Un día más en mi balcón

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Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”

Teresa ha muerto hoy. Murió sobre el parachoques delantero cuando éste la golpeó. O quizá murió en movimiento una fracción de segundo después, mientras su frágil cuerpo de seis años daba tumbos entre el asfalto y los fierros calientes de motor y chasis.

Teresa yace sobre el pavimento ardiente de las once de la mañana. Toda su anatomía fue desfigurada, fracturada. Sus extremidades se acomodan en posiciones incompatibles con la vida, respecto al tronco. En su pecho se abre una profunda hendidura, por donde se escapan sus ilusiones.

Murió rápido. El auto salió de la nada a exceso de velocidad. En un santiamén se robó los sueños de Teresa, junto a su vida y las enormes ganas de comerse un elote, que sentía en ese momento. Su mamá ya la esperaba con uno en la acera de enfrente.

El auto se dio a la fuga. Solo dejó una estela de desolación, una mancha roja y un cuerpecito desmedrado. Dejó una vida trunca, dejó al mundo con una hija menos y a una madre que no paraba de gritar su nombre. Teresa.

Así supe cómo se llamaba Teresa. Teresita para su mamá y para todos aquellos que la amaban. El desgarro en la voz de una madre gritándole a su chiquilla recién muerta, me hizo asomarme. Husmear un poco. Al principio fue por reacción, pero después de tres horas, ya no sé la razón de seguir aquí, observando. Yo tenía una cita importante a la una. Pero ya son las dos de la tarde y sigo aquí como esponja, absorbiendo el dolor de la madre en cada grito desesperado. Observo la insensibilidad de los buitres de la nota roja, que sin pudor levantan la sábana blanca puesta por algún vecino sobre el rostro sin vida de Teresa, y disparan sus cámaras, le sacan la imagen sanguinolenta. Mientras más sangre mejor.

Veo y comprendo a los paramédicos de la Cruz Roja, quienes ante el cadáver no tienen ninguna jurisdicción y mejor ni mueven el cuerpo. Lo de ellos es la casi-muerte, el último suspiro, no los cadáveres, esos ya son territorio de los funerarios.

Los mirones se han ido poco a poco, solo la madre soporta la inclemencia solar, hincada junto al cuerpo de Teresa. Más tarde alguna autoridad levantará por fin el cadáver, alguien se llevará a la desconsolada madre y los vecinos regresarán a lo suyo. En algunos días o algunas horas, el asunto se habrá olvidado.

Yo seguiré aquí, sintiendo el barrio, sincronizándome con el latir de la ciudad. La vida sigue, y este solo ha sido un día más en mi balcón.

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