Es media noche. Mi hijo, mi novia Soviética y yo estamos en la avenida B. Anaya buscando un médico. Faltando un cuarto de hora para que dieran las once, mi hijo nos sobresaltó con un grito. ¡Ayuda, no oigo nada! Aulló tan fuerte como una jauría de bestias heridas. Sóviet y yo corrimos inmediatamente, pero llegamos tarde. Un pedacito de jabón se había alojado en el fondo de su oído. Sóviet, corrió y volvió con aires de mesías, y con desarmador en mano hurgó ciclópeamente en la oreja de mi hijo. Después me sugirió ir por una lámpara y bueno, ahora estamos camino a alguna farmacia o al hospital.

Es muy de mañana, supongo. Con un ojo busco mi celular. No hay mensajes. Devuelvo el celular a su sitio y me vuelvo a acurrucar con Sóviet. Es domingo y no hay nada que hacer.

Mi hijo me ha despertado hablándome recio, el radio despertador dice que son las catorce y otros números que por flojera no leo. Abro bien los ojos y tapo a Sóviet que yace medio desnuda en la cama. Mi hijo está parado en la puerta de mi cuarto con la mano en la oreja. Pobre, sigue sin oír y ahora siente que un fuerte dolor caliente se le expande en toda la cabeza. Le doy un analgésico y dinero para que vaya por un cuarto de cueros y unos cinco bolillitos para unas tortas. Al poco rato llegó mi hijo, antes de que terminara de examinar la textura del techo, muy similar a la de mi piel en la cara -cacarosa por el acné-. Imagínate tú, estar en la selva, donde la humedad caliente se te mete por la boca y luego se te expande en la barriga, pues bien, esa selva es justo mi cama ahora. A Soviet le crece un bigote de sudor que se resbala hasta la almohada. Creo que mi hijo está en la cocina preparando una torta. Me levanto y camino. En la cocina le hablo a mi hijo por arriba de la oreja, la cual, creo, es con la que oye bien. Abro el refrigerador y mi hijo me deja a solas con el frío del refri dándome en la cara. Cuando se va, noto su oreja más clarita de lo normal, a lo mejor se metió a bañar, sí, creo que fue eso. Todavía tiene la cabeza mojada.

Van a ser las siete de la tarde y voy despertando, otra vez. Escucho a Sóviet platicando con alguien, pero no escucho la otra voz. Hago una pequeña siesta en el sillón mediano frente a la televisión de la sala. Pasan un programa, un concurso de baile, qué chulas viejas. Los vatos han de ser putos. Le propondré a Soviet que vayamos a clases de baile.

Desde hace varias noches, el microondas anda raro; recuerdo que hace un mes cuando terminaba de calentar pitaba tres veces, pero ahora creo que suena más veces. Estoy recalentando la torta que me sobró en la tarde para cenar en la sala con Sóviet y mi hijo. Más tarde en la cama le diré a Sóviet si puede checar el micro.

¿Qué pedo, qué pedo? Huele como a jabón, mucho jabón. Me levanto tratando de no despertar a mi novia, pero ya se está moviendo, se acaba de dar cuenta del aroma. Le respondo que voy a checar por qué huele así. Toda la casa huele a limpio. En el baño no hay nada, bajo la alacena de la cocina, donde guardamos los productos de limpieza, tampoco. No hay jabón derramado en ningún sitio. Una puerta se abre. Es la del cuarto de mi hijo, está pálido. Toda nuestra familia es morena, todos somos bastante prietos, menos Soviet, ella es blanca como la leche, pero no es de mi familia. Me preocupa que mi hijo haya cambiado de tonalidad, digo, qué más quisiera yo ser claro de piel, pero mi hijo no se ve bien así, se ve enfermo. Es él quien huele a jabón. Falta nada para que den las cinco de la madrugada.

Sóviet y yo estamos esperando en la sala de urgencias, los puestos de tamales de afuera de la clínica 57 empiezan a no necesitar luz artificial. Sóviet duerme envuelta en una cobijita que siempre guardo en el carro, se ve tan bonita.

Ahí van los niños-mochila a la primaria, ya es hora de entrar a la escuela. Sóviet presiona demasiado fuerte mi mano, su antigua profesión la ha dotado con una fuerza impresionante. Estoy absorto en el marchar de los niños, y me acuerdo cuando yo llevaba a mi muchacho a la primaria, lo llevaba en mi bici. Qué mal que nomás me dieron quinientos pesos por ella, justo ahora sería más generoso al estimar su precio. Mi hijo acaba de fallecer, todo el pasillo de urgencias huele a jabón.

Hace varios días murió mi hijo. No supieron decirme porqué, mejor así. Ayer lo velamos, se tardaron mucho en dárnoslo: le estaban haciendo estudios. -Aprovechando que su hijo no presentará ninguna clase de descomposición le haremos algunos análisis.- me dijeron. Por eso hasta ayer lo velamos. Todo el velatorio olía a jabón.

Me quedé sin dinero por lo que tuve que pagar con respecto al funeral y las tarifas extras que me cobraron por cambiar fecha, molestar a las demás familias que velaban a sus muertos con el olor de mi hijo, la cantidad enorme de galletas y café que consumieron mi familia y algunos medios de comunicación que querían ver al niño jabón. En fin, con todo con lo que se tiene que lidiar económicamente estando de luto, Soviet me prestó algo de su dinero para poder seguir rentando la casa, sin embargo, no tenemos dinero para enterrar a mi hijo, lo bueno de todo esto es que el jabón no se echa a perder, o bueno, eso espero porque pienso tener a mi hijo dentro del refrigerador hasta conseguir dinero para darle santa sepultura.

Hoy, después de tanto tanto tiempo, la fortuna me sonríe, voltea hacia mí y me guiña el ojo. Una persona que visitó el velatorio aquella horrible noche, charló con Sóviet (ella no me mencionó nada hasta hoy por la mañana cando un empresario me llamó por teléfono). Este empresario, dueño de Grandsoap Company, me ofreció apoyo económico para poder solventar los gastos de la casa y poder comprar comida. Claro que acepté y aparte le comenté que ahorita lo que más me importaba era poder sepultar a mi hijo, pues necesitaba desocupar el refrigerador para que no se me siguiera echando a perder lo poco que nos quedaba. No te preocupes, también nos haremos cargo de tu hijo. Solo necesito que me llenes algunos papeles y que hagas una pequeña colaboración con la empresa, meras formalidades, me dijo. Obviamente acepté, tal vez Soviet me verá próximamente en algún comercial o algo así, no se le diré, quiero que sea sorpresa.

Hoy, el empresario mandó a la casa a varias personas vestidas con traje y corbata para explicarme en qué consistiría el trato. Quieren usar a mi hijo para una campaña publicitaria de sus jabones en barra. Los pasé a la sala, los invité a sentarse en el sillón mediano y les serví agua en vasos medio vacíos. Olían muy bien y tras su partida se llevaron aquel delicioso aroma.

Hoy firmamos el contrato. El dueño de Grandsoap Company se llevó a mi hijo y me dio una generosa cantidad de dinero que me impedía cerrar la mano. También nos regaló un nuevo refrigerador de 26 pies y cabinas individuales para cada cosa, aparte hace hielos. Le pregunté cuándo podría ver a mi hijo, muy pronto, me contestó. Máximo en una semana, lo traeré de vuelta. No me entendió, yo me refería al comercial, mejor así lo dejé.

Ha pasado poco menos de medio mes desde que aquellos bien parecidos caballeros acompañados del dueño de Grandsoap company y yo firmáramos el contrato. Hoy por la tarde llega a casa mi hijo, el empresario me lo notifica vía telefónica allá por la mañana. En todo este tiempo no he dejado de checar el televisor, no he puesto pie fuera de la sala para no perderme a mi hijo. ¡Ahí está! ¡Ya apareció! ¿Qué tiene en la frente? Se mueve, ¡está vivo!

Es la hora de cenar y están tocando a la puerta, son ellos, los de GSC. Los invito a pasar de nuevo, les sirvo un vaso lleno de leche. El dueño está proponiendo un brindis y dice: -Por la higiene, la salud y el nuevo hijo de la compañía.- y señala la puerta de la entrada de mi casa. ¡No lo creo! Mi hijo está entrando por si solo, está completamente blanco hasta los ojos y no lleva expresión en su rostro. La casa huele a jabón. Corro para abrazarlo. Pero ¿qué?… Uno de esos hombres con traje y aroma delicioso me detiene. No me había percatado de que otro tiene tomada por los hombros a Soviet. El dueño deja su vaso de leche a la mitad sobre el suelo y de su bolsillo trasero está sacando un guante, el guante le calza perfecto, parece estar hecho especialmente para él. Toma a mi hijo del hombro y me habla, no le pongo atención, estoy perdido en los ojos blancos de mi hijo. Estoy empezando a temer que ese ya no sea mi hijo: -Para que se despida-escucho. Mi hijo tiene en la frente grabado GRANDSOAP (ese ya no es mi hijo). El dueño, le pide a otro caballero que le pase lo que falta. Un portafolio llega hasta él y lo abre sin dejarme ver el interior, me da otro fajo de billetes. Con esto terminaríamos de pagarle, me dice. ¿De qué se trata esto? Me entrega una supuesta copia de lo que firmé. Ya la cagué, como quiera, ese ya no era mi hijo. Sueltan a Sóviet y uno por uno van dejando sus vasos en el suelo, agradeciéndome por la leche. Bueno, es tiempo de partir, muchísimas gracias por la leche, estaba bien heladita, qué bueno que el refri que le regalé sirva tan bien. Le susurra algo a mi hijo, (no recuerdo cuál fue la oreja, si en la que se le atoró el jabón o la otra) y caminan juntos hacia la entrada de la casa. Lo detengo, le suplico que no se llevé a mi hijo, que me lo devuelva. Varios trajeados lo notan y caminan de regreso alarmados hasta que, de lejos, la palma del dueño de GSC los detiene. Me consuela. Le pregunto si él es padre, me responde que no y sigue caminando hacía su camioneta. Sóviet sale corriendo y antes de que suba a la camioneta habla con él. Están mirándome. Sóviet regresa sonriendo a punto de llorar y me abraza. El dueño de GSC habla con mi hijo quien gira la cabeza, vuelve a girar y asiente. Mi hijo está caminando de regreso a su hogar. -Te lo dejo una noche, mañana pasamos por él-, me grita con un pie encima de la camioneta.

Es media noche, mi hijo, mi novia Soviet y yo estamos viendo televisión. Ese ya no es mi hijo, pero siento cariño por él. Su mirada inexpresiva y su no haber probado bocado me remontan a su niñez. No habla, hace rato intenté comunicarme con él, pero solo asiente y niega con la cabeza. La resignación me está convenciendo.

Me meteré a bañar, saliendo del baño desempolvaré su habitación, cambiaré sus sábanas y mulliré su almohada. Abro la llave del agua caliente, y un poco la de la fría, calibro la temperatura de la ducha. Me meto al agua y me mojo todo el cuerpo. Tomo la botella de champú y me parece más ligera de lo normal. Chingue su madre, se me hace que ya no hay. Sí, ya no hay. Con la mano estoy buscando en la canastilla que queda muy arriba pero muy cerca de la regadera una barra de jabón. Tampoco hay. Le grito a Sóviet si me pasa un jabón de la alacena. Me dice que no hay. Ya es muy de noche y no voy a mandar a Soviet a la tienda a comprar jabón, suponiendo que la tienda cerrara después de la media noche. Y, ¿si le pido ayuda a mi hijo? Le grito, la puerta se está abriendo. Es él. Asiente cuando le pido que por favor me enjabone la cabeza. Me inclino y con sus manos masajean mi cráneo. Lo aparto, me enderezo y me empiezo a lavar el cabello. Le pido que me enjabone la espalda, lo hace, le doy las gracias y con el estropajo me tallo a conciencia, pero rápido. Siento un poco de vergüenza. Le veo la frente: GRANDSOAP. ¡Qué pendejada! Lo tomo de la cabeza y hace una expresión de desagrado, su primera expresión. Con mi pulgar mojado estoy borrando el bajorrelieve, no se mueve, se queda estático. ¡Se cae, se cae, se cae! Se desploma y su espalda truena en todo el baño. Le estoy gritando a Soviet, pero no me hace caso, no me escucha. Abro la puerta y le grito. Por fin llega y entre los dos sacamos el cuerpo de jabón sin vida de mi hijo.

Fue de mañana cuando me dispararon en la cabeza, al parecer sabían que iba a intentar algo, sabían que no me iba a quedar con las manos cruzadas, sino para qué cargar con armas. Lo bueno fue que cuando me despertaron por la mañana (porque ellos mismos se las arreglaron para irrumpir en mi casa) ni Sóviet ni mi hijo estaban ya ahí. No les pudieron hacer daño. No sería cortés de mi parte proseguir con mi relato estando sin vida, pues no quisiera caer en un arrebato de protagonismo al contar lo que pasó después de que me volaran la cabeza. Será Soviet la que termine con esto:

“Me dolió mucho dejar a mi novio sabiendo que los de GSC ya esperaban una mamada de él, pero no podía dejar que siguieran lucrando con el cuerpo de su hijo. Algo en mí sabía que se lo merecía. Dedicarse a comer torta de cueritos, aplastar las nalgas en el sillón y fingir ser padre mientras una persona ajena a tu hijo le mete en la oreja un cucurucho de periódico y le prende fuego para intentarle sacar lo que tiene atorado no habla bien de ti como figura paterna. Así que, muy de mañana, antes de que despertara, entré al cuarto de su hijo y con un desarmador escribí en su frente…”

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