Veneno en la tierra

El pueblo en el que se situaba nuestra morada, la pobreza nos colmaba, tú y yo aprendimos a sustentarnos de ilusiones. Pero tal no era un mal exclusivo de nosotros, vecinos, amigos lo padecían, coexistíamos un indeseado apocalipsis.

La comida disminuía, el agua desaparecía, quedaban pocas reservas que poseían los individuos privilegiados ,igual que en todos los tiempos, los cultivos y cosechas se apreciaban en los libros de historia y fotografías de colección , denotando una práctica de antaño ya extinta, nos hallábamos en una tierra desértica, un lugar que ni en las peores pesadillas hubiéramos soñado, no subsistía absolutamente nada, incluso los sentimientos humanos más esenciales eclipsaban, imperaban instintos de sobrevivencia, que la propia naturaleza nos ha proporcionado como individuos pertenecientes al reino animal.

El agua, el alimento, la sombra se esfumaban vertiginosamente. La primavera y el otoño no llegaron jamás, perduró un clima extremo de frió y calor, ambos quemaban la sangre y la piel.

Entonces era común tropezar con gente cuya mirada se clavaba en mis manos, para escudriñar con qué contaba, nula la opción de compartir, una insignificante pertenencia se arrebataba. Ignoro sí la tranquilidad haya existido o fue una falacia, este infierno irremediable era un hecho cruel y verídico; me preguntaba ¿qué estaré sufragando?, se suponía que evolucionamos, creo que residíamos en el punto de partida, en una extraña prehistoria, en busca perpetua de alimento; anhelaba que maná cayera del cielo igual que en los relatos bíblicos, nada atenuaba el hambre, la sed. Pagábamos las consecuencias de las malas decisiones del pasado. Ahora bebíamos la propia saliva para saber que aún poseíamos vida. frecuentemente notábamos gente escarbando en busca del vital líquido, inusitadamente quienes descubrían una gota la sorbían con su boca, sin darle siquiera a sus hijos, y se apreciaban a los niños llorar desilusionados y a las madres molestas, u otros bestiales que al contender por dicha con sus manos la convertían en inservible lodo, lo mismo perpetraban con las semillas, con las raíces. Consecuente no germinaban.

Una de muchas tardes, empezó a nublarse, los animales salían de sus refugios resignados a ser devorados por los hombres y las mujeres. En el anquilosado poblado, los sobrevivientes, mirábamos al cielo, expectantes a que se diera el evento, llovería y efectivamente ocurrió, las nubes negras, irónicas, huyeron rápidamente y dejaron caer su irrisoria lluvia, se llenaron exiguos manantiales. Era sorprenderte tolerar la violencia entre los varones y la ambición de las féminas quienes en medio de los impetuosos tumultos corrían para abastecerse en cubos del líquido, sin pensar en que no eran las únicas que lo requerían, yo pretendía animarme a imitar sus conductas, pero tú mi compañero lo desaprobaste y continuamos caminando para alejarnos del peligro, yo apreté mis puños en respuesta de frustración, percibiendo que las hojas secas que pendían aún de los árboles, no se inmutaban, sin viento, otro elemento expiraba. ¡No corría el aire!

No perduraba arché, sin principio ni fin, mucho recorrimos que nos apartamos demasiado y escuchábamos vejaciones de los habitantes que reñían en el ambiente caótico. Pasamos la noche internados en la lejanía, nos sobresaltó la necesidad de volver, de enterarnos acerca de la manera cómo concluyó la batalla por los recursos. ¿O por qué no? de beber un poco de agua y llevarnos alimento a la boca. Y regresamos. Pero el escenario que encontramos fue lúgubre, despojos de gente por donde quiera, sin vida, coincidimos según juicio equívoco que murieron por pugnar por el agua y el alimento, resultaba ilógico, al haber una lucha hay un vencedor y ahí ya nadie respiraba, yo logré ver a una pequeña niña que me tendía los brazos para refugiarse en los míos hastiados , en su alucinación creía que era yo su madre, feneció conmigo, nunca experimenté tan grato dolor, antes de hacerlo le limpié espuma azul de su boca. Lo que ocurrió es que esa asediada agua y el parvo alimento restaban llenos de veneno. Los nubarrones se formaron de las últimas acequias y ríos, que ya eran inútiles, el líquido que corría por sus caudales era ácido, en polución mortal.

Sorpresivamente, las nubes letales se concentraron otra vez y descargaron gotas, figurábamos similares a un Adán y una Eva, seguro que sucumbiríamos, tú en inverosímil comportamiento guardaste agua en un perfumero, no la bebiste, ni tampoco me la ofreciste, la colocaste al alcance de ambos y me abrazaste. Alguno de los dos tendría que decidirse primero. Yo resolví contar la historia.

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