Un cuento en cuarentena

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—Amor, tenemos que terminar.

«No, ¿cómo le vas a decir “amor” si estás terminando con ella, idiota?».

—Andrea, tenemos que terminar.

«Sí, así suena mejor. ¡Ay, Diosito, perdona que te moleste tanto…!» Creí que practicar frente al espejo me ayudaría, en lugar de eso puedo presenciar el ridículo que hago frente a los demás. Patético. El gato maúlla a mi espalda, me mira atento desde la mullida cama con sus ojos humanos y cínicos, como si se burlara de mí: «Sí, eres patético, humano», escucho decir en su maullido.

—Eso no ayuda. —¡El gato! ¡Coño!, lo adoptamos juntos—. ¿Qué vamos a hacer contigo? —«Me vale, lo que me importan son mis Whiskas», responde con otro maullido.

La relación no tenía ni pies ni cabeza desde hacía meses, teníamos que terminar, con lo que no contaba era que esa misma noche decretarían emergencia nacional y comenzaría la méndiga cuarentena.

Me gané una reservación en el sofá de la sala por los próximos meses, gastos pagos y acceso ilimitado a la cocina para las noches de insomnio que se vinieron. ¿Fui acaso el único que comenzó a engordar? Despertaba con el ronroneo del gato y sus maullidos demandando Whiskas y cambio de arena. «¿A esto me he reducido, a ser el sirviente del gato?»

Ella salía de la recámara e iba al baño, se duchaba y de allí a la cocina. Antes preparaba el desayuno para los dos, pero ahora solo quedaban trastos sucios en el lavavajillas, ¡ah!, pero la bola de pelos en la ducha… ¡eso sí que no lo deja de hacer la condenada! ¡¿Ven?! ¡Este es justo el tipo de cosas por el que la relación murió! ¡A ella no le importa! ¡Le pido que no tire los tampones al inodoro y como ella no escucha, allí encuentro siempre ese chorizo rojo flotante que me hace dar arcadas de asco! ¿Y tomar mis calzoncillos favoritos? ¡Cuando quiero usarlos no puedo! ¡Ah! Y no les he contado de los pedos que se echa bajo la sábana, ¡¿qué le cuesta hacerlo afuera?! ¡¿Qué le cuesta guardar su maquillaje y no dejar el reguero en el tocador o quitarse los zapatos antes de entrar?!

Nos comportábamos como dos enemigos obligados a convivir bajo el mismo techo, ignorándonos y pasando al otro como si no estuviera allí. ¿Quién diría que una vez fuimos los dos locos que se escaparon a Machu Pichu y terminaban las frases del otro al hablar? ¿Quién pensaría que estos dos gruñones fueron una vez dos locos enamorados que pasaban el fin de semana desconectados del mundo pero fundidos con la cama? ¿Cuándo pasamos de ser uno a “esto”, sea lo que sea que somos? Quizá fue cuando dejé de preocuparme por verme bien o de hacerla sentir bien a ella, quizá fue esa noche en que dijo que le dolía la cabeza y le empezó a venir el periodo dos veces al mes, también pudo ser desde esa vez en que olvidé el cumpleaños de su hermana. No lo sé.

Comenzamos a hablar a través del gato.

—Rexona, quisiera que fueras mi único compañero de cuarto, dejas menos pelo en la ducha que mucha gente —farfullé, intentando volver al teletrabajo tras desatorar el drenaje por segunda vez en el mes. Sentí su mirada fulminante sobre mi nuca, como si el mismo Freddy estuviese respirándome en el cuello.

—Rexona, ¿podrías cambiar el cerrojo del armario? Te lo he pedido mil veces y aún no lo has hecho. ¡Ah! Se me olvidaba que eres un inútil bueno-para-nada, disculpa. —¡Ouch!, la respuesta surtió efecto y como tenía más tiempo libre cambié el cerrojo que llevaba diez meses atorándose en los momentos menos propicios, como esa vez en que se nos ocurrió jugar a amarrarnos a la cama pero todas las corbatas estaban adentro y la puta puerta no abría.

“Rexona esto”, “Rexona aquello”, “Rexona aquí”, “Rexona allá”… Discutíamos sin discutir, éramos dos planetas girando alrededor del gato, acercándonos tanto a veces que parecía que íbamos a colisionar, pero alejándonos a tiempo para evitar entrar en la atmósfera del otro.

Ella comenzó a hornear, la emoción le duró dos semanas y a mí la emoción por el ejercicio en casa tres días. Mi obsesión por la limpieza ¡esa sí ha sido mía desde siempre! Me ofrecí voluntario a hacer las compras del súper porque sabía que sólo yo me encargaría de lavar los productos con agua y jabón antes de guardarlos, ella nunca lo haría, tampoco tendría la delicadeza de quitarse la ropa en la entrada y tomar una ducha directo al llegar, además de desinfectar cada billete y artículo que llevase consigo.

—Pareces loco, Rexona.

—Mejor loco que muerto, ¿no, Rexona? —El gato movía la cabeza de un lado al otro al escuchar su nombre siendo usado como una pelota de tenis. Una vez aquí, luego, allá, vuelve a mí y se la regreso a ella. Pobre Rexona, atrapado con estos dos locos.

—Mala hierba nunca muere, Rexona.

—Suerte para ti, Rexona, vas a vivir mucho mucho tiempo.

—¿Te han dicho que eres un idiota, Rexona?

—¿Te han dicho qu…?

Las luces se apagaron de presto, se escuchó un estruendo a la lejanía y se suspendió la no-discusión. ¡Coño! Es que en este méndigo barrio marginal no puede llover ni diez minutos porque ya se corta la energía. Ella comenzó a maldecir como siempre que se iba la energía, apenas entraba algo de luz por la ventana y como la miopía la tiene choca debió de tropezar y uno de los jarrones cayó al suelo junto con ella, como está chaparra no creí que le dolería mucho.

—¡La puta que me parió! —gritó—. ¡Malditos cerdos capitalistas!

«No le voy a hablar, no le voy a hablar», me dije pero ella comenzó a sollozar.

—Andy, ¿estás bien?

—Creo que me corté —chilló.

Tenía mucho tiempo sin tocarla, pero su piel se sentía igual que siempre: tibia y suave, a la luz de las velas era casi mágico el brillo de su piel canela y esos ojos almendrados parecían ojos de fiera acechando detrás de una mata de rizos negros. La miré mientras le vendaba la mano y sentí que la veía como ese primer día en que la conocí, sentí ese cosquilleo en la boca del estómago y un latigazo de sangre golpeó mis ingles. Me puse nervioso y tuve el mismo pensamiento que cuando la vi por primera vez: Tengo que salir con ésta chica. Me sentí estúpido, como un niño que se enamora por primera vez de una niña, ¿cómo podría gustarme y estar asustado de hablarle a la mujer con la que he compartido mi vida los últimos cinco años? Le dije lo mismo que esa vez, la primera vez en que la conquisté:

—Si te dijera que me voy a enamorar perdidamente de ti porque soy un romántico iluso, ¿me creerías? —Ella volvió a sonreír, como esa vez.

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