Un mejor amanecer

Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 54 segundos

Al salir del trabajo cada noche, observo sentado en la esquina a un joven inmigrante chiapaneco, cabizbajo y con la venta casi intacta; su rostro evidencia la difícil situación que vivimos, los tiempos de incertidumbre humana que impactan directamente en las condiciones laborales de cientos de miles de personas al día, expuestos al contagio de Covid-19, sumados involuntariamente a la caravana de indefensión a la que pareciera reducirse la vida.

La marea humana retorna a la llamada “nueva normalidad”, se enfrenta al constante desafío de la vida, y aunque esta realidad no es nueva, se ha dimensionado con la pandemia, agudizando los males sociales, económicos y culturales, la discriminación, la xenofobia, la explotación laboral, la pobreza y las constantes violaciones a los derechos humanos, resonando con más fuerza cada vez en el recuento de la crisis económica que apenas inicia. La humanidad se enfrenta a otra gran disyuntiva: reformular la realidad con principios humanistas basados en las necesidades materiales de la clase trabajadora y los sectores populares, o continuar rumbo al barranco, pues el neoliberalismo destruyó casi de raíz en muchos países del orbe los sistemas de salud que hoy tanta falta hacen. Fue la naturaleza del capitalismo lo que posibilitó ese desmembramiento de los derechos humanos instituidos como parte del Estado; las conquistas históricas burladas ahora retumban en la necesidad de una nueva realidad, muy diferente a la concebida como normalidad.

El rostro del joven que pareciera evocar mejores tiempos alejado del ajetreo de la supervivencia, no difiere mucho de los cientos de miles de rostros de mujeres y hombres que repueblan las calles con la prisa y cansancio que marca el jornal. Las olas de reapertura económica, simulan más un carro desbocado en la montaña rusa que una verdadera planeación razonada desde la administración pública, y es que se sabe, que si algo distingue al sistema imperante es la desplanificación estatal en aras del libre mercado, donde cual mercancías desechables, los seres humanos buscamos la salvación en el campo minado de la inmundicia inhumana.

Desde la misma esquina referida, es posible observar a los trabajadores y trabajadoras junto a los sectores populares andar sin importar el riesgo sanitario en la búsqueda del pan, semejantes a los pasajeros conducidos por Caronte rumbo a un destino manifiesto trazado por la pluma de Dante; sin embargo, lejos de cualquier hecho irrevocable, el río humano que observo se revela ante la muerte en el juego de la sobrevida. No es para nada casual, que el poema de Dante sea, por encima de todo, un agudo análisis político-estructural de la sociedad de su tiempo.

La desigualdad social que se vive en los países del mundo, tiene en nuestra América extremos particulares, acentuados por la curva no aplanada pero sí cada vez más vertical de injusticia y opresión. La cuarentena más longeva en la historia humana ha permitido la acumulación de capital en pocas manos y la pobreza en millones de hogares. Los efectos de la muerte recurrente entre la clase trabajadora y los sectores populares, no son otra cosa que la continuidad de esa pandemia, sostenida desde los centros y palacios del poder.

El tiempo post-Covid-19 llegará en algún momento, cuando la ciencia reafirme su utilidad a favor de la vida y no de la mercantilización como los egoístas ponderan, pero debe ser desde ahora que proyectemos la superación de los rostros afligidos y los cansados cuerpos que cada noche sueñan con un mejor amanecer.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *