Ya me he cansado de olvidarte (XXVII)

a Laura R

Del viejo roble que dormía en mi espalda

han caído todas las hojas.

El invierno es una carta sin contestar

a la que acuden los arlequines de labios cosidos

con el deseo de remediar la migraña o la melancolía;

en ella grietas profundas se abren semejando dedos

torcidos a la mitad de una caricia,

extenuados ojos sin párpados.

La cómica fatal respiración opaca la voz.

Hay agua que mancha la blancura del lino de la mortaja.

La tristeza es una forma de supra conciencia

que señala a la juventud dentro de su propio encierro,

un sello que se guarda en las arcas

inexplicables de esa fugacidad que ofrece

su antro corrupto a las ilusiones ingenuas:

los más de los tempranos versos,

todo vestigio indivisible de los restos del amor.

Los días ocurren como una cuenta regresiva,

son un crepitar que escurre hacia un exilio interior.

La tarde se extingue con la tempestad

de una cerilla encendida, y a su paso

queda la monocromática espera, lo intangible

de un cielo que se va de las manos;

cada movimiento de los dedos

es una respiración violenta que no te reconoce.

La voz permanece en silencio, un poco más cada vez.

Escribo cartas en la arena, deshaciéndolas,

como una letra que disgusta y hay que repetir

antes de resignarse a dejarlo.

Todo lo que somos ha dejado un borroneo tras de sí,

mientras el aire se quiebra con un arpegio tonto.

Los huesos apenas sostienen la carne,

cada parte mía se asienta en la lasitud.

Nada pasa. Me hago la promesa cobarde

de dejarte marchar por los rincones de la hoja,

las distancias de cada línea discontinua.

Murmuro por última vez

ante los mustios testigos que se han hastiado

de aguardar.

Sólo es un acto de renuncia.

Un adiós no entregado.

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