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Cuento ganador de la convocatoria «Todos Somos Teresa».


Aprieto los billetes con fuerza, con ese miedo que da cuando se te pueden zafar las cosas valiosas y perderlas para siempre por una simple imprudencia. Trato de caminar lo más rápido que puedo, pero me detiene el escandaloso claxon del coche que casi me atropella. Con un gesto le pido disculpas al conductor, logro cruzar la calle y me detengo. «Necesitas calmarte y respirar hondo». Tras una pausa necesaria, regreso a mi caminar ahora de manera más pausada. ¡Qué linda se verá mi Teresita! Por fin podré comprarle el vestido que tantas y tantas veces me pidió. Ochocientos pesos… para algunos nada; para mí, todo. De estos mil pesos que tengo en la mano, al menos sobrarán doscientos para comprar unas flores. No quiero imaginar cómo se vería todo sin flores.

Pasan las calles y se me van limpiando las lágrimas del rostro. Pienso en lo que le diré a mi mamá cuando me pregunte de dónde saqué el dinero para el vestido y comienzo a ponerme muy nerviosa de nuevo. «Me los prestó Alina, la fui a buscar al trabajo y me dijo que luego se los pague». Pero no, no me va a creer, tiene cinco meses que no la veo, los mismos cinco de cuando me corrieron. Bueno, si me cree o no, es lo de menos; lo importante es que no se entere de la verdad. De golpe, recuerdo esas manos gordas y peludas acariciándome los pechos y me dan ganas de vomitar del asco. «No te acuerdes, ya… olvídalo». Pero, ¿cómo olvidar su asqueroso aliento a cerveza, la insistencia de quedarse con mis calzones, la cama sucia y destendida y sus bigotes rozándome todo el cuerpo? «Ya tienes el dinero y es lo único que importa». Por fin llego a la tienda y ahí está: el vestido de encaje amarillo de mi Teresita, detrás de un vidrio elegante y muy limpio. Me imagino su carita viéndolo, sus manitas tocándolo y se me pone toda la piel chinita. Encaje en el cuello, en las mangas, en la parte de arriba, en la falda y al final de ésta, unas borlitas bien coquetas. Un amarillo precioso. Entro muy decidida a la tienda, escojo su talla, lo pido envuelto para regalo y cuando le platico la situación a la señorita que me despachó, decide regalarme la coronita de flores que estaba también en el maniquí, un gesto que hace que de inmediato regrese el llanto a mi rostro.

De camino a casa compro las flores: un arreglo mediano de gerberas y rosas blancas; costó justo los doscientos pesos que sobraron, con todo y la tira negra de letras con brillantina. Ya en casa todo cambia; todos están de negro y murmurando quién sabe cuántas cosas. Mi mamá me ayuda a poner las flores en el piso y me las chulea. «Espera a que veas qué le traje a Teresita». Le pido a mis primas que salgan de la habitación y todas me abrazan al salir. De repente me emociono. «Mira qué te traje mi hijita, te va a encantar». El cuerpo inerte de Teresita no me responde y caigo en la cuenta de que ya nunca lo hará, pero me imagino sus ojitos de asombro, las carcajadas y los brincos que daría al ver su tan esperado vestido amarillo de encaje. Comienzo a desvestirla con cuidado. Cuatro añitos y una neumonía mal tratada. «Te ves muy bonita mi Teresita». Ya tiene puesto su vestido y se ve más linda de lo que pude imaginar. Teresita está fría y muy seria. «Algo te hace falta». ¡Ah, sí! Su coronita de flores.

Ilustración: Marshiari Medina

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