15 días: Lo efímero y nosotros

Las calles grises contrastan con la ligera frescura amarilla de una tarde que se dispone a morir. La ciudad, como siempre, purga sus pecados con una constante circulación de almas. Arremolina a un montón de personas que cruzan la acera sin conocerse, pero ansiando al mismo tiempo en un rincón oscuro de su alma que algún conductor loco pise el acelerador, y sea su impaciencia la que les quite el peso de tener que ir a trabajar al otro día para aguantarse los reclamos de los imbéciles que se arrejuntan en cubículos para humillarse por un pan del que apenas pueden percibir una tajada que más parece una hoja. Algunos inadaptados tienen la osadía de resistirse. Las miradas que mandan hacia la nada son de suficiencia, el viso más hermoso que la tarde puede dejar ver, el lado más humano de la ciudad. Los viejos que se encuentran a las afueras de sus puestos de ventas, sentados en una silla de madera maltrecha, tienen en común la mirada puesta en el suelo, tal vez usando el adoquinado como una tabla donde pueden hacer los cálculos de lo que debían reunir y no pudieron, o tal vez buscando en el color del ladrillo las imágenes borrosas de una ciudad que, en su mente conservadora, tan solo por ser pasada fue mejor. Algunos otros resistentes se sientan en las escaleras, algunos agravan su conducta cuando captan la leve diferencia entre la belleza y la barbarie de una plaza retratada en un dibujo que sería digno de exhibirse en los museos, y otras, féminas que rinden homenaje a su poder congénito, se sientan en las escalas a transmitirle al cielo una mirada inconforme, un pensamiento que viene del más allá y que seguramente tiende a disiparse en el montón de cabezas que pasan por ahí y que suelen observar de vez en cuando. Y así muere la tarde cuando todo el mundo pierde otra vez un día más de vida, un día que de cuando en cuando se vuelve una semana, que tras un retiro en el banco, un destape de alcancía y una cena familiar se vuelve un mes, y que después de una torta de cumpleaños, once meses y muchos pesares, pasa a sumar otro año en el almanaque que cada uno guarda en sus adentros y que definitivamente llena de equis con la sensación de que algo le ha robado alguien que no sabe identificar con mucha claridad. Pero estos pensamientos que todos ellos suelen tener, se cortan por la inmensa necesidad de salir de la ducha, a desayunar alguna cosa para salir y seguir subsistiendo en esta marcha constante hacia el final, carente de sentido en la mayoría del recorrido.

¿Qué son los días? ¿Los meses? ¿Los años? Tan solo medidas que resultan en tristezas, candiles débiles a los que se acude para tener la certeza de que definitivamente se vive en las sombras.

Desde hace un tiempo tuve la enorme oportunidad de pertenecer a una familia literaria, una familia internacional que crece con el repunte de cada letra y de cada texto inadaptado, diferente, filosófico, burlesco o triste, que pretende comunicar a algunas personas las rayaduras mentales que pueden generarse en los entornos y en los cánones que la sociedad actual inflige. Cada quince días —que a lo mejor son treinta o a lo mejor son diez—, envío algún popurrí de palabras que saqué de alguna caminata, de alguna conversación o de algún insomnio, y esos quince días fueron el instrumento de medición por el que pude evidenciar cuánta memoria nos falta, pues a duras penas puedo recordar cuál fue el texto anterior al último que pude enviar a la revista.

Y ese panorama personal de las anteriores e indiscretas líneas, que tal vez estén fuera de lugar, son la realidad de muchas personas en muchas ciudades y en muchos países, pues sólo basta echar un vistazo a la rapidez del discurso y del caminar en estas urbes vertiginosas para darse cuenta que en plena era de la comunicación, la generación de los humanos históricamente más informados, está sin duda condenada a un olvido constante, a una pérdida de significado, a un soplido diario que borra todo de sí misma. El frenesí que cada uno aborda en la pesada carga de la cotidianidad apenas lo deja pensar en quién es. Cada vez es más difícil hacer memoria, cada vez se tornan más esquivos los recuerdos personales, las cosas que unos atesoran en su corazón mientras otros apenas pueden dilucidarlas. Tristemente, los libros son apenas leídos, sus nobles secretos son extraídos por compromiso y suprimidos luego por distracción; las palabras extrañas y preciosas escasean como lo hace ese mismo tipo de persona en el cuerpo de una sociedad sin forma. El lenguaje, motor de toda literatura, de toda expresión escrita, de toda belleza del pensamiento, tiende a ser mutilado tal y como en sus libros distópicos lo narró alguna vez Orwell. Las pausas en las escaleras son vistas con rareza, son actos de resistencia, son la excepción a la norma, que se penaliza con la mirada mordaz que lanzan las ovejas que pasan por la acera sobre aquel que se ha detenido para buscarse en la frescura del ocaso.

La idea inamovible de que estamos condenados a la falta de memoria ha pasado a ser un cáncer que se extiende en cada conciencia, que silenciosa pero eficazmente ha invadido cada corazón y ha mutado en una excusa que impide la actividad creadora, que impide la búsqueda de una identidad propia o de una pieza artística que nos haga ver la luminosidad o la penumbra de nuestros adentros. Y esto obviamente no puede condenarse, pues mientras estas mismas letras se suceden, detrás de ellas se posiciona la idea de que están destinadas a ser espermatozoides en un acto concupiscente de masturbación: claramente infértiles, con destino de muerte, con sentencia de olvido. La vida de hoy es quizás el temor filosófico del que padecía Sócrates cuando veía a sus colegas escribir todo, es quizás la marca roja que señala el límite en las posibilidades de recepción de información de un cerebro que los dioses destinaron a pensarse y no a producirse. Nuestra falta de visión por lo verdaderamente fundamental nos ha llevado a reciclar cada partícula de nuestra esencia y a amontonar por toneladas los desechos de una incontenible tendencia a la destrucción. La música ha sido profanada, se ha vuelto un instrumento que se desecha en cuanto se usa, hemos enviado las ideas extraídas de los literatos a los anaqueles del exilio porque “ejercitamos la lectura” todos los días en los mensajes mal escritos y en los titulares amarillistas, faltos de objetividad y hasta de ortografía. La poesía es vista como una rareza, que más se acerca a la sensación que se produce cuando se ve a un animal extraño que cuando se encuentra una joya que necesitó siglos para perfeccionarse. Y henos aquí, presenciando nuevamente un día movido, condenando con los rostros a esos que paran a presenciar la tarde, evitando las cosas largas por el cansancio de la jornada, secándonos el pelo con la toalla para ver si las voces de un mejor mañana se van por el sifón, hacia la nada. Somos tan culpables por la producción de nuestro mal como inocentes por el sufrimiento de sus efectos.

Charly García lanzaba para la posteridad una protesta en su canción Plateado sobre plateado, al decir en cierta parte y con ritmo excepcional, “huellas en el mar/ sangre en nuestro hogar/ por qué tenemos que ir/ tan lejos para estar acá/ para estar acá.” Y en el camino hacia mi casa, en las tardes, me doy cuenta de que nuestras cosas más humanas son huellas en el mar, son leves pisadas que la marea se llevará y borrará para siempre.

Y entonces vengo a escribir un montón de palabras, esperando que la marea se las lleve, pero esperando también que tal vez obvie una leve marca grabada en la arena, o en los adoquines, una marca que yo pueda presenciar cuando al estar viejo, clave mi mirada en el suelo para hacer los cálculos de una subsistencia que ya está en números rojos, de una vida que ya no da para más.

Y sin embargo me apego a esa pequeña esperanza, a ese deseo de que las huellas puedan volver a la arena porque habremos recordado la belleza de los cuerpos que caminan por la playa; a esa posibilidad de que la humanidad pueda volver a los humanos, de que la inocencia de una esperanza como esa, sea suficiente mérito para que el mañana mande una sonrisa y una caja de madera donde poder atesorar nuestras memorias, de donde poder sacar una canción para protestar.

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