Verde Teresa

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Cuento seleccionado en la convocatoria “Todos somos Teresa”.

El día llegó y aquí estoy con este ridículo vestido verde agua, el ramo de minúsculas florecitas amarillas en la mano y con mis pies adoloridos por los zapatos de charol amarillo de una talla menos, que no pude rechazar. Por favor, Matilda, hoy es el día más importante de mi vida, todas las damas deben verse idénticas, me susurró Teresa con aquel gesto aniñado ante el cual no puedo, ni quiero, resistirme. Y, además, tú eres la principal, remató mientras me acariciaba el rostro con la punta de su dedo.

Nos conocemos desde que tengo memoria. Estudiamos siempre juntas, mismo colegio, misma universidad. Todavía recuerdo el día que entré al salón de clase, en quinto de primaria, al finalizar el recreo y vi aquel coro de niñas vomitando sus carcajadas y palabrotas, rodeando a Teresa. Allí estaba ella con su uniforme mojado y el charco de orines bajo sus mocasines negros. Me abrí paso, la agarré de la mano y la saqué del colegio. La llevé a su casa, que por suerte quedaba a pocas cuadras. Allí me quedé, esperando mientras la bañaban, la cambiaban de ropa y nos servían una suculenta merienda. Pero no fue hasta tercero de secundaria, que tuve consciencia de lo que sentía. Teresa comenzó a sentarse junto a Yoli y Mara durante las horas de clase y en los recreos. Después formó grupos de estudio con ellas. Un día, a la hora de la salida, los padres de Yoli pasaron a recogerlas. Yo observaba de lejos cómo subían en medio de risas y cariñosos empujones, Yoli, Mara y Teresa, a la enorme camioneta. Unos días después, una mañana, con lágrimas inundando mis ojos sin que yo pudiese hacer nada para evitarlo, le dije a Teresa que me dolía mucho que me traicionara con esas dos soberbias, creídas, estúpidas hijas de puta que me habían robado a mi mejor amiga. Y el llanto se hizo incontenible y Teresa no sabía qué hacer para controlarme y terminé en el piso sintiendo que la vida se me iba por la boca. Después de aquel episodio, ella y yo nos hicimos inseparables. Entonces Teresa comenzó a quedarse a dormir en mi casa y yo en la suya. Para mí se convirtió en un deleite verla cambiarse de ropa, ponerse su minúsculo short de pijama, salir de la ducha envuelta en aquella pequeña toalla verde con florecitas amarillas, con el agua deslizándose por su piel luminosa, sus senos firmes, redondos, pequeños, sus nalgas montañosas que alguna vez rocé sin querer. El placer se instaló en mi cabeza una noche que, después de bañarnos todo el día en la piscina, me pidió que le embadurnara la espalda con una crema de menta y aloe. Mis manos recorrieron cada centímetro de aquella piel mientras mi cuerpo se humedecía y mi corazón intentaba escaparse por mi garganta. A partir de aquella noche, cada día imaginé decirle lo que sentía e imaginé mi primer beso con ella. Ensayé alguna manera de declararle mi amor. Pensé en regalarle ese anillo de esmeraldas que tenía guardado desde mis quince años. Era una joya hermosa, un anillo en oro con las esmeraldas encontradas una frente a la otra. Mi madre me dijo que ese anillo se lo había regalado mi padre cuando le pidió que fuera su novia. Yo decidí hacer lo mismo. Así que elegí su cumpleaños número 20. Hasta ese momento, Teresa no había querido salir con ningún chico. Quería esperar, eso decía. Y entonces pensé que tal vez ella sentía lo mismo que yo. Que tal vez tenía tanto miedo como yo. Que estaba esperando a que yo diera algún paso. Así que con el primer salario de mi trabajo de medio tiempo en la biblioteca, reservé uno de los restaurantes del malecón que más le gustaban. La mesa tenía vista al mar. Me compré aquel vestido verde con la espalda descubierta, porque ese era su color preferido. Coloqué el anillo dentro de una cajita de terciopelo rojo, porque así sería más romántico. Lo llevé en mi cartera. Estaba tan feliz porque su hermana del alma le había invitado a cenar. Esa fue la primera frase que me detuvo. Me dijo que yo era su mejor amiga y que tenía que contarme algo muy importante. Y lo demás ya es historia. Había tenido su primera experiencia sexual con su profesor de yoga. Y había decidido que él era su alma gemela. Casi simulando una petición amorosa, Teresa sonrió para pedirme que fuese su dama de honor. Y yo lloré esta vez en silencio y le dije que me perdonara, que las lágrimas eran de emoción. Que por supuesto sería su dama y que siempre estaría cerca para ayudarla en todo. Y me abrazó. Y tuve tantas ganas de besarla y gritarle que cómo era posible que me hiciera eso. Pero guardé silencio. Luego sonreí. Y tuve mi primera gran borrachera. Solo recuerdo que desperté aún vestida, en mi cuarto, con los ojos hinchados, sin saber cómo llegué allí. Al parecer, entre lágrimas le entregué el anillo como regalo de bodas. Teresa me dejó en mi casa después de que yo me vomitara sobre mi horroroso vestido verde. Nunca me dijo que le declaré mi amor aquella noche. Sin embargo, hoy he visto que mi Teresa, durante la ceremonia de matrimonio, lleva en su mano el anillo de oro con las esmeraldas que se miran.

Ilustración: Marshiari Medina

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