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Me parece que anoche soñé con Amparo Dávila… algo de su silueta perene me hizo voltear; sobretodo, sus ojos azabache y su mirada petrificada nos vieron pasar. Lo de menos es mi sueño, lo importante es la mujer adentro de otra mujer ¿Qué hace una cuentista enigmática adentro de una mujer aterrada?

Cuentos variados nos heredó, mis favoritos: “Griselda”, “Óscar”, “La señorita Julia” y principalmente “El espejo”. Es curioso que el primero y el último aterrizan en el tema del vacío o de la nada, es como salir de las cuencas vacías de Griselda para posarse frente al espejo que no refleja, ¡Oh grandísimo terror, la oscuridad de la nada! No sé si lo más fascinante de los espejos es que nos resultan tan nítidos, tan en continuidad con uno mismo; o quizás, la gran dicha es que nos sirven de amuletos ante la tenebrosa posibilidad de no tener una imagen, un reflejo al otro lado del cristalino. Entonces, los espejos son maravillosos por la posibilidad de la presencia, pero también de la ausencia.

¿Bueno, y por qué se arrancó los ojos Griselda? En el cuento así titulado es la muerte de su esposo: ausencia por ausencia, los hermosos ojos azules ahora desperdigados por el estanque, pedazos de ella misma sin posibilidad de reconstruirse. Anzieu (1993) en La mujer sin cualidad menciona que “Mirado, el objeto visto se hace pasivo, engullido en el espacio del ojo. Los girasoles de Van Gogh (…) y cuántas otras obras, se han convertido en objetos de mi posesión interior. Los reconstruyo con mi propio material” (p.54). Justo así la escena de mi sueño, Dávila nos ve caminar, atravesar por aquel jardín para después desaparecer. Fue sólo un instante cuando nos capturó, finalmente como el agua que retorna a la calma después de la piedra arrojada, nos evaporamos él y yo.

Pero dije que la temporalidad en Amparo Dávila es extraña, ella en sí misma es como los sueños, atemporal. Pareciera que, debajo de la imagen de Narciso proyectada en el lago, reaparece Griselda en el cuento “El espejo”. Ahora es una mujer de edad avanzada, madre de un hombre adulto la que es presa de una angustia sin igual… ¿Por dónde empiezo? Imaginen encontrarse a su doppelganger caminando por ahí, el doble siempre será motivo de extrañeza o del orden de lo ominoso; sin embargo, no encontrarse por allí también genera una suerte de perturbación. Pues a esta mujer, viviendo en un asilo por un viaje de trabajo del hijo, le fue traumático el descubrimiento a la medianoche, de que no se reflejaba su imagen en el espejo. Eso es como descubrir que no tienes sombra, o que careces de alma.

A lo mejor a estas líneas las debí de haber titulado “El ojo”… Regreso a Annie Anzieu (1993) cuando dice que “El ojo es el espejo del alma, espejo materno, primer contenedor. Pasivo pero vivo, se convierte en el objeto”. ¿Quién mira a quién? Griselda a su esposo vivo-muerto; Amparo Dávila en mi sueño nos mira a él y a mí; las enfermeras y el hijo miran a aquella mujer; ella mira el espejo deshabitado y oscuro. Nos es conocido que se suele asociar lo oscuro a la mujer; sin embargo, ya Freud (1932) insistía sobre el enigma de la feminidad, aquello que por toda una eternidad ha puesto cavilosos a los hombres; para él se trataba del dark continent, aquello enigmático e incomprensible.

Y ¿Por qué estoy a media noche escribiendo sobre todo esto? ¿Por qué a media noche se me aparece como espectro, Amparo la Zacatecana? El manto oscuro de la noche cobija a las brujas, a las Lloronas, es cómplice de las mareas que de pronto coquetean con la luna. Un manto oscuro fue el primero que, como velo, nos abrigó en el útero materno. Todo lo anterior hace alusión a lo negativo, no como calificativo, sino como la ausencia que estructura. Entonces, parece que intento escribir sobre los pares presencia:ausencia que inevitablemente se encuentran en tensión dialéctica.

Para mí, la ausencia de la imagen de la protagonista en el cuento “El espejo”, conduce a la idea sobre lo femenino: la mujer permanece impensable, enigmática. Ante la ausencia de la imagen, el horror. Además la ausencia es la que estructura el psiquismo, el deseo solamente existe por la ausencia del objeto, por lo negativo de la presencia. Y ante un mundo interno de ausencias, la mujer que escribe busca llenar su propio espacio. Escribir es una forma de perpetuarse. Dávila se arrojó al espejo, aquel primer gran contenedor, se lanzó para crear una escritura insólita y siniestra, para ahogar el grito ante la falta. A lo mejor también por eso Amparo Dávila apareció en mi sueño, para ahogar mi propio grito ante el hueco, el hueco que quedó entre él y yo.

La mujer ante el espejo es de antaño estudiada. Braunstein (2008), en su relato sobre Virginia Woolf, se adelanta y nos dice: “la mirada, la de todos, siempre, es sexuada”. Tanto al verse a sí misma como al ver a otro: Virginia es una niña; lo que ven los demás es una figura de niña, ellos le ofrecen como “espacio propio” un mundo femenino.

Coaguladas en nuestras retinas quedarán las letras de Amparo, nuestra sacerdotisa o una especie de Diótima mexicana. Febrero nos recordará el natalicio de la cuentista por excelencia; la noche traerá consigo a Dávila, casi Moira tejedora… ¿Qué hacer cuando eres la única que sobrevive a tus hermanos? Escribes, te conviertes en hilandera que trabaja en la oscuridad y oculta a las miradas, en un espacio invisible al que pertenece lo que no tiene un reconocimiento en el orden masculino, un espacio clandestino porque pertenece a un linaje exclusivamente femenino.

Amparo Dávila, la de los ojos felinos, la siniestramente bella; la mujer detrás del velo del espejo en el que me reflejo.


Referencias Bibliográficas:

1.- Anzieu, A. (1993). Ser mujer después de Freud. La mujer sin cualidad, resumen psicoanalítico de la feminidad. Madrid, Biblioteca Nueva. Pp. 21-54.

2.- Braunstein, N. (2008). Memoria y espanto o el recuerdo de la infancia. Siglo XXI editores. México. Pág. 85-121.

3.- Freud, S. (1932). Conferencia 33. Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis. Tomo XXII. Amorrortu.