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Un reportero frustrado le hablaba a la cámara. No tenía que esforzarse pues decía lo mismo todos los días. Desde la camioneta anhelaba que apareciera alguien que desobedeciera la cuarentena. Alguien que hiciera su reportaje más interesante y así poder aspirar a mas que “sólo eso”. Iba detrás de una patrulla observando por la ventana. Hasta que finalmente la oportunidad se le presentó.

—¡Esperen! Ahí, miren ahí. Miren, hay una señora con un pequeño coche.  Desde aquí no alcanzó a distinguir de que es, pero no se preocupen que nos vamos a acercar. Oficiales, por favor, por aquí.

La camioneta se estacionó seguida por el vehículo de la policía. Los cuatro oficiales bajaron y se dirigieron al mismo lugar que el reportero.

Una señora de unos 55 años aproximadamente, acompañada de su hija de 20, se encontraba sentada en una banca de plástico al lado de un pequeño carrito vendedor, ignorando la desgracia que estaba a punto de acaecerle.

—¿Qué tal? Buenos días—fue lo primero que dijo el reportero—. Señorita, ¿le parece correcto lo que está haciendo?

—Buenos días—respondió tímidamente la muchacha—. Disculpe, sólo estábamos vendiendo comida.

—Señorita—respondió rápidamente el reportero—está totalmente prohibido comerciar en estos días de aislamiento obligatorio. Lo que usted está haciendo es una falta gravísima.

La señora, entendiendo lo que sucedía, se levantó de la banca y habló:

—Disculpe joven, no lo sabíamos, nos vamos a ir entonces.

—Por supuesto que tienen que irse señora. Pero sus cosas se quedan acá.

—¿Qué?

—Sus cosas se quedan señora. Esto servirá para que aprenda a respetar las leyes de nuestro país y no desobedecer deliberadamente.

—No, no puede llevarse mis cosas—atajó la anciana.

—Claro que podemos. Oficial decomise estos productos.

Los policías se miraron unos a otros sin saber que hacer y así permanecieron unos minutos.

El reportero, al ver que no le obedecían, le indicó con un gesto a su amigo que los grabara. Luego repitió:

—Oficiales, las personas aquí presentes han pasado por encima de la ley y creen que sus acciones pueden quedar impunes. Demuestre que el país es justo para todos y decomise todas sus cosas.

Los oficiales se observaron nuevamente, pero una mirada a la cámara que los grababa bastó para que supieran que hacer.

Los cuatro caminaron hacia la anciana y sujetaron el pequeño coche, que aún tenía alimentos dentro, para subirlo al montacargas de su vehículo.

—No se lo lleven—gritó la joven—, es que necesitábamos el dinero. Por favor, no se lleven nuestro coche.

Los policías hicieron caso omiso a los gritos de la joven y continuaron llevándose el carrito.

La anciana sujetó llorando el brazo del reportero y arrodillándose frente a él suplicó:

—Joven, por favor, dígales que no se lo lleven. Perdónenos, sólo queríamos dinero para comer.

—No hay excusa que valga señora.

—Joven, perdón, por favor. Ya no saldremos nunca más, lo prometo. Lo juro, juro que no saldremos nunca más, pero no se lleven nuestro coche, es nuestro único medio de trabajo.

—Eso debió pensarlo antes de violar la ley señora. Todo acto tiene consecuencias y usted ha quebrantado la orden del presidente.

—No—gritó la anciana aferrada al brazo del hombre mientras sus incontables lágrimas empapaban la camisa del reportero—, señor no teníamos trabajo, a mi hija la han despedido. Mis nietos no tienen que comer.

—Señora no hay pero que valga, todas esas son excusas. Lo que usted debió hacer era simple: quedarse en su casa y respetar las reglas. Pero usted delinquió las normas y salió a la calle. Para que eso no se repita sus cosas están siendo decomisadas y no les serán devueltas. Ahora suélteme ya que está ensuciando mi camisa—dijo mientras de un tirón apartó su brazo dejando caer a la anciana al pavimento.

Los policías ya se habían llevado todo.

—Que está sea una lección para todos. Quédense en sus casas. Es tan simple como eso. Respeten la ley y juntos venceremos está pandemia. Aquí la ley es igual para todos, gracias.

El joven reportero lanzó una última mirada a la anciana, que lloraba desconsoladamente en el piso, y se subió a la camioneta con el camarógrafo.

Dos horas más tarde la mujer y su hija llegaron a su hogar, una pequeña choza de cuatro paredes. Dentro los esperaban tres niños juguetones y hambrientos.

—¡Mami, te extrañamos! ¿Porque está llorando la abuelita?

—Abuelita, ¿Estás bien?—preguntó otro.

—Sí mis niños, vayan a lavarse las manos que debemos almorzar.

La anciana se lavó la cara en una tina con agua y abrió una canasta en la que guardaba sus víveres.

Su hija se acercó y vió que ya no quedaba nada para mañana.

Ambas se abrazaron y derramaron más lágrimas sobre sus hombros mientras se repetían:

—Todo va a salir bien.

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