en el marco de la puerta de aquel inmaculado cuarto privado. —Buenas tardes —la enfermera pasó de largo y salió de la habitación. Entré y mi hermana volteó a verme, saludó con el fastidio de un día más. Su compañía era la espera al ritmo de la monotonía, del sufrimiento y de la desesperación, que constantes e insistentes se unían para hacer interminable el tiempo. Tomé la mano de mi madre, la acaricié y vi sus venas, la mancha de un derrame la marcaba. Los puntos violáceos manchaban su piel indicando la diseminación de la sangre bajo la dermis. El suero estaba conectado desde un sitio diferente, busqué la opción del suministro y subí mi vista guiándome por la nueva manguera colocada a la altura de su clavícula, entraba en ella por el lado izquierdo y puncionaba la vena de su cuello, otra incisión estaba en el lado contrario, a su costado, expulsando sus fluidos. Las gotas de entrada se sincronizaban con las de salida: tin, tin, tin… la vida trataba de entrar por un lado mientras salía por el otro. Una sensación indescriptible subió desde mi pecho hasta los lagrimales, inhalé profundo hasta inflar mis pulmones para contener el desparramo de mis globos oculares; noté como mi madre esbozaba la misma mueca con la que me había recibido, pero esta vez, el agua salina humedecía su rostro.

El silencio incómodo seguía invadiendo la habitación y ninguna de las tres articuló una sola palabra. Ese mes había sido un caos. Al internarla sabíamos que tenía cáncer y no quisieron escucharnos; mientras en el hospital interpretaban que, de acuerdo con las radiografías, en sus pulmones se alojaba el caso más severo de tuberculosis que jamás hubieran visto, nosotros esperábamos información sobre dónde habían hecho metástasis las células muertas, así como su gravedad y tiempo aproximado de vida. El médico entró para conversar sobre los resultados de la biopsia y nos mostró las manchas blancas en las radiografías que llevaba, pensé que ese tejido era el causante de la enfermedad, unos minutos después enfrentaría mi error, los puntos eran la parte sana de los pulmones. De nuevo pude ver puntos diminutos, no sobre su mano ni en tonos lilas, ahora los puntos eran blancos y contrastaban con los tonos grises de esa placa, eran menos de 10 y correspondían a la parte sana de un órgano vital. Mi madre se irguió en la cama del hospital, apretó el cuaderno contra su pecho y cerró sus ojos como si con ello pudiera contener el dolor que sufría. Sin quererlo, al enderezarse, el líquido opaco comenzó a correr de forma veloz a través del tubo provocando que el nivel del fluido en el contenedor aumentara de forma descomunal.

El médico llamó a la enfermera y mi madre se mantuvo erguida, volteó a vernos y sonrió en señal de victoria. El incremento de los mililitros proveía la alternativa de retirar la sonda ese mismo día y la posibilidad de su alta se veía más cercana que unas horas atrás. El médico tomó su mano, la apretó y salió de la habitación. La enfermera volvió a entrar y salimos al corredor. En el pasillo me topé con rostros que pasaban sin precaución y en menos de siete minutos vi salir a la enfermera, llevaba los tubos en la mano y el contenedor lleno. Caminó y los fluidos pulmonares se zangolotearon estrellándose en las paredes de plástico. Me despedí de mi madre, el tiempo de visitas terminó. Caminé de regreso a la casa gimiendo y las náuseas me acompañaron al recordar esos minúsculos puntos blancos sobre la caja blanca con luz. A las ocho de la noche mi hermana al teléfono me dijo que mi madre sería dada de alta. Verla llegar aquel 18 de noviembre fue doloroso. Sus anteojos se veían enormes sobre su delgada cara y la pasta oscura era la antítesis de su rostro pálido.

Esa noche, desde el quicio de la puerta de madera de su habitación vi como la luz de la lámpara de noche iluminaba su cráneo, el rojo del tinte de su cabello lucía opaco y deslavado. Su cuaderno negro estaba abierto en la página 54 de la novela corta que había escrito. Las bolsas de grasa debajo de sus ojos temblaban por la vibración del motor de la cama hospitalaria que contratamos. Esa noche, las mangueras que la acompañaban eran diferentes, éstas ya no ultrajaban su cuerpo, ahora humillaban el mío. Una semana después de su llegada decoramos la casa para recibir el último diciembre de su vida. Por horas contempló el árbol de navidad, ese fue el último día que su cabeza pudo permanecer erguida, el cáncer hizo metástasis en las cervicales y le pesaba más que lo que a mí me pesaba verla morir. La incredulidad me invadía, la desesperanza de vivir que prevaleció en ella desde que enviudó estaba desapareciendo, al parecer su entusiasmo se enfocaba en morir y reencontrarse con mi padre. Durante dos meses, todos los días y todas las noches, brincamos de triunfo al conquistar el tiempo sin vómitos de sangre o espasmos por falta de oxígeno, hasta aquel 30 de enero de 1997. El reloj marcó las diez de la noche, sus ojos se abrieron y se desprendió de todo aquello que le dio alegrías y sufrimientos. Al tiempo que se deshacía de ellos, éstos se me pegaban. De golpe sentí la soledad, la desprotección y el miedo. Mientras la orina comenzó a salir de su cuerpo y escurría sobre el plástico de la cama goteando sobre el piso; mis hermanos y yo limpiábamos su cuerpo y el espacio donde nos encontrábamos. Con cada trapazo yo meditaba sobre la salida de ese nuevo líquido y con su salida yo pensaba en que también me deshacía de las creencias sostenidas por las mujeres de mi genealogía, pero no fue así, su habitación se convirtió en mi cuarto privado y comencé a vivir en él.

La lámpara de la habitación ahora alumbra mi cráneo y mi cabello lo tiño del mismo tono rojo que ella utilizaba. Algunas veces fijo mi vista en esa lámpara saturando mi vista con su luz, cuando cierro los ojos veo esos puntos blancos en la inmensa oscuridad. Tengo una foto de ella sentada en la sala, en el sillón Berger de mi abuelo, en donde se le ve leyéndonos cuentos de relatos inesperados, la maleta de los cuentos está junto a ella, eso me inspira para pensar que este cuarto -no tan blanco como el de aquel hospital- está impregnado de su esencia y comparto algunos de sus anhelos como, por ejemplo, escribir.

Utilizo su cuaderno y he continuado la novela corta que ella comenzó, mi pseudónimo es Teresa y con un poco de suerte, esta vez tendrá un final feliz.

Ilustración: Marshiari Medina

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