Única

Única

Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos Somos Teresa”.

Nunca es fácil vivir bajo la sombra de alguien más. Para mí, esa sombra siempre fue mi hermana Teresa. No había nada que yo pudiera hacer para superar o siquiera estar a la altura de las expectativas generadas a su alrededor. Se había vuelto una leyenda, una presencia que habitaba cada rincón de la casa y asfixiaba mis esfuerzos por respirar, caminar, o existir como alguien con nombre propio. Porque, para colmo de males, mi nombre también es Teresa. Como mamá, como la abuela, y como la santa que cuelga del cuello de ambas.

Poco a poco, yo pasé a ser Teresita, para la familia y amigos. Un empequeñecimiento disfrazado de cariño. Y ya al crecer, simplemente Tere. Pero nunca Teresa, por lo menos jamás dentro de casa. Esa era una de las tantas reglas implícitas de nuestro hogar, así como no correr sin zapatos, tampoco correr con zapatos que hicieran mucho ruido, o siquiera caminar a un ritmo mayor que el de procesión, marcado por mamá, y asimilado por todos.

En el colegio, mi momento favorito del día era la lista. Ahí si me sentía una persona completa y no un pedacito de alguien o algo más. Pero hasta a ese espacio de seguridad, me perseguía su falso afecto. Todos mis cuadernos, forrados con papel lustre, eran cruzados por una línea blanca con un “Teresita” en rojo, cual banda de certamen de belleza, sin la belleza.

Y regresaba con los dieciochos que no podían ser veintes bajo el brazo. Con las marcas más altas en atletismo, pero, por qué no en un equipo de vóley o básquet. Con el diploma del concurso de poesía, pero para qué servía todo eso, y, por último, por qué no tener un poco de vida social y despegar la nariz de tanto libro. Obviamente, las comparaciones jamás salieron realmente de su boca, porque quién podría ser tan despiadado. Pero su mirada me lo decía todo; yo no era, ni podría ser nunca, Teresa.

En los peores días, cuando me llenaba de un odio del que nadie creería que una niña es capaz de sentir, imaginaba que Teresa vivía, crecía, y moría en un accidente por manejar ebria, de una sobredosis, o baleada en un asalto de su autoría. Años después, logré entender que no era la muerte en sí misma lo que le había deseado todo ese tiempo, sino una muerte como resultado de sus actos, y no un hecho totalmente aleatorio y cruel. Pero en ese momento no lo podía ver así. Entonces sentía mi corazón hacerse chiquitito y gris por la culpa, como los pedazos de carbón al fondo de la parrilla de los domingos.

De esas parrilladas también guardo el recuerdo de las náuseas. “Seguro así igualito te comiste a la Teresa”, me dijeron una vez los primos grandes, mientras yo cortaba mi carne término medio, y observaba la sangre acumularse en el plato. El estómago se me hizo un nudo y ya no pude seguir comiendo, ni ese ni los domingos siguientes. Hubiera sido más comida para ellos, de no ser porque entre mi papá y mi tío, los sacaron de una oreja al patio, castigados y sin comer. Felizmente mamá no estaba en la mesa, y no tuvo que escuchar eso ni presenciar el escándalo.

En realidad, ella no nos acompañaba casi nunca. Rara vez salía de su habitación, a lo mucho para ir al baño o a la cocina por un vaso de agua. Esa semana, por ejemplo, celebrábamos que yo había ganado algún concurso de arte o algo que en verdad ya no recuerdo. Celebraban ellos, porque yo sabía muy bien que mamá se encerraba a llorar cada uno de mis triunfos, sabiendo que podrían haber sido los de ella.

A mí no me quedaba otra opción más que seguir intentando ser la mejor, aun siendo la única. Y a ella, no le quedaba de otra que seguir soñando con esos triunfos, y eventualmente, hacer las paces con los míos. Porque esa Teresa nunca nació. Yo sí, y ese fue, probablemente, mi primer y peor error.
Papá, en uno de sus tantos intentos por explicarme el “problema” de mamá, eso de lo que nunca se hablaba, pero se evidenciaba cada día más, me contó que cuando estábamos las dos en la panza, simplemente la absorbí. Mes a mes, fui creciendo y haciéndome más fuerte, mientras ella se apagaba y desaparecía entre mi piel, aún transparente. Imaginé entonces un hoyo negro en mi interior aspirándole la vida a mi hermanita. Su cuerpo, su luz, y hasta su nombre. Teresa, dicen que pensado para ella, terminé heredándolo como un título maldito que me pesa hasta el día de hoy.

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